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El Atlas Lingüístico y Etnográfico de Colombia (ALEC) y los atlas europeos regionales: concomitancias y contrastes léxicos

XXI CONGRESO INTERNACIONAL DE LA ASOCIACIÓN DE LINGÜÍSTICA Y FILOLOGÍA DE AMÉRICA LATINA

El Atlas Lingüístico y Etnográfico de Colombia (ALEC) y los atlas europeos regionales: concomitancias y contrastes léxicos

José Ramón Carriazo Ruiz – UNED (España)

carriazo@flog.uned.es

ponencia

S8. Lexicología, lexicografía y fraseología

Miércoles 12. Aula: L212. 9:00 – 9:15

Resumen

La comparación entre casos de variación y difusión léxica en los atlas regionales del español europeo (ADiM, ALEANR, ALECant, ALECMAN…) y en el Atlas Lingüístico-Etnográfico de Colombia (ALEC), considerando tanto los factores culturales —que explican «the association of linguistic change with broader social patterns that are partly, if not entirely, independent of face-to-face interaction» (Labov 2010: 4)— como los mecanismos finalistas basados en la expresividad y la eficiencia dentro de la semántica diacrónica de los prototipos (Geeraerts 1997, 2005), arrojará luz sobre las causas sociales, las motivaciones y los factores cognitivos y culturales que intervienen en el cambio lingüístico: «¿son los sonidos o las palabras los que cambian?» (Labov 2010: 259, también preguntado para el español en Penny 2000: 70-73). En consecuencia, la extensión y uniformidad de los cambios léxicos y fonéticos se explicaría mediante una historia cultural que es al menos en parte independiente de la interacción cara a cara (Grondelaers y Geeraerts 2003, Geeraerts 2006); pero la uniformidad representa solo la mitad del problema más profundo de explicación suscitado por el análisis de las variantes léxicas dialectales, que revela diferencias y paralelismos en aspectos como la gramaticalización, la lexicalización, el cambio semasiológico, la polisemia y la variación onomasiológica o sinonimia. En este trabajo examinaré algunos casos de arcaísmos y ruralismos con o sin uso en el español de Colombia, según el ALEC, que se empleaban en los años de la recopilación de datos para los atlas lingüísticos y etnográficos regionales europeos, como carozo frente a tusa, cáscara ‘vaina seca de las legumbres’, becerro/ternero, los nombres del calostro y dar sal, echar sal… al ganado.

Sinopsis

1. Los hechos y las categorías o los datos y los conceptos

2. Geosinonimia, isoglosas y difusión léxica en los atlas dialectales

2.1. El vocabulario del maíz: los nombres del carozo

2.2. Las legumbres y sus partes: cáscara ‘vaina seca’

2.3. La cría de la vaca: becerro y ternero

2.4. Los nombres del calostro

2.5. Ganadería: dar sal, echar sal…

3. Algunos ejemplos más, conclusiones y un pero

1. Los hechos y las categorías o los datos y los conceptos

Los objetivos de esta comunicación son (A) buscar americanismos, arcaísmos y vulgarismos léxicos en el Atlas Lingüístico y Etnográfico de Colombia (ALEC) y los atlas europeos regionales para presentar el Corpus de los Atlas Lingüísticos (CORPAT) y (B) explicar las continuidades, o concomitancias, y las discontinuidades, o contrastes, entre el vocabulario rural americano (Colombia) y europeo (España) mediante la aplicación de las siguientes categorías:

(a) factores culturales (Labov 2010) y

(b) continuum (Penny 2000) para.

Me serviré para ello de cinco casos estudiados en otro trabajo (Carriazo en prensa) más algunas definiciones y ejemplos tomados la de bibliografía reciente (Chávez Fajardo 2023, 2021a, 2021b y 2021c).

2. Geosinonimia, isoglosas y difusión léxica en los atlas dialectales

Se estudian, primero, los cinco casos de continuidad y discontinuidad a partir de los datos recogidos en la segunda mitad del siglo pasado en los diferentes atlas lingüísticos y etnográficos sobre los geosinónimos seleccionados:

  1. los nombres del carozo o tusa,
  2. los de la vaina seca de las legumbres,
  3. los de la cría de la vaca,
  4. los del calostro y
  5. las expresiones empleadas para designar la acción de dar sal al ganado.

En el caso de los tipos naturales escogidos, se explora, asimismo, la variación semasiológica; por ejemplo, en los cereales o las legumbres se establece una correlación entre meronimia y metonimia, ya que el nombre del grano o semilla sirve para designar al conjunto de la planta o al fruto, en una suerte de polisemia regular como la observada en los dendrónimos, donde los nombres de los árboles sirven para designar también su madera:

  • «Yten una alcoba con sus postes de algarrobo y entablada, en treynta pessos» (CorLexIn).

2.1. El vocabulario del maíz: los nombres del carozo

El estudio de las denominaciones del maíz cuenta con una amplia tradición en la dialectología hispánica, que describe en la abundante bibliografía y cartografía de los atlas un buen número de sinónimos que se reparten el territorio peninsular a occidente y oriente, con una variedad denominativa que contrasta con la uniformidad —aparente— en América (Carriazo 2025). En realidad, los nombres del fruto o espiga y sus partes presentan mucha más diversidad a uno y otro lado del Atlántico (Carriazo y Almansa en prensa). Si comparamos, por ejemplo, los que recibe ‘el corazón que queda al desgranar la mazorca’ en el mapa «El Campo – cultivo y otros vegetales / TUSA, CAROZO: tusa, maretira, palo de mazorca» (ALEC I) con los recogidos en ALEA (I, lámina 103, mapa 107) o en ALECant (I, mapa 198, lámina 100), no encontramos ni una sola coincidencia entre América, Cantabria o Andalucía.Mapa carozo, tusa

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1. f. Mx, Gu, Ho, ES, Ni, CR, Pa; Co:C, p.u. Conjunto de hojas que envuelven la mazorca del maíz. (tuza).

2. Pa, Cu, RD, Co, Ve, Ec, Pe:N; Bo:E, pop. Corazón o raspa de la mazorca de maíz después de desgranada.

  • Desde el segundo tomo de Autoridades (1729), la Academia define:

CAROZO. s. m. La telilla en que están metidos y encerrados los granos en la granada, la qual tira a pajíza. Es voz usada en Extremadúra. Y en Asturias llaman assí a la armadúra de la mazorca del maíz. Latín. Ciccum, i. Dissepimentum, i.

‘hueso de fruta’, salm., extrem., rioplat., ‘fruto de una clase de palmera, encerrado en una corteza muy dura’, ecuat., col., venez., centroamer., antill., ‘centro o medula de la panoja del maíz’ ast. occid., gall., del lat. vg. carŭdium y éste del gr. καρύδιον ‘avellana’, ‘nuez pequeña’, diminutivo de κάρυον ‘nuez’, ‘almendra’.

Tusa1 N
f. Carozo, 1.a acep. || Amér. Pajilla.

Tusa2 N
f. fam. Perra, 1.a acep. Ú. como interj. para llamarlas ó espantarlas.

2.2. Las legumbres y sus partes: cáscara ‘vaina seca’

Los nombres de las leguminosas constituyen un campo semántico acotado en cuanto a los fitónimos que designan las especies cultivadas con especial interés culinario: algarroba, almorta, arveja, frijol, garbanzo, guisante y lenteja comparten una misma polisemia regular con los nombres de los cereales (avena, centeno, maíz, trigo), la que va del nombre de la planta cultivada —contable y concreto— al de los frutos (espigas o vainas), los granos y sus preparaciones gastronómicas (cremas, harinas), igualmente concretos pero sin estructura interna ni definitud y, por tanto, susceptibles de ser empleados como sustantivos incontables o de masa:

  • «Primeramente se alló en la dicha arca media anega (tachado: blanca) de aba blanca de la Yndia. Yten, vn celemín de arveja» (CorLexIn).

En el caso de las legumbres, la ingesta en forma de guisos a partir de los frutos y granos, que se recogen maduros y se separan una vez secados o curados, convive con la preparación de las vainas inmaduras sin desgranar. Así se consumen, prototípicamente, las alubias, las arvejas, los frijoles, los garbanzos y las lentejas, mientras que guisantes, habichuelas y judías suelen tanto procesarse en granos secos sin envoltorio como consumirse en forma de fruto inmaduro: judías o vainas verdes. El marco semántico de uno y otro modo de procesamiento y consumo sugiere distintas acciones que resultan en diferentes productos con prototipos distintos: frente a la preparación del fruto sin madurar, que no precisa más que el cocinado tras la cosecha, el procesamiento de los granos secos para su conservación requiere la recogida del fruto maduro, su curación y secado, la separación de vaina y granos, el almacén de estos y el uso de aquellas para distintos fines, como cama para el ganado vacuno o alimento para el porcino (Carriazo 2024). Los atlas lingüísticos y dialectales contienen información detallada y relevante sobre estos procesos, productos y acciones (Carriazo 2023).

Uno de los merónimos con mayor cantidad de sinónimos es la denominación de la vaina seca, mientras que los granos presentan una menor variación, aunque no faltan los geosinónimos tampoco en los nombres del producto prototípico. No obstante, dado que el foco dentro del marco del secado se centra en las semillas, los nombres de las vainas secas presentan características parecidas a los de las partes de la mazorca: farfolla, barbas y carozo se destinan a usos muy variados, pero siempre supeditados a la separación del grano maduro y su destino alimenticio. El ALEC (I, El Campo – cultivo y otros vegetales / VAINA SECA) registra 23 nombres: guasca, calceta, majagua, gancho, cepa, cascarón (NE de Santander, César, Casanare, Nariño), cáscara (Tolima, Huila), lata, cabuya, bejuco, cincho, papelón, atadero, bambul, choya, chumbe, concha, hoja, látigo, mástil, vástago, vástamo y zuncho; frente a solo 9 variantes para designar los frijoles: fríjol(es), frisol(es), frísol, frijoles, bríjol, brijol, brisol, cháncharos y fréjol. ALEC: vaina seca.

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El ALECant (I, mapa 204, lámina 103 / Vaina seca) compila también un buen número de nombres, aunque solo uno de los colombianos se repite en la zona central-occidental de Cantabria: cáscara y cascarita, además de cacharitas y cacharitos que recogió Penny (1969, p. 240). También en el ALECMan (mapa 227 – ALMORTA) se documentan variantes de cáscara y derivados, como cascarilla, cascarita o cascarón, junto a otras formas como camisa, casulla, funda o vaina.

La coincidencia entre ALECMan y ALEC en cascarón resulta solo aparente, pues esta forma se reserva para la vaina de la almorta en To202, mientras para la de la judía se prefiere vaina. El paralelismo, con todo, es significativo, pues tanto cáscara y sus derivados como camisa, casulla, funda y vaina sirven para designar envoltorios.

Ya Nebrija (1495) distinguía tres sentidos para el castellano cáscara: la del huevo, las mondas en general y la de la granada en particular.

El DECH (s. v. cáscara) nos informa de que se trata de un derivado de cascar: «porque hay que cascarla para comer el contenido»; la primera acepción del DLE (s. v. cáscara) incluye el sentido de vaina seca de las legumbres como «cubierta exterior de los huevos, de varias frutas y de otras cosas».

2.3. La cría de la vaca: becerro y ternero

Inés Fernández-Ordoñez (2016) dedicó un texto muy iluminador a los nombres de la cría de la vaca. Allí se da cuenta de la competencia entre becerro y ternero en la historia y las hablas rurales de la península ibérica a partir de los datos del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica (ALPI), que muestran la mayor extensión del español becerro y el portugués bezerro «con un área compacta en el occidente y sur peninsular» (p. 785), mientras que «la consolidación de ternero es sobre todo característica de la mitad norte peninsular» (p. 788). El ALEC (II, Ganadería / TERNERO) consigna: ternero, becerro, borrego, cría, criecito, chivo, maute.

ALEC: TERNEROhttps://alec.caroycuervo.gov.co/alec/views/galleryALEC.php

El ALEA (II, lámina 445, mapa 466 / becerro) muestra un dominio casi general de becerro y solo algunos puntos en el extremo nororiental (cerca del límite entre Granada, Jaén, Murcia y Albacete) y occidental de ternero: en las provincias de Cádiz y Huelva, donde se registraron ambas formas. Fernández-Ordóñez (2016b: 789, mapa 3) señala tres áreas aisladas de ternero en las provincias de Almería, Granada y Cádiz. También en el ALECant (I, mapa 414, lámina 208 / Ternero) se registran ambas junto a otras, como vello y jato (cfr. Fernández-Ordóñez 2016: 790-796, mapas 4, 5 y 7; así como Penny 1969: 251, que registró becerro, choto, jato y vello entre los pasiegos).

  • El DLE (s. v. ternero, ra) distingue dos sentidos relacionados: «m. y f. Cría de la vaca con menos de un año» y «f. Carne de ternero», con un sinónimo común (choto) y dos más en la primera acepción: becerro y novillo. Sin embargo, en becerro hay una acepción principal («m. y f. Cría de la vaca hasta que cumple uno o dos años o poco más»), otra especializada («m. y f. Taurom. Res vacuna que tiene uno o dos años y no ha cumplido tres») y tres más derivadas, pero sin rastro de que se emplee convencionalmente el término para designar la carne del animal sacrificado.
  • El Damer de la ASALE (s. v. maute) incluye una sola acepción marcada para la única denominación colombiana ajena al vocabulario rural europeo: «Ve. Becerro al que no se le han puesto herraduras»; los datos del CDH confirman la indicialidad y especificidad de esta unidad léxica: zona Caribe continental, freq. 21, fnorm. 1.50; país Venezuela, freq. 21, fnorm. 3.19, que además no aparece en el DLE ni en CORPES XXI.

2.4. Los nombres del calostro

El ALEC (II, Ganadería / CALOSTRO) recoge: calostra, calostro, calostros, calostre, recentina (Córdoba, Sucre, Bolívar, La Guajira), calostres, la primera, mantequilla, requesón. ALEC: calostro

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El ALEANR (VIII, 1087) para el sentido ‘primera leche de la madre, que pone amarillo al niño’ registra calostro(s) como forma casi general, con la variante caliostro al oriente, mientras que para ‘calostros de las mujeres’. El ALECant (I, mapa 472, lámina 237 / Calostros) documenta el plural calostros como término «casi universal […], pues las únicas excepciones transcritas son: correones (S 308), hochobo (S 105), leche lechoso (S 312), =  reciente (S 309), recental (S 307)»; para los calostros del ganado, además de calostrada, calostriza, calostrizo, calostro, correones, hechobo, hochobo, leche calostriza, leche recental, leche reciente, lechoso, ochobo, recental y reciente en la zona sur-occidental, el término general es también calostros por toda la costa y el occidente, con una isoglosa muy marcada que sigue los puntos S 101, 104, 106, 301, 404 y 406; al norte y occidente de esa línea, todos los puntos coinciden con estos en su respuesta: calostro(s).

En este caso se presentan varias coincidencias relevantes en torno a calostro(s) y sus variantes: calostra y calostre(s), a las que añadimos los derivados calostrada, calostriza y calostrizo, ya que todos comparten la raíz calostr. El DLE (s. v. calostro) recopila una única acepción: «m. Primera leche que da la hembra después de parida. U. t. en pl. con el mismo significado que en sing.», con etimología latina que confirman el DECH, Nebrija y Alonso de Palencia. Además, también coinciden en sus raíces la americana recentina (Córdoba, Sucre, Bolívar, La Guajira) y las cántabras recental y reciente; la primera se registra en el Damer (s. v. recentina) con estas dos acepciones relacionadas:

1. adj. Cu; PR, rur. Referido a vaca, recién parida.

2. f. PR. Leche de los primeros días de parida una vaca. rur.

2.5. Ganadería: dar sal, echar sal…

El ALEC (II, Ganadería / DAR SAL AL GANADO) registra: salar, saliniar, dar sal, echar sal, poner sal, aguasaliar, cuidar, ensalar, ensalitrar, llevar sal y pasar sal.

ALEC: dar sal al ganado

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El ALECant (I, mapa 447, lámina 225 / Echar sal al ganado) documenta dar, echar, poner [tener, tirar, dar minerales] y ALEA (II, lámina 476, mapa 499 / Echar sal al ganado) explica: «El término más frecuente es echar. Dar aparece en […]. Se han recogido también salihtrá (Se 101), achicar (Gr 300), rocial (Gr 602)». En este caso las coincidencias son abundantes: dar, echar, poner y ensalitrar/salihtrá; dar y echar se documentan a ambos lados del Atlántico y tanto en el sur como en el norte de la península ibérica, mientras que poner aparece al norte de España y en América, ensalitrar/salihtrá al sur de los territorios europeos y en Colombia. Sin embargo, resulta difícil establecer qué término es el panhispánico y general; además, ninguno de los verbos (salar, saliniar, aguasaliar, cuidar, ensalar, ensalitrar, achicar, rociar, salitrar) cuenta con la que analizamos entre sus acepciones recogidas en los diccionarios.

Para los predicados con verbo soporte y el sustantivo sal, también recurrimos a los corpus textuales. En CORPES XXI, sal aparece en un intervalo de cuatro posiciones a la derecha de dar en 27 documentos (FN: 0,06 por millón), con echar en 40 (FN: 0,09 por millón), con poner en 65 documentos (FN: 0,36 por millón), mientras que con llevar se registra en dieciséis (FN: 0,03 por millón), con pasar solo en siete (FN: 0,01 por millón), con tirar en dos (FN: 0 por millón) y con tener en 58 (FN: 0,13 por millón).

Las coapariciones del sustantivo sal en el CDH arrojan algo de luz, ya que echar aparece en primer lugar entre los verbos ordenados por frecuencia descendiente (f.=769), dar en 17.ª posición (f.=16) y poner en la 21.ª (f.=13). Al tiempo, entre los sustantivos que se asocian con sal, ganado ocupa el primer lugar en Log-likelihood simple (LL SIMPLE=288.23), alcanza un T-score de 6.78 y aparece en 46 concordancias, de las que presento un par:

  • «Las salegas, que son las lossas adonde los pastores dan sal a los ganados, las toman todas las reses de pelo desde Mayo hasta fin de Agosto» (c1580-1600 BARAHONA DE SOTO, LUIS, Diálogos de la montería [España] [Julián Zarco Cuevas, Madrid, Duque de Almazán, 1935])
  • «Ya voy a dar sal ondel ganadito…» (1939 ALEGRÍA, CIRO, Los perros hambrientos [Perú] [Carlos Villanes, Madrid, Cátedra, 1996])

3. Algunos ejemplos más, conclusiones y un pero

Labov (1994/1996: 828-830) desarrolló el concepto de polaridades abstractas para los condicionantes que pueden adoptar la misma forma en distintas comunidades muy distantes. Estas polaridades abstractas se denominan cultural factors en Labov (2010): «distinguished from other social factors in their generality and remoteness from simple acts of face-to-face communication» (Labov 2010: 3). Por su parte, la dialectología, la geolingüística y, sobre todo, los mapas de los atlas afrontan el debate sobre continuidad y discontinuidad tratando «with lexical isoglosses, lexical incidence, or unconnected phonetic variables, where the distinction between transmission and diffusion may not be so clear» (Labov 2010: 309). La transmisión (de unas generaciones a otras) y la difusión (de unas comunidades a otras) de las unidades léxicas (significantes distintos para el mismo significado), así como la reorganización del vernáculo, serían las causas socio-antropológicas y etnohistóricas de las continuidades y las discontinuidades en las sucesivas generaciones y las distintas comunidades de hablantes que usan unos u otros significantes con el mismo sentido.

Los datos geolectales de los atlas etnográficos y los datos sociolingüísticos del resto podrían, así, servir para engrosar el tesauro o «diccionario inverso, el onomasiológico, [que] no existe todavía para el español de América y es mucho más arriesgado porque requiere una compilación puesta al día de las respuestas a encuestas hechas en todas las áreas de Hispanoamérica. Los atlas lingüísticos participan del conocimiento preciso y detallado de las variedades en el léxico, ademas de dar informaciones provechosas en otros campos de la lengua» (Pottier-Navarro 1992: 312). Estas apreciaciones de Huguette Pottier-Navarro, como punto de partida, y algunas definiciones y ejemplos de Soledad Chávez Fajardo (2023, 2021a, 2021b y 2021c), junto a un par de citas de Concolorcorvo, nos servirán para concluir esta comunicación.

  • «Los caballos de su uso todos son corpulentos y capones, y hay sujeto que tiene cincuenta para su silla, y a correspondencia toda su familia, que tienen en tropillas de a 13 y 14, con una yegua que llaman madrina, de que jamás se apartan. Esto propio sucede, con corta diferencia, en todas las campañas de Buenos Aires» (texto tomado de CDH, véanse Chávez Fajardo, 2021c: 266-267 y las voces madrina y tropa, entre muchas otras, en ALEC: mapa Ganadería / MULADA, hato de ganado mular).

ALEC: MULADA, hato de ganado mular

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  • «El visitador me dijo que los indios habían cooperado mucho a la corrupción de sus voces, y para esto me sacó el ejemplo del maíz, que pidiendo unos soldados de Cortés forrajes para sus caballos, y viendo los indios que aquellos prodigiosos animales apetecían la yerba verde, recogieron cantidad de puntas de las plantas que hoy llamamos maíz, y otros trigo de la tierra, y al tiempo de entregar sus hacecillos dijeron: Mahi, señor, que significa: «toma, señor», de que infirieron los españoles que nombraban aquella planta y a su fruto maíz, y mientras no se hizo la cosecha, pedían siempre los soldados maíz para sus caballos, porque lo comían con gusto y vieron sus buenos efectos, y en lo subcesivo continuaron los mismos indios llamando maíz al fruto, ya en mazorca o ya desgranado, por lo que les pareció que aquél era su verdadero nombre en castellano» (Carrió de La Vandera 1985 [1775 o 1776; Gijón, 1773]: 143, texto tomado de CDH).

En conclusión, explicar la extensión y uniformidad de los cambios léxicos y fonéticos mediante una historia cultural que es, al menos en parte, independiente de la interacción cara a cara (Geeraerts, Grondelaers & Bakema 1994) es una tarea que compete a la lexicografía histórica (Geeraerts 2006). Recuérdese Carriazo 2013.

En palabras de Chávez Fajardo (2023: 179; 2022): «el concepto se debe trabajar desde la lexicología histórica, por medio de una metodología para determinar lo que se entiende por americanismo léxico. La metodología implica hacer un rastreo filológico con obras dialectológicas, lexicológicas y lexicográficas de todo el continuum español, así como corpus y afines. Por ejemplo, un grupo no menor de voces consideradas “americanismos” pueden ser, además, voces usuales en ciertas zonas peninsulares. En efecto: este es el otro punto en cuestionamiento, pues muchas veces se funde el español ejemplar con el español hablado en España, siendo que muchas zonas españolas también sufren una suerte de marginación o silenciamiento en los diccionarios oficiales de la lengua (sobre todo, y fuera de los publicados por la RAE, en el DUE, el DEA o el CLAVE, entre otros)».

De hecho, «a partir de una ejemplaridad [¿gramatización?], las variantes que no quepan en esta, sean estas españolas o no españolas, pasarán a formar parte del grupo en donde quepa la nominación arcaísmo. En otras palabras, lo que se genera en estos casos es y citando a Ramírez Luengo (2014: 4) una extensión léxica. Una extensión léxica es la distribución geográfica de una voz, distribución que puede ser de expansión (es decir, que la voz se generaliza) o de reducción (es decir, que la voz se dialectaliza)» (Chávez Fajardo 2021c: 259).

Pero introducir la gramatización o ejemplaridad nos obliga a:

  • investigar las nociones de prestigio, manifiesto o encubierto, indicialidad y las connotaciones etnolingüísticas, sociales y culturales, de las unidades léxicas, por lo que la descripción etnohistórica debe completarse con la sociolingüística en una combinación de antropología social y cultural,
  • tener en cuenta la literatura en el caso de madrina y maíz con ejemplos como los de Concolorcorvo, carozo y tusa/tuza, ternero/becerro, calostro, dar y echar sal al ganado o amachinar(se), «americanismo de amplio espectro, a tal punto que se testimonia en otras diatopías, como Canarias y, como hápax o anomalía (queda por hacer ese estudio en particular) en Cantabria» (Chávez Fajardo 2021b: 112). García Lomas (1966[1999]: 160) la trae como sinónimo de amielgarse, derivado de mielgo ‘mellizo’: «Voz castellana de poco uso, en esta acepción, fuera de la Montaña. ¡Dijérase, de no ser por la manifiesta diferencia de edad, que eran mielgos los siete! (Panojas, José D. de Quijano)» (s. v. mielgos, p. 435).

Este trabajo se inserta en los resultados de los proyectos Corpus de los Atlas Lingüísticos (CORPAT) (<http://corpat.es/>), coordinado por la profesora Carolina Julià Luna, Departamento de Lengua española y Lingüística general (UNED) y Grup de Lexicografia i Diacronia (UAB) – 2017SGR-1251, y CORPAT: lengua oral y cambio lingüístico en los atlas españoles» (CORPAT – LOCALEs) (PID2022-136628NB-I00), financiado por MCIN/AEI/10.13039/501100011033 / FEDER, UE.

Referencias bibliográficas

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Iedra = Gabriel Rodríguez Alberich (2025): Iedra – Buscador de palabras, en línea: https://iedra.es/ [fecha de consulta: 17.2.2026].

Nuevo Tesoro Lexicográfico (NTLLE) = Real Academia Española: Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española (NTLLE), en línea: https://apps2.rae.es/ntlle/SrvltGUISalirNtlle [fecha de consulta: 17.2.2026].

Bibliografía adicional con glosas y citas

Carrió de La Vandera, Alonso (1985 [1775 o 1776; Gijón, 1773]): El Lazarillo de ciegos caminantes. Editado junto al Plan de Gobierno del Perú y el «Extracto del viaje que hizo la fragata el Tucuman, Correo de S. M., desde la Bahía de La Coruña hasta el puerto de Montevideo», por Antonio Lorente Medina. Biblioteca Ayacucho.

  • «Los caballos de su uso todos son corpulentos y capones, y hay sujeto que tiene cincuenta para su silla, y a correspondencia toda su familia, que tienen en tropillas de a 13 y 14, con una yegua que llaman madrina, de que jamás se apartan. Esto propio sucede, con corta diferencia, en todas las campañas de Buenos Aires» (texto tomado de CDH, véanse Chávez Fajardo, 2021c: 266-267 y en ALEC, mapa Ganadería / MULADA, hato de ganado mular), las voces madrina y tropa, entre muchas otras).
  • «El visitador me dijo que los indios habían cooperado mucho a la corrupción de sus voces, y para esto me sacó el ejemplo del maíz, que pidiendo unos soldados de Cortés forrajes para sus caballos, y viendo los indios que aquellos prodigiosos animales apetecían la yerba verde, recogieron cantidad de puntas de las plantas que hoy llamamos maíz, y otros trigo de la tierra, y al tiempo de entregar sus hacecillos dijeron: Mahi, señor, que significa: «toma, señor», de que infirieron los españoles que nombraban aquella planta y a su fruto maíz, y mientras no se hizo la cosecha, pedían siempre los soldados maíz para sus caballos, porque lo comían con gusto y vieron sus buenos efectos, y en lo subcesivo continuaron los mismos indios llamando maíz al fruto, ya en mazorca o ya desgranado, por lo que les pareció que aquél era su verdadero nombre en castellano» (Carrió de La Vandera, 1985 [1775 o 1776; Gijón, 1773]: 143, texto tomado de CDH).
  • Está muy buena la crítica, dijo el visitador, pero me advirtió que en tiempo de sus monarcas y caciques estaban de peor condición los indios, porque aquellos príncipes y señores los tenían reducidos a una servidumbre de mucha fatiga, porque labraban las tierras para su escaso alimento a fuerza de sus brazos, y no conocían otras carnes que las de las llamas, vicuñas y alpacas, de cuya lana tejían su vestido. Los españoles sólo quitaron a estos miserables, o a lo menos disminuyeron, sus abominaciones, e introdujeron el útil uso del vacuno, caballar y mular, de las ovejas, herramientas para la labor de los campos y minas, con redes y anzuelos para aprovecharse de la producción y regalo de los ríos y playas del mar, con otra infinidad de artificios e instrumentos para trabajar con menos molestia. (163, texto tomado de CDH)
  • La banda de Chuquisaca tiene algunas casas muy dispersas, cubiertas de teja, con alguna extensión de territorio, con similitud a las solariegas de la Cantabria.
  • Los alcaldes y regidores que deben presidir las sementeras y demás beneficios de las tierras, no permitirán a los agricultores que maltraten el vacuno sacándole de su natural paso, aunque los bueyes, novillos o vacas, al uso de la Cantabria, sean alquilados: antes sí los ayudarán con todas sus fuerzas, remudándose para que se profunden lo posible los surcos y gocen las semillas bien la sustancia de la tierra. Los antiquísimos españoles nos dejaron este apreciable proverbio: Áralo bien y fondo y cogerás fruto abondo. Acabo de decir que en la Cantabria aran con vacas a falta de bueyes o novillos, pero la piedad de algunos labradores deja de ordeñarlas cuando están en este rudo trabajo y de arrastrar la carreta. En Castilla aran con mulas, y la viveza de estos animales no profundando mucho la tierra al primero y segundo surco, está en la precisión de dar hasta cuarta reja todos aquellos que no son ignorantes en la agricultura. En otras partes trabajan con yeguas, en otras con mulos, que es una especie de burros corpulentos de mucho servicio para la carga, hasta en viajes dilatados.
  • Si los naturales tuvieran los precisos instrumentos para labrar los campos sin tanta fatiga, si tuvieran un par de novillos o vacas, dos cochinos de ceba; y sus mujeres un buen corral de gallinas, etc., jamás pensarían los naturales en sublevarse, como sucede con los pobres labradores de la Cantabria y Asturias, defensores acérrimos de sus hogares, que no moverán de ellos las mejores y más halagüeñas esperanzas de mejorar el territorio.

Chávez Fajardo, Soledad (2023): De americanismos, de -ismos: definir un concepto. Boletín de la Sociedad Española de Historiografía Lingüística 17, 159-193.

  • «…la poca claridad respecto al americanismo léxico derivó, entre otras cosas, en que se entendieran por americanismos los indigenismos (una de las acepciones que trabajará hasta el día de hoy la RAE), dejando a las transiciones semánticas y neologismos acuñados en el continente americano en otro grupo léxico, las más veces censurado» (166).
  • «José Pedro Rona (1962) afirmaba que la errada idea de la “homogeneidad” del español hablado en América se debía a que lo observado era desde “un nivel cultural elevado o semielevado” y nunca “desde un nivel cultural bajo” (215)» (167).
  • «Rabanales 1953, quien abogó por tratar de americanismo (u otra diferencia diatópica) a una voz, por más que esta se haya originado en otra zona (poligénesis). Frente a una posible crítica respecto a esta postura, por ejemplo, alguna observación que sostuviera el pecado positivista de atribuir a las palabras un lugar en el espacio, Rabanales recurrió a Vossler, quien sostenía que “las formas lingüísticas tienen morada en el pensamiento y en las ocasiones y ocurrencias ideales, en la intuición, en la memoria y en el gusto de los que hablan, no en sus casas, tierras y ciudades” (Vossler 1930, 13), a lo que el lingüista chileno complementó: “como dichas formas adquieren esa fisonomía especial que las hace constituir idiomas, dialectos, jergas, etc., y los que los hablan pertenecen a un determinado país, no es ‘pecado’ decir que aquéllas existen en ese país” (1953, 30). En efecto, es una noción idealista, siguiendo una vez más a Vossler con su emblemática sen-tencia de que “el lenguaje es una creación espiritual” (1929, 44), por lo que el lenguaje tiene su origen y existencia en el hombre y, por extensión, en de-terminado lugar, justamente, donde se desarrolle la vida de quien lo use» (170).
  • «desde la lógica de Rona, para que exista un español americano, hay que determinarlo. Lo relevante, y con ello Rona concluye este debate, es que si no se ha podido encontrar las características determinantes de un español americano, “será tal vez mejor que reflexio-nemos, y que no hablemos más de americanismos” (2017 [1969]: 57), para rematar en su reflexión final: “En su lugar, deberíamos tratar de determinar bien las áreas o zonas dialectales realmente existentes en la América Española” (2017 [1969]: 57)» (172).
  • «Es, pues, el español americano, continuaba Ferreccio: “un terreno henchido de materiales para indagaciones dialectológicas de los más variados órdenes y llenas de significado” (1978, 27)» (173).
  • «Justamente, en 1984 Jesús Bohórquez, en su monografía dedi-cada al americanismo afirmaba que el problema en la manera de fijar el americanismo léxico se resolvía, justamente, por sus varias posibilidades de definición: “según el punto de vista que se quiera destacar en las unidades léxicas del español americano” (1984, 141). Es más, Bohórquez presentó las formas más aceptables de delimitar el concepto, que son las definiciones se-gún el criterio de origen, el de conceptos típicos de Hispanoamérica y el de uso. Añadió, además, otros criterios, como la frecuencia de uso, la extensión geográfica y el número de hablantes que usan determinado vocablo» (173).
  • «Company sigue oponiendo el español de América al español de España, sin to-mar en cuenta el problema dialectal que también afecta a este último país. En efecto, no queda claro a qué se refiere, en rigor, cuando menciona el “español de España”; si es este el hecho arquitectural todo o si hace mención a una variedad diatópica específica de este “español”» (177) y «la arquitectura de la lengua, a la que aludo en referencia a Company, esta se traduce en “la cuádruple perspectiva del lenguaje” o “las cuatro coordenadas del lenguaje”, que son el espacio, tiempo y el nivel sociolingüístico (sociocultural lo llama Coseriu) y el estilo (Polo 1992: 201). Es lo que se ha entendido posteriormente como lingüística de la varia-ción o de las variedades (en donde caben, a partir de las coordenadas del lenguaje, la sociolingüís-tica, la estilística y la dialectología), trabajada por Coseriu (sobre todo en su Sincronía, diacronía e historia de 1957)» (178, nota 11).
  • «José Luis Ramírez Luengo (2012), desde la lexicología, la cual comparto. Para el autor, el americanismo es un concepto eminentemente dinámico y flexible “que se caracteriza por irse modificando con el paso del tiempo y, por tanto, por no englobar en todos los momentos históricos el mismo inventario de unidades léxicas” (2012, 398). […] muchas veces, desde un punto de vista diacrónico, el hecho de que a una voz pueda adjudicársele la etiqueta de americanismo (o el -ismo correspondiente a alguna zona diferencial hispanoamericana) tendrá que ver, las más veces, con dinámicas de restricción y/o extensión de uso en variedades del español europeo o de americanización y desamericanización (v. Ramírez Luengo 2014 y 2017)» (178).
  • «Ramírez Luengo (2015) propone una taxonomía, fuera de clasificar las voces con un exhaustivo cotejo, para poder llegar a un marco explicativo que pone de manifiesto cada una de las particularidades de los americanismos léxicos desde una perspectiva diacrónica» (179).
  • «(Chávez Fajardo 2022), se afirma que el concepto se debe trabajar desde la lexicología histórica, por medio de una metodología para determinar lo que se entiende por americanismo léxico. La metodología implica hacer un rastreo filológico con obras dialectológicas, lexicológicas y lexicográficas de todo el continuum español, así como corpus y afines. Por ejemplo, un grupo no menor de voces consideradas “americanismos” pueden ser, además, voces usuales en ciertas zonas peninsulares. En efecto: este es el otro punto en cuestionamiento, pues muchas veces se funde el español ejemplar con el español hablado en España, siendo que muchas zonas españolas también sufren una suerte de marginación o silenciamiento en los diccionarios oficiales de la lengua (sobre todo, y fuera de los publicados por la RAE, en el DUE, el DEA o el CLAVE, entre otros)» (179).
  • «Las conclusiones en este rastreo conceptual tienen que ver con la restricción en el tratamiento a la sincronicidad en el léxico y a una especificidad que implica un uso privativo y genético, sobre todo, para pasar a entender el concepto desde la semántica, la dialectología y, por último, a constatar la relevancia de la caracterización, la densidad en la frecuencia y aceptar la flexibilidad en su uso» (181).

Chávez Fajardo, Soledad (2021a): Americanismos, americanismo. Radiografía de una polisemia. Chuy: revista de estudios literarios latinoamericanos 8/11 (Ejemplar dedicado a: La lengua americana: literatura, subjetividad, instituciones), 8-36.

  • «Juan José de Arona, en una de sus entregas periodísticas en El Correo del Perú, insistió en que es el momento de “emanciparnos del ya impropio calificativo de provincialismos con que se seguían designando los modismos o idiotismos de pueblos que habían dejado de ser provincias o colonias de España” (citado por Pottier-Navarro 1992: 302). A su vez, en su Diccionario de peruanismos (1882), Arona reclamaba la apropiación de la palabra por los yanquis, así como del gentilicio americano: […] La sinécdoque que se generó en lo relacionado con el léxico y el genitivo del país norteamericano, la resultante en llamar americanismo y americanoa lo referente de una sola nación, como se ve, ya tenía reclamos hispanoamericanos encendidos a finales del XIX. La Real Academia Española, en este contexto, incorporó la palabra con una sola acepción referente a lo lexicológico en su duodécima edición, la de 1884, como “Vocablo o giro propio y privativo de los americanos que hablan lengua española” (cfr. NTLLE)» (13-14).
  • «el colombiano Marcos Fidel Suárez hacía una tipologización del concepto en Los sueños de Luciano Pulgar: “Yo opino que la Academia atendería a seis afluentes, a saber: el americanismo indígena; el americanismo artificial o criollo; el americanismo heredado de España; el antiguo caudal español flotante en la Península; el neologismo exigido por nuevas ideas y objetos; y el uso literario moderno” (TDHLE: s.v. americanismo)» (16).
  • «¿Puede quedarse este sentido literario de americanismo anclado en el carácter genuinamente americano? Claro que sí. En este sema puede caber una generalización que, en los matices que propongo, en estas disquisiciones que hago, quede solo en el carácter genuinamente americano, cual hiperónimo. Sin embargo, siento que hay en esta escritura hispanoamericana una clara consciencia de lo particular y lo propio y en ello se concreta un subsentido que se enquista en lo literario que es necesario destacar» (25) [regionalismo].

Chávez Fajardo, Soledad (2021b): De lexicología histórica o más preámbulos para volver con Corominas y la indianorrománica. En Investigaciones léxicas. Estados, temas y rudimentos. Líneas de investigación del Seminario de Lexicografía Hispánica / coord. por María Águeda Moreno Moreno, Marta Torres Martínez, 103-114.

  • «Sigo con mi homenaje a “Indianorrománica. Estudios de lexicología hispanoamericana”, que son esos tres estudios repartidos a lo largo de la Revista de Filología Hispánica 6 (1944) de Joan Corominas. Estos ensayos estudiaban el léxico hispanoamericano desde la metodología de la lexicología histórica, la romanística y el sustrato hispanoamericano. También se reconocía en estos indianorrománica la relevancia tanto de la poligénesis como de la pervivencia de las variedades del español peninsular en el español americano. Es el de Corominas, por lo tanto, un estudio absolutamente actual» (103).
  • amachinar (como ‘amancebarse’, ‘vivir en concubinato’)
  • «se encuentran algunos estudios emblemáticos que relacionan el español de América y el español provincial de España. Pienso, sobre todo, en Cuervo con sus Apuntaciones, Corominas con su “Indianorrománica” o la Semántica hispanoamericana de Kany, entre otros. Son estos los primeros trabajos que vinieron a vincular las voces extraoficiales, en rigor» (104).
  • «destaco una interesante anomalía diatópica de la que habrá que estudiar más para un trabajo más detallado de la palabra: en El lenguaje popular en la Cantabria montañesa de Adriano García Lomas (1966) hay un amachinar definido como “Reunirse dos personas con gran amistad sin amancebarse”. En sus estudios anteriores esta voz, sin embargo, no aparece» (107).
  • «Quise trabajar con amachinarse por varias razones. Por un lado, por ser un americanismo de amplio espectro, a tal punto que se testimonia en otras diatopías, como Canarias y, como hápax o anomalía (queda por hacer ese estudio en particular) en Cantabria» (112).

Chávez Fajardo, Soledad (2021c): De lexicología histórica o preámbulos para volver con Corominas y la indianorrománica. En San Martín Núñez, A., Rojas Gallardo, D. y Chávez Fajardo, S.: Estudios en homenaje a Alfredo Matus Olivier. Volumen I: Anejo N°3 Boletín de Filología, 253-273Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad de Chile. Disponible en https://doi.org/10.34720/h2bw-zd94

  • «un número considerable de voces usuales en amplias zonas de Hispanoamérica y/o en algunas zonas de España existieron en otras etapas (época anteclásica, época áurea, antaño en provincias, en un estándar tardomedieval, entre tantos casos) y su uso fue restringiéndose. En este caso, Sala (1982: 287) propone tratarlas como variantes diacrónicas del español peninsular. […] sería bueno revisitar esa denominación y dejarla como variantes diacrónicas del español estandarizado (o algo así). Como sea, ya lo decía Marius Sala y su equipo (1982) y lo seguimos pensando nosotros: “Hasta el presente, los problemas que plantea el estudio de procedencia peninsular regional no han sido suficientemente tratados” (286), aunque esto no quita que siempre haya estado presente en alguno de los estudios emblemáticos relacionados con el español de América (cfr. Cuervo con sus Apuntaciones o Corominas con su “Indianorrománica”, entre otros). Como sea, creemos, el origen de algunas imprecisiones lexicológicas empezó, sobre todo, con el trabajo lexicográfico (y afín) a partir del xix. En estas codificaciones las voces fueron tratadas, las más veces, como provincialismos americanos, porque en los repertorios lexicográficos oficiales (pensamos sobre todo en los académicos) estas voces, muchísimas veces, no aparecían. No es hasta la década del setenta —pienso en la segunda fase del diccionario histórico académico el que, a mi juicio, marca un antes y un después con el trabajo detallado y crítico respecto a este tipo de aspectos—, en que estas imprecisiones empiezan a ser enmendadas» (257).
  • «Es relevante para el debate del concepto en cuestión que en un libro llamado Arcaísmos léxicos del español de América (un clásico, por lo demás) y en un emblemático estudio de dos filólogos españoles acerca del español de América se insista en que un arcaísmo es una unidad léxica usada en Hispanoamérica y que se usa en algunas zonas de España» (258).
  • «En efecto, a partir de una ejemplaridad [¿gramatización?], las variantes que no quepan en esta, sean estas españolas o no españolas, pasarán a formar parte del grupo en donde quepa la nominación arcaísmo. En otras palabras, lo que se genera en estos casos es y citando a Ramírez Luengo (2014: 4) una extensión léxica. Una extensión léxica es la distribución geográfica de una voz, distribución que puede ser de expansión (es decir, que la voz se generaliza) o de reducción (es decir, que la voz se dialectaliza)» (259).
  • «Lo interesante, en este caso, es la escasa referencia que se hace de arveja con el valor de guisante en zonas de España, dentro de la lexicografía general. Más bien se ha insistido en el uso en Hispanoamérica. […] en el ALEA, se hace referencia a una arveja en conjunto con [a] la almorta (Lathyrus sativus), es decir, no hay referencia alguna a una arveja para Pisum sativum. Sin embargo, en el Diccionario Histórico del Español de Canarias encontramos —información relevante y, lamentablemente inexistente en el resto de la tradición lexicográfica europea— que la voz se usa con el valor de guisante en Canarias con documentación que data desde el siglo xv» (263).
  • «3.2. Variantes y polisemia […] retranca» (264-265).
  • «4. VOCES QUE PARECEN DIFERENCIALES. Con amadrinar estamos ante una voz patrimonial cuya frecuencia de uso es baja en la Península, mas nunca al nivel de quedar obsoleta o desusada. […], estaríamos ante una voz general con el “sayo” de diferencial. Habrá que trabajar en su lexicología histórica, que detenerse a posteriori en su diatopía y frecuencia en la actualidad para poder constatar cuál es su realización en general» (266-267).
  • «CONCLUSIONES. Lexicología histórica indiana. Indianorrománica. Así lo pensamos desde un primer momento, celebrando esos estudios de Corominas y lo que queda por hacer con la historia del léxico en donde estas páginas son solo una muestra, un preámbulo; los ejemplos para unos prolegómenos, incluso. Insisto, de todos modos, que esta es una labor necesaria y urgente en los estudios léxico-semánticos del español general» (269).
  • «[…] presentado […] un grupo de voces con cuño usual de americanismos, arcaísmos o galicismos, mas constatamos que no son más que un grupo de voces no ejemplares ni estándar o hegemónicas (respecto a la ejemplaridad, estándar y hegemonía de turno). Es decir, dentro de la cadena variacionista y el sesgo hegemónico, concluimos que algunos conceptos deben revisitarse las más veces (arcaísmo, americanismo o galicismo) y, sobre todo, insistir en la abolición de la dicotomía español de España/español de Hispanoamérica, dicotomía que, en el estudio y cotejo de la voz, sea en textualizaciones o codificaciones, queda desdibujada. A su vez, llamamos a seguir en el estudio del vínculo Hispanoamérica-Canarias, puesto que hay, ya hemos dicho, muchísimo vaso comunicante léxico del que la lexicografía hegemónica, muchas veces, no da cuenta» (270).

Pottier-Navarro, Huguette (1992). El concepto de americanismo léxico. Revista de Filología Española 72(3/4), 297-312. https://doi.org/10.3989/rfe.1992.v72.i3/4.562

  • «Es indispensable insistir en la diferencia evidente de postura entre los diccionarios generales de la lengua española, y los específicos de “americanismos”, y “mexicanismos”, “peruanismos”, “argentinismos”, etc. … sin dejar de lado tampoco el hecho de que el concepto de “americanismo” no se manifiesta únicamente en los diccionarios o vocabularios o glosarios, sino también en obras literarias, técnicas, o en la prensa» (300).
  • «en la segunda edición (1953[Diccionario ilustrado de la lengua española (vox)]), Menéndez Pidal aprecia “la amplitud con que se acogen los neologismos y el acierto en incorporar voces americanas”, y Gili Gaya añade que a pesar de que “los americanismos figuraron aparte, en el apéndice poco extenso” de la primera edición, “el americanismo ha sido incorporado, después de la segunda al diccionario general”, pero evoca el criterio selectivo utilizado para descartar el vulgarismo que perjudica la unidad de la lengua general» (301).
  • [Malaret: Diccionario de americanismos] «Excluye también los vulgarismos, andalucismos, arcaísmos, “las voces que no son producto original del Nuevo Mundo, sino del lenguaje anticuado o corriente de la nación progenitora”» (304).
  • «Habrá que esperar el estudio de Philippe Cahuzac en 1979 para que se tome en cuenta el criterio léxico en la división dialectal de Hispanoamérica. Cahuzac propone cuatro zonas a partir de las abundantes y variadas denominaciones de términos de la vida rural como “campesino”, “tipos de habitación”, “condiciones atmosféricas”, es decir, a partir de un análisis comparado del léxico desde un punto de vista etnolingüistico» (306).
  • «Gútemberg explicita estos tres criterios: consiste el de origen en “todo elemento léxico español de procedencia indígena, o creado por hispanohablantes americanos sobre elementos propios del español general”. El de conceptos típicos de América, el que “designa conceptos, bien sea de cosas o actividades culturales o de objetos exclusivos de América”. Entrarían en este apartado, por ejemplo, los vocablos relativos a fauna y flora, a agricultura y ganadería, etc. … El criterio de uso corresponde a “expresión o vocablo que actualmente es usado en el español de América”, con la distinción de “uso contrastivo” y “no contrastivo” en relación con el español peninsular» (306).
  • «Bien se ve que la preocupación onomasiológica no es tan nueva. Comparto con Günther Haensch la idea de que para “mejor conocimiento del léxico del español de América” el inventario onomasiológico es uno de los aspectos más dignos de consideración. Notemos que fue también la preocupación del ya citado P. Cahuzac» (311).
  • «La multitud de valores semánticos en semasiología se recoge fácilmente en cualquier diccionario de americanismos, o en otras ocasiones, en diccionarios generales, mientras que el diccionario inverso, el onomasiológico, no existe todavía para el español de América y es mucho más arriesgado porque requiere una compilación puesta al día de las respuestas a encuestas hechas en todas las áreas de Hispanoamérica. Los atlas lingüísticos participan del conocimiento preciso y detallado de las variedades en el léxico, ademas de dar informaciones provechosas en otros campos de la lengua» (312).

Nombres de embarcaciones en el ‘Diccionario de autoridades’

XI Congreso Internacional de Lexicografía Hispánica

«Tres siglos del Diccionario de autoridades»

Universidad de Cádiz – 3, 4 y 5 de junio de 2026

Historia de la lexicografía – 4 de junio 2026 (Corpus Christi) 12:00

Resumen

En el Diccionario de autoridades (1726-1739) se registran cuarenta y seis nombres de tipos, clases o modelos (géneros, espécies) de naves en cuyas entradas se emplea el clasificador o hiperónimo embarcación: albatoza, armadia, balandra, balsa, balsilla, barca, barcaza, barco, baxel, bergantin, bote, bucentoro, buzo, canoa, cañamiz, carabela, caramuzal, caravana, carcoa, carda, cardita, chata, chinchorro, escorchapin, faluca, galeaza, galera, lancha, leño, nave, paquebot, patache, pinaza, pingue, pino, piragua, polacre, saetia, sultana, tafurca, tartana, trirreme, urca, vaso, vela y xabeque. Además, se consignan tres acepciones de embarcación: (1) Navis. (2) Navium conscensio, nis. (3) Navigatio. Cursus maritimus. Se trata de una taxonomía muy variada, con arabismos, cultismos, exotismos, indigenismos, latinismos, orientalismos, sinécdoques y préstamos de las más diversas procedencias. Como el origen de la familia léxica de embarcación (barca), el conjunto muestra una indudable impronta ibérica, con una presencia importante de la lingua franca del Mediterráneo, además de un evidente contacto con la sincronía del propio diccionario, que se muestra especialmente en los casos de voces sin autoridad antigua.

El objetivo de la presente comunicación es mostrar esta riqueza del Diccionario académico mediante la clasificación etimológica de esas entradas, examinando de paso la competencia de embarcación con otros miembros de su familia léxica (barca, barco) y de la encabezada por nave, que han llegado al español contemporáneo como destacados hiperónimos en la taxonomía formada por las designaciones de buques, vasos o velas de los más diversos orígenes y procedencias. Se trata de cubrir así un campo semántico que aún está por completar en el Diccionario histórico de la lengua española, el principal proyecto que se lleva a cabo en la actualidad en el ámbito de la lexicografía histórica del español con la metodología combinada de la diccionarística electrónica y las humanidades digitales.

  1. Historia de embarcación

La historia del derivado embarcación aún está por escribir (DHLE, s. v. Ø). El término aparece en el CDH desde la Crónica de los Reyes Católicos (1491-1516: fol. 29v) de Alonso de Santa Cruz, cuando narra la expulsión de los judíos: «Los quales salieron de Castilla, unos para Portugal, porque se concertaron con el rey don Juan que le darían un ducado por cabeza porque los dexase estar en su reino seis meses, para en este tiempo procurar de hacer su enbarcación a do mexor les pareciese. Y túvose por cierto que salieron por Benavente para entrar por Bragança en Portugal veinte y tres mil; y los que salieron por Çamora para Miranda treinta mil…» [Juan de Mata Carriazo, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano Americanos de Sevilla, 1951]. Posteriormente, se documenta en una de las Dos cartas escritas por Fr. Juan Caro, dominico, desde Cochín en la India, ofreciendo servir al Emperador enseñando la navegación, y el descubrimiento de muchas tierras por aquellas partes: «y los ayudé con lo mio en lo que pude, y les hube con mucho trabajo embarcacion para se iren al reino &c.» (Documentos pertenecientes a Hernando de Magallanes); el tercer ejemplo del corpus, también relacionado con el portugués de ultramar y la circumnavegación de 1522, se registra en la Carta de Antonio Brito al Rey de Portugal sobre algunos sucesos en la India y los del viaje de Magallanes (1523): «y no contento con esto se encaminó á una poblacion grande, donde peleando con los salvages le mataron á él, á un criado suyo y cinco castellanos: los demas viendo muerto al capitan se recogieron á las embarcaciones». Estos dos significados básicos (‘acto de embarcar, embarque’ y ‘barco, nave’) siguen desde entonces su historia en paralelo con otros derivados de barca, -o:

Embarcar [h. 1440, Díaz de Gámez; Nebr.], vid. Cuervo, Dicc. (Bol. C. y C. II, 357-8); embarcación [1493, Woodbr.], de aquí el fr. embarcation [1762]; embarcadero [1615], de donde el fr. embarcadère [1723]; embarco; embarque. Desembarcar [Nebr.], desembarcadero, desembarco, desembarcación, desembarque. (DECH, s. v. barca).

En cuanto a su presencia en los diccionarios, el NTLLE registra embarcación en 1604 PALET, 1607 OUDIN, 1609 VITTORI, 1620 FRANCIOSINI, 1670 MEZ DE BRAIDENBACH, 1679 HENRÍQUEZ, 1705 SOBRINO, 1706 STEVENS y 1721 BLUTEAU antes del tercer tomo de Autoridades (1732). En este, se consignan las acepciones mencionadas antes:

EMBARCACIÓN. s. f. Qualquier género de nave que tenga buque; si bien con esta voz no se expressan las mayores y de guerra, sino las mercantíles y de transporte de géneros, víveres, armas, &c. Latín. Navis. ACOST. Hist. Ind. lib. 1. cap. 21. Lo que se halla son balsas, o piráguas o canóas, que todas ellas son menores que chalupas: y de tales embarcaciones solas usaban los Indios. SOLIS, Hist. de Nuev. Esp. lib. 1. cap. 6. Eran las canóas unas embarcaciones que formaban de los troncos de los árboles.

EMBARCACIÓN. Signfica [sic] tambien el acto de embarcarse, y la salida que hace una flota o un navío desde el Puerto para hacer su viage. Latín. Navium conscensio, nis. COLOM. Guerr. de Fland. lib. 1. Al punto se distribuyeron las órdenes de la embarcación, por los Sargentos mayores de los Tercios. SOLIS, Hist. de Nuev. Esp. lib. 1. cap. 14. Llegado el día de la embarcación, se dixo con solemnidad una Missa del Espíritu Santo.

EMBARCACIÓN. Se toma algunas veces por navegación, esto es por el tiempo que dura el viage de una parte a otra. Latín. Navigatio. Cursus maritimus. OV. Hist. Chil. lib. 1. cap. 14. En el Mar del Sur, donde el viage de Chile a Lima es de quince días, y otros tantos de allí a Panamá, pocos más o menos, al contrário para volver de Panamá a Lima suele durar la embarcación dos meses, y de allí a Chile quarenta días.

Sobre la Historia de Chile escrita por el criollo Alonso de Ovalle (Santiago; 27 de julio de 1601—Lima; mayo de 1651), escribe Beatriz Gómez Pablos (2017: 70): «El estilo de la Histórica Relación del Reino de Chile es llano y ameno, con descripciones expresivas y detallistas —algunas pintorescas—, que reflejan su amor por la patria. Ovalle no sólo es cronista de América sino que además es un cronista americano, conocedor de la realidad que le rodea». El gran viajero desde luego era una autoridad en cuanto a lo que solía durar la navegación o embarcación desde Chile a Lima y de la capital del virreinato a Panamá. El viaje de vuelta duraba más del doble debido a las corrientes del Pacífico relacionadas con El Niño-Oscilación del Sur, entre otros fenómenos oceánicos y atmosféricos.

  1. El término embarcación en el texto de Autoridades

El término embarcación aparece 168 veces en el texto de las definiciones del DA, distribuidas en los seis tomos del siguiente modo:

I (1726) [A-B] 44
II (1729) [C] 24
III (1732) [D-F] 32
IV (1734) [G-N] 20
V (1737) [O-R] 25
VI (1739) [S-Z] 23

Se trata de unos cuantos verbos —abordar, acostarse, aferrar, aferrarse, afletar, alquitranar, amainar, birar, bogar, boyar, caminar, ciar, costear, decaer, derrotar, desaferrar, desancorar, desarbolar, desembarcar, desencallar, deslastrar, despalmar, devalar, echar, echarse, encallar, engolfar, escotar, fletar, fluctuar, garrar, gurrar, izar, marear, naufragar, navegar, proejar, remar, remolcar, roncear, sotaventar, varar, voltegear, zarpar y zozobrar— y derivados deverbales: abordo, ancorado, ancorage, apresamiento, atracado, bogada, bromado, ciaescurre, desencallado, embarcación, embarcadura, fletamiento, flete, naufragio, ronceria, roncero; sustantivos: agua, aguada, arbol, arraez, barra, barreno, bolina, caiman, capitán, cocle, escalamo, eslabon (en la autoridad: “ALFAR. part. 2. lib. 3. cap. 9. Al segundo día de su embarcación le faltaron de la cadena diez y ocho eslabones, que sin duda valian cincuenta escúdos”), fasquia, galibo, gallardete, hydrographia, marinero, matalotage, palamenta, palos, patrón, pesqueria (en la autoridad: “RECOP. DE IND. lib. 4. tit. 25. l. 26. Ordenamos, que ningun Español, Indio, ni Negro pesque con chinchorro, porque de usar de esta embarcación en la pesquería de perlas, resulta mucho daño”), proel, quilla, remo, rumbo, sorna, tabla y vela; frases y locuciones: alarga allá, brazos de la entena, burra de palo, cabos sueltos (s. v. Dar cabo), caxa de lastre, dar caza, correr a árbol seco, correr fortuna, cortar el agua, dar a la costa el navío o otra embarcación, domingo de ramos (en la autoridad: “SOLIS, Hist. de Nuev. Esp. lib. 1. cap. 20. Y por venir cerca el Domingo de Ramos, señaló este día para la embarcación”), Tener el viento favoráble, Irse a fondo (s. v. fondos), golpe de mar, hacer el bastardo, palo seco, Viento en popa (s. v. popa), punto de longitud, ropa a la mar, Mostrar el sebo (s. v. sebo) y A velas llenas, ò tendidas (s. v. vela); los adjetivos favorable; necessario, ria (en la autoridad: “M. AGRED. tom. 3. num. 461. Fue luego San Juan a buscar embarcación para Palestina, y prevenir lo que para ella era necessario”); velero, ra; zelosa y zorrero, ra; y, sobre todo, nombres de tipos, modelos, géneros, espécies o clases de naves:

albatoza, armadia, balandra, balsa, balsilla, barca, barcaza, barco, baxel, bergantin, bote, bucentoro, buzo, canoa, carabela, caramuzal, caravana, carcoa, carda, cardita, cañamiz, chata, chinchorro, escorchapin, faluca, galeaza, galera, lancha, leño, nave, paquebot, patache, pinaza, pingue, pino, piragua, polacre, saetia, sultana, tafurca, tartana, trirreme, urca, vaso, vela, xabeque.

Sobre la historia y etimología de amainar, véanse los trabajos de Germá Colón i Domènech (1994, 2007); sobre el resto de adjetivos, derivados deverbales, sustantivos, verbos, frases y locuciones no añadiremos más aquí, para centrarnos en los cuarentaiséis nombres de embarcaciones a partir de ahora.

  1. Clasificación semántica y etimológica de los 46 nombres de embarcaciones
Lema DECH TDHLE
albatoza «cast. ant. albatoza ‘especie de embarcación pequeña y cubierta’, registrado por Covarr.2, y ya empleado por H. del Pulgar a fines del S. XV (DHist.)» [s. v. patache] albatoza, albatoça, albatosa. (Del ár. * var. de ‘nave de dos mástiles, patache’.) f. Patache. [Diccionario histórico de la lengua española (1960-1996)]

 

armadia «ALMADÍA, ‘balsa’ del ár. […] ‘barca de paso’, ‘almadía’, […]La forma armadía [1587; Aut.] es alteración secundaria, debida a influjo de armar y derivados» [s. v. almadía] Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)

«almadía, armadía; almadia. (Del ár. al-ma`diya ‘la barca en que pasan hombres o animales’.)» [Diccionario histórico de la lengua española (1960-1996)]

balandra «parece resultar de la amalgama de dos voces diferentes: el neerl. bijlander ‘embarcación de transporte, de fondo plano’, venido a través del fr. bélandre, balandre f., y otra palabra palandra, embarcación mediterránea de origen turco, para transporte de tropas, el nombre de la cual procede, al parecer, de este idioma» [s. v. balandra] Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
balsa «BALSA II, ‘almadía’, voz prerromana, común al español y al portugués, quizá idéntica a la anterior» Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
balsilla La palabra balsilla no está en el Diccionario.
barca BARCA, del lat. tardío BARCA íd., quizá de origen hispánico. […] 1 Obsérvese la mayor vitalidad que demuestra en español barca al dar lugar a la creación del derivado barco, ajeno a los demás romances, salvo el portugués. Embarcación, embarcadero son también creaciones españolas, que de aquí pasaron a otros romances. Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
barcaza Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
barco Barco [Alfonso X; y en su gallego: «fezeron balsas et maneyras de barcos et de naves» Ctgs. 61.18]3: en la Edad Media lo común es que designe una embarcación pequeña (así todavía Aut.); con la ac. moderna se dice entonces navío o nao, estado de cosas conservado hasta hoy en portugués4 Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
baxel BAJEL ‘buque’, del cat. vaixell, íd., y éste del lat. VASCĔLLUM ‘vasito’, diminutivo de VAS.

1.ª doc.: Berceo (Mil. 672, Loor. 63).

bajel,, bahssel, basel, bahassel, baxel, vaxel, baxiel, bagel, vaissel, vagel, vajel.. (Del ant. fr. vaissel ‘recipiente para líquidos’, ‘barco’.)

DCECH recoge la presencia de esta voz en Berceo Loor. p1236-a1246, 63, basándose posiblemente en Sánchez, T. A. Voces Berceo 1780 s/v bassel. En dicho pasaje no aparece la voz.

Diccionario histórico de la lengua española (1960-1996)

bergantin BERGANTÍN, del cat. bergantí, derivado del anterior; es posible que el vocablo se formara primero en Italia. No sale la página en el TDHLE.
bote BOTE II, ‘embarcación pequeña’, del ingl. med. bōt íd. (hoy boat), seguramente por conducto del fr. antic. bot y gasc. bot.

1.ª doc.: 1722 (Gili); Aut.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
bucentoro Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
buzo El cast. ant. buzo ‘cierta embarcación’1 [Partidas; 1.ª mitad del S. XV] no tiene nada que ver con buzo ‘buceador’; para su origen, V. mi DECat, s. v. gussi. buzo s. (1284-1640)

buzo, buço

Etimología. Voz de origen incierto, relacionada con los vocablos catalán, francés e italiano bus, escandinavo antiguo büza, bajo alemán medieval bütze, neerlandés medieval büse, inglés antiguo y moderno bütse, bus (DELCat, s. v. gussi).

Diccionario histórico de la lengua española (2013-: s. v buzo)

canoa CANOA, del arauaco de las Lucayas.

1.ª doc.: 1492, Diario de Colón, 26 de octubre; Nebr.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
carabela CARABELA, del port. caravela íd., diminutivo del lat. tardío CARABUS ‘embarcación de mimbres forrada de cuero’, y éste del gr. κάραβος ‘cangrejo de mar’, ‘embarcación’.

1.ª doc.: Partidas.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
caramuzal CARAMUZAL, del turco karamusal íd.

1.ª doc.: caramuzalid, 1555, Viaje a Turquía; caramuzalí, 1612, Fr. M. de Guadalajara; caramuzal, 1613, Cervantes, El Amante Liberal, ed. Hz. Ureña, p. 127.

Asín, Al-And. IX, 27: «quizá del ár. qârib musáƫƫaɅ barco aplanado». Lo cual sólo puede admitirse, si acaso, como etimología árabe de la palabra turca, de la cual procede el castellano de todos modos.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
caravana CARAVANA, del persa kārawân ‘recua de caballerías’, ‘caravana’, probablemente por conducto del fr. caravane.

1.ª doc.: h. 1350, Pde Alf. XI.

[…] el vocablo entró en las lenguas occidentales durante las Cruzadas, por conducto del francés, quizá también por Génova, donde caravana se registra ya en 1217. El testimonio más antiguo corresponde a la ac. secundaria ‘comboy de navíos que navegan de conserva’ (vid. Jal, s. v.), ac. que parece haber sido trasmitida por el catalán, donde ya aparece en el S. XIII; aplicado a viajes terrestres lo emplea por primera vez Gonz. de Clavijo (1406-12) (variante caravaña, según Eguílaz). La ac. más común en la literatura clásica se refiere a las primeras campañas que hacían los caballeros jóvenes de Malta y de San Juan en persecución de las caravanas navales musulmanas, requisito necesario para profesar en estas órdenes; de ahí la frase común hacer caravanas o correr las caravanas ‘hacer prácticas de novicio para conseguir algo’ [S. XVII]

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 707-708
carcoa Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 716
carda Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 718
cardita Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 721
cañamiz Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 644
chata Chata ‘bacín’, ‘chalana’ [1720, Gili], etc. (RFH VI, 19-20). [s. v. chato] Inéditos Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
chinchorro Chinchorro ‘especie de red a modo de barredera que usan los pescadores para pescar’ [1588, en el dominicano C. de Llerena: RFE VIII, 1252; Aut. lo da como usado en España], ‘barquichuelo de pesca empleado en América’ [1519, Woodbr.; ambas acs., 1616, Oudin; 1680, Recopil. de Indias], ‘especie de esquife, el menor de los botes anejos a un navío’ (Acad. 1884, no 1843)3 [s. v. chinche] Inéditos Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
escorchapin Escorchapín [1552, Calvete de Estrella; comp. corchapín, desde 1583; corpachín, 1555, Viaje de Turquía II, 87], ‘nave ligera’, del cat. escorxapí [1535, Ag.], compuesto del cat. vulg. escorxa, cat. escorça ‘corteza’, y pi ‘pino’: Calvete y el italiano Bosio atestiguan que se trata de un navío propio de Cataluña, vid. Vidos, Parole Marin., p. 362; Terlingen, 244, y mi reseña en Symposium, 1948. [s. v. corteza I] La palabra escorchapin no está en el Diccionario.
faluca – (v. falúa). La palabra faluca no está en el Diccionario.
galeaza Galeaza [2.° cuarto del S. XV, Crón. de Pero Niño, p. 65; también en P. Tafur, h. 1440; más ejs. Cuervo, Obr. Inéd., 397; galeaça, Nebr.: la ç sorda prueba que se tomó del cat. galiassa]. [s. v. galera] La palabra galeaza no está en el Diccionario.
galera GALERA, del antiguo galea, y éste del gr. biz. Ɣαλέα íd., propiamente ‘mustela, pez selacio’, gr. ƔαλŲ ‘comadreja’; la galera se comparó con una mustela por los movimientos rápidos y ágiles de este pez.

1.ª doc.: galeya, comienzo del S. XIII, Sta. M. Egipc., 268; galea, Berceo, Mi.l, 593, etc.; galera, 2.° cuarto del S. XV (Crón. de Pero Niño, p. 65); 1505, PAlc. (también galea)1.

El cast. ant. galea aparece también en el Poema de Alfonso XI, 397; el Canc. de Baena (W. Schmid); en APal. 146b; Nebr.; y más ejs. en Cej., Voc. y glosarios de Castro; galera, 1433 (Woodbr.). En griego aparece con el significado náutico desde la 1.ª mitad del S. VIII. Indudablemente el vocablo se propagó desde el griego a los varios romances mediterráneos (FEW IV, 28); al castellano llegaría por conducto del catalán.

Diccionario histórico del español de Costa Rica
lancha LANCHA II, ‘bote grande al servicio de un buque, o para navegar en el interior de los puertos o entre puntos cercanos de la costa’, aparece primero en portugués y como nombre de una embarcación pequeña y rápida empleada en los mares de Oriente: viene del malayo lánƇār ‘rápido, ágil’, por conducto del port. lancha ‘embarcación pequeña para pescar o al servicio de un navío’.

1.ª doc.: 1587, en carta de un Almirante de la Invencible (Terlingen, p. 250; Cej. VII, p. 127).

A pesar de que Skeat ya dió la verdadera etimología (Notes on English Etym., p. 158; Etym. Dict., s. v. launch), todos los romanistas siguen proponiendo etimologías romances imposibles, y los más se empeñan en buscar el origen en Italia.

La palabra lancha no está en el Diccionario.
leño Éste, lat. LէGNUM, ha dado el cast. leño ‘trozo de árbol cortado’ [APal. «caupillus es leño cavado, como barqueta o copanete» 67b, 1544; Nebr., etc.], ‘embarcación semejante a la galeota’ [1430, Woodbr.]. La palabra leño no está en el Diccionario.
nave NAVE, del lat. NAVIS ‘barco, nave’.

1.ª doc.: orígenes del idioma (Cid; ‘naveta litúrgica’, doc. de 986, Oelschl.).

Es bastante usual en todas las épocas

La palabra nave no está en el Diccionario.
paquebot paquebot o paquebote [-ot y -ote los emplea Fco. Palau, La Vida de Fray Junípero Serra, Méjico 1787, p. 58 (y paquebotillo en p. 10), y están ya en un diario marítimo de 1775, según me comunica el prof. Sean Page], adaptación oral del ingl. packboat íd., compuesto de pack ‘paquete de cartas, etc.’ + boat ‘barco’ La palabra paquebot no está en el Diccionario.
patache PATACHE, ‘aviso, buque de guerra ligero’, forma afrancesada del cast. antic. pataxe, de origen incierto; probablemente tomado del ár. baƫâš ‘nave de dos mástiles’, que parece ser variante de baƫƫâš ‘rápido’, ‘activo, pronto’, ‘fuerte, valiente’.

1.ª doc.: pataje, 1526, Woodbr.; patax, 1566, en autor italiano, como forma española; pataxe (1 vez) y patage (4 veces), 1582, Jal, pp. 1142, 170, 680; patache, 1591, Percivale; patays y plur. pataysos (varias veces) en la carta impresa (Barcelona, 1565) sobre la expedición de Legazpi a las Filipinas.

La palabra patache no está en el Diccionario.
pinaza Pinaza [Berceo]; en este autor figura rimando con palabras en -z- sonora, pero en Apol., las Partidas y la 1.ª Crón. Gral. va con ç (Cuervo, Obr. Inéd., 395), lo cual es indicio de procedencia forastera; sin embargo no parece tomado del cat., donde no me es conocido el vocablo2 y la fecha tardía del mismo en it. [1588, en Zaccaria, 496], así como la vacilación pinazza: -accia en este idioma, parecen indicar que no es voz antigua en el Mediterráneo; tampoco puede venir del port., dada la forma pinaça [1326] y no *pinhaça; por el contrario, fué siempre muy vivo en cast. (1582, 5 1611, en Jal, 1175), también en ingl. [S. XV], fr. [1461], y la documentación alude repetidamente a Bayona y Vizcaya; quizá, a pesar de la fecha más tardía de la documentación encontrada en francés, sea palabra bordelesa o de la costa occidental del territorio lingüístico francés (comp. dos testimonios medievales relativos a Bayona en Levy; sin embargo no será propiamente gascona, pues entonces deberíamos tener *piasse y no pinasse, como se lee ahí y en Palay); comp. Diz. di Mar., s. v.; Vidos, ZFSL LVII, 4-6. [s. v. pino] La palabra pinaza no está en el Diccionario.
pingue PINGUE, probablemente tomado del fr. pinque, voz internacional de los mares septentrionales, de origen incierto, probablemente germánico.

1.ª doc.: Aut.

Definido «embarcación de carga, cuyas medidas ensanchan más en la bodega, para que quepan más géneros». Una variante pinco figura en Aut., como equivalente de ‘flibote’.

La palabra pingue no está en el Diccionario.
pino PINO, del lat. PINUS íd.

1.ª doc.: como nombre propio en la 2.ª mitad del S. XII (Oelschl.); nombre común, J. Ruiz.

De uso general y común a todos los romances (salvo el port., que emplea pinheiro, y sólo pinho como nombre de la madera de pino o de una nave1

Diccionario histórico del español de Canarias
piragua PIRAGUA, de la lengua caribe.

1.ª doc.: 1535, Fz. de Oviedo.

Donde declara «usan estas canoas tan grandes o mayores, como lo que he dicho, e llámanlas los caribes piraguas».

Diccionario histórico del español de Costa Rica
polacre POLACRA, término náutico mediterráneo de origen incierto; en castellano se tomó del cat. pollacra (también pollaca), quizá derivado del lat. PŬLLUS ‘animal joven’, con la terminación de CARRACA.

1.ª doc.: polacre, 1709, Tosca (Aut.); polacra, Acad. ya 1817.

La palabra polacra no está en el Diccionario.
saetia SAETÍA, ‘cierto tipo de embarcación latina’, probablemente se tomó del ár. šaȳƫîya íd., sufriendo en romance el influjo de saeta.

1.ª doc.: Partidas.

Donde se dice que entre las naves «otras hay menores a que dicen galeotas, et taridas, et saetías et zabras…» (II, xxiv, ed. Acad. II, 264).

La palabra saetia no está en el Diccionario.
sultana Sultana [Aut.]. [s. v. sultán] La palabra sultana no está en el Diccionario.
tafurca Tafurea [2.° cuarto S. XV, Díaz de Gámez, Pero Tafur; «tafurea para passar cavallos: hippagium» Nebr.], del ár. taȳfūrîya ‘plato hondo’, seguramente tomado por conducto del cat. tafurea [-eya, 1415] ‘especie de nave’, desde donde el vocablo se propagó hasta el francés [1365], hasta el griego cipriota [1340], en la época de la dominación catalana en Grecia, y a otras lenguas europeas; V. el trabajo de H. y R. Kahane, Estudios M. P., 1950, I, 75-89. [s. v. ataifor] La palabra tafurea no está en el Diccionario.
tartana TARTANA, ‘embarcación menor, de vela latina’ (y de ahí ‘cierto carruaje de dos ruedas’), tomado del oc. tartano íd., oc. ant. tartana ‘cernícalo’, que es el sentido propio del vocablo, probablemente de origen onomatopéyico, por la voz de esta ave.

1.ª doc.: 1607.

Oudin en su ed. de esta fecha: «tartano: nasselle a pescher, un bachot»; en la ed. 1616 admite las dos formas «tartana o tartano», y da ya la traducción francesa tartane, que es la más antigua documentación del vocablo en francés.

La palabra tartana no está en el Diccionario.
trirreme
urca URCA, del fr. hourque, de origen germánico, probablemente del neerl. med. hulke.

1.ª doc.: 2.° cuarto S. XV.

Ya aparece repetidamente en el Victorial (ed. Carriazo, pp. 253, 256, 258, 271), escrito en esta época.

La palabra urca no está en el Diccionario.
vaso VASO, del lat. vg. VASUM, lat. VAS, -IS, ‘vasija’.

1.ª doc.: Berceo.

Es frecuente ya en docs. de los SS. X y XI (Oelschl.), pero quedamos en duda acerca de si el escriba quería escribir latín o cast.

La palabra vaso no está en el Diccionario.
vela VELO, del lat. VୱLUM ‘velo’, ‘tela, cortina’, ‘vela de navío’.

1.ª doc.: orígenes: Glosas Emilianenses, 115 (escrito malamente vello); Berceo.

De uso corriente en todas las épocas […] En latín VୱLUM, además de ‘velo’, ‘tela’, significaba ‘vela de embarcación’; en esta última ac. solía emplearse en plural, VୱLA, según es natural por el significado, y de ahí ha venido el cast. vela [Apol., 261a; J. Ruiz].

Diccionario histórico del español de Canarias
xabeque Jabeque [Aut., xabeque, como embarcación muy usada en el Mediterráneo, especialmente por mallorquines e ibicencos], del mismo origen que el cat. xabec, port. enxabeque [S. XV], fr. chébeck, a saber del ár. vg. šabbâk [S. XIII], derivado de šábaka ‘red’: fué antiguamente una barca de pescar y posteriormente una embarcación costanera o un pequeño navío de guerra; vid. Dozy, Suppl. I, 723a (que rectifica el Gloss. del mismo autor), Jal (s. v. chabek y enxabeque); la Acad. desde 1899 cita jábega como nombre de una embarcación de pesca semejante al jabeque, pero más pequeña3. La palabra xabeque no está en el Diccionario.

Javeques en un documento del Arsenal de Cartagena (1783):

XABEQUE en el DRAE (1.ª ed.: 1780):

JABEQUE en la 5ª ed. del DRAE (1817):

Sobre el vocabulario de la navegación (náutica, ingeniería naval y áreas afines), puede consultarse Carriazo Ruiz (2018).

  1. Resultados y discusión

En cuanto al significado de las unidades léxicas definidas mediante el clasificador semántico embarcación, se deben distinguir primeros los seis sinónimos, o casos de hiperonimia-hiponimia simétricas, que son: barco, bajel, nave, pino, vaso y vela; estas tres últimas, además, ejemplos de sinécdoque. Todos son latinismos, a excepción del catalanismo (según DECH) o galicismo (según DHLE1960-1996) bajel.

Los restantes cuarenta sustantivos corresponden a hipónimos, ya que designan clases, géneros o tipos de barcos, embarcaciones o naves. El grupo etimológico más numeroso está formado por una docena de orientalismos: albatoza, armadia, balandra (en realidad un galicismo producto del cruce del neerlandes/francés y el turco palandra), caramuzal, caravana (‘navíos que navegan en conserva’, un colectivo más que un tipo de embarcación, de origen persa), faluca (falúa), lancha (del malayo a través del portugués), patache, saetia, sultana, tafurca (errata por tafurea) y xabeque; a los que se podrían sumar los helenismos chata y galera (14 orientalismos en total). El resto son los cinco galicismos bote (del inglés a través de fr. antiguo o gasc.), pinaza («quizá, a pesar de la fecha más tardía de la documentación encontrada en francés, sea palabra bordelesa o de la costa occidental del territorio lingüístico francés», según el DECH), pingue, tartana («del oc. tartano íd., oc. ant. tartana ‘cernícalo’», DECH: s. v. tartana) y urca (5); los tres catalanismos bergantin, escorchapin y galeaza (3); los indigenismos canoa y piragua (2); el anglicismo paquebot (1); el latinismo patrimonial leño («‘embarcación semejante a la galeota’»); el lusismo carabela (1); balsa, de origen prerromano (1); los derivados barca, barcaza chinchorro, del mozarabismo chinche (3), y los dos nombres de embarcaciones con origen incierto: buzo (DHLE, 2013-: s. v.) y polacre (2). En total 33 voces con etimología conocida, probable o incierta.

Aparte quedan algunos presuntos fantasmas lexicográficos: balsilla, bucentoro, cañamiz, carcoa, carda, cardita y trirreme (siete), cuya condición de tales dilucidaremos en la discusión, antes de presentar las conclusiones sobre los nombres de embarcaciones en el Diccionario de autoridades, ya que «ocurre que en los diccionarios, incluso en los más comunes, se incluyen voces o acepciones sobre las que existen fundadas sospechas de que nunca han sido empleadas» (Álvarez de Miranda, 1984: 136). En resumen, tenemos seis sinónimos de ’embarcación’ más 33 voces con etimología conocida, probable o incierta y siete sospechosos fantasmas.

Dejemos de momento a un lado la cuestión etimológica. Lo esencial, ante cualquier entrada o cualquier acepción del diccionario común, es preguntarse desde cuándo está ahí, y, a ser posible, por qué está (Álvarez de Miranda, 2023: 15).

Antes de presentar las conclusiones sobre el tratamiento de los nombres de embarcaciones en el Diccionario de autoridades, repasaremos los siete presuntos fantasmas lexicográficos: balsilla, bucentoro, cañamiz, carcoa, carda, cardita y trirreme, cuya condición de tales se trata de aclarar mediante la consulta del CDH y del NTLLE, pues «el material acumulado ha permitido en ocasiones detectar la presencia de textos espurios tanto en los diccionarios académicos “de autoridades” (el de 1726-39 y los inconclusos de 1770 y 1933-36) como en otros repertorios no académicos» (Álvarez de Miranda, 1984: 136).

4.1. balsilla

Según el corpus académico, la historia de balsilla comprende el periodo 1548-1701, y se recoge en los diccionarios académicos (desde las dos ediciones de Autoridades, 1726 y 1770, hasta la undécima edición del DRAE, 1869) y no académicos de los siglos XVIII y XIX (incluidos Terreros, 1786; Núñez de Taboada, 1825; Salvá, 1846; Castro y Rossi, 1852; Domínguez, 1853, y Zerolo, 1895), de acuerdo con el NTLLE. El caso de balsilla resulta particular, pues el CDH muestra que su uso llega hasta 1701, aunque su permanencia en el DRAE hasta 1869 señala la decisión de la Academia de eliminar los diminutivos de sus diccionarios a partir de la duodécima edición (1884) como la causa de su desaparición en el DRAE. Se trata de un diminutivo más que de un hipónimo o designación de un tipo o género de embarcación, como muestran tanto su presencia en el CDH como su historia lexicográfica, obviamente.

4.2. bucentoro

La historia de bucentoro va de 1534 a 1786 en el CDH y de 1721 (Bluteau) a 1936 (DHLE) en el Tesoro académico. Mientras la forma bucentauro aparece una sola vez en el corpus académico, en 1589, la variante Bucentauro presenta concordancias entre 1861 y 1995. La historia lexicográfica de bucentauro va del Diccionario de autoridades (1726) al DHLE (1936), según el NTLLE.

El DME de 1831 incluye bucentoro (como equivalencia en italiano del español bucentauro, en la página 114 y, como parte de un lema doble —«BUCENTAURO ó BUCENTORO»—, en las «Adiciones y rectificaciones a los artículos del diccionario», página 171 de la numeración que se inicia después del suplemento, pp. 569-584) y trirreme («TRIRREME. s . m . TRIRREMIA . s . f. ant . A. N. Galera de tres órdenes de remos. = Fr . Trireme. = Ing . Trireme. = lt . Trireme », p. 538), pero no trae balsilla, cañamiz, carcoa, carda ni cardita. En estos cinco casos, a diferencia de lo que sucedió con amarrazón, la Academia no «hizo caer en la trampa incluso a[…]l excelente Diccionario marítimo español» (Álvarez de Miranda 1984: 140). Tampoco las incluye el Diccionario español de la lengua franca mediterránea, de Pedro Fondevila Silva, quien solo trae bucentauro: «(*)[1] Embarcación de remo, grande y ostentosa, ricamente adornada, en la cual celebraba el Dux de Venecia su desposorio anual con el mar Adriático. [Lorenzo, 1864]» (2011: 118), junto a dos citas de Duque de Estrada, 1956; además, justo antes, se remite a esta entrada en la variante «Bucentauro(*). V. Bucentoro. [Lorenzo, 1864]». Las dos citas corresponden a las siguientes documentaciones del CDH:

  1. «Éste es día en que sale todo el Senado de Venecia en una galeaza llamada Bucentoro, en la cual van los forzados, a diez por remo, vestidos de damasco, debajo de cubierta»
  2. «cubierta de brocado finísimo, guarnecido de oro, y todo de dentro y fuera hecho un ascua de oro, de adonde toma el nombre de Bucentoro y testunzato (o revocado de oro o cubierto)»

Correspondientes a «1607-1645 DUQUE DE ESTRADA, DIEGO, Comentarios del desengañado de sí mismo. Vida del mismo autor [España] [Henry Ettinghausen, Madrid, Castalia, 1982] Novela», que el diccionario murciano identifica como «Duque de Estrada, Diego. Memorias de Don Diego Duque de Estrada. Edición de José María de Cossío y Martínez Fortún. Madrid: Ediciones Atlas, 1956» (2011: 490). El manuscrito puede consultarse en la Biblioteca Digital Hispánica.

En resumen, podemos descartar que Bucentauro y Bucentoro sean fantasmas lexicográficos puestos en circulación por Autoridades en 1726, ya que se trata de un nombre propio de una embarcación, por su uso ceremonial, singular y particular, por lo que se escribe con mayúscula inicial en los Comentarios del desengañado de sí mismo de Diego Duque de Estrada, tanto editados por Cossío y Martínez Fortún (1956) como en la edición de Henry Ettinghausen para Castalia (1982).

4.3. cañamiz

Ningún ejemplo aporta el CDH para cañamiz, recogido solamente, según el NTLLE, en Autoridades (1729), Terreros (1786: «cierto jenero de embarcacion, a modo de fusta, que usan en Indias. Fr. Espece de chaloupe. Lat. Lembus»), Castro y Rossi (1852: «s. m. Especie de chalupa en Indias»), Zerolo (1895: «Mar. Embarcación usada en las Indias») y DHLE (1936). Tanto el histórico («A. Herrera, Hist. Gen. de Indias, décad. 3, lib. 1, cap. 9») como Autoridades («HERR. Hist. Ind. Decad. 3. lib. 1. cap. 9. Otro día llegaron tres navíos del Rey, que llaman Cañamíces, a manera de fustas, con las próas doradas») traen la misma cita de la tercera década (libro 1, capítulo 9) de la Historia general de Indias de Herrera. En definitiva, tanto el histórico de 1936 («A. Herrera, Hist. Gen. de Indias, décad. 3, lib. 1, cap. 9») como Autoridades («HERR. Hist. Ind. Decad. 3. lib. 1. cap. 9. Otro día llegaron tres navíos del Rey, que llaman Cañamíces, a manera de fustas, con las próas doradas») traen la misma cita de la tercera década (libro 1, capítulo 9) de la Historia general de Indias de Herrera, correspondiente a la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas i tierra firme del mar oceano / escrita por Antonio de Herrera coronista mayor de su Md. de las Indias…; en quatro Decadas de Antonio de Herrera y Tordesillas (1559-1625), impresa en 1601 y ¿digitalizada en la Biblioteca Digital Hispánica?

El texto de la primera década se incluye en el CDH: «1601 HERRERA Y TORDESILLAS, ANTONIO DE, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme. Década primera [España] [Ángel de Altolaguirre y Duvale, Madrid, Real Academia de la Historia, 1934-1935] Historia», pero la cita, al localizarse en la tercera, libro 1, capítulo 9 (Herrera & Cuesta Domingo, 1991: tomo II, 247-249): De lo que sucedió a los que buscaban la especiería y que desampararon a Juan Serrano y que llegaron a Borney (1521), no se recupera, por tanto, del corpus académico: «Otro día llegaron tres navíos del Rey, que llaman cañamices, a manera de fustas, con las próas doradas como cabezas de sierpes, para saber qué navíos eran aquéllos, y qué querían» (Herrera & Cuesta Domingo, 1991: II, 248). No obstante, esa misma forma del plural se documenta dos veces en el CDH:

  1. «El dia 9 fueron á las naos tres navios del Rey de Borneo, que les llaman Cañamices, y eran como fustas con proas doradas de figura de cabezas de sierpes»
  2. « y creyeron que eran de mercancías que querían entrar en la ciudad; pero en breve descubrieron mas de ciento y cincuenta cañamices que de dentro iban á las naos, por lo cual se levaron estas con mucha priesa y dieron la vela»

Ambas citas en “1837 FERNÁNDEZ DE NAVARRETE, MARTÍN, Viajes al Maluco de Hernando de Magallanes [España] [Madrid, Imprenta Nacional, 1837] Turismo”, muy posiblemente tomadas de la Historia de Antonio de Herrera y Tordesillas. El encuentro con las naves del rey de Borneo se narra asimismo en la Relación de Pigafetta. La primera cita de Fernández de Navarrete y la de Antonio de Herrera que recogen los diccionarios corresponde a la página 112 en la edición italiana (1800) de la relación de Pigafetta preparada por Amoretti: «Nel giorno seguente il Re di quell’isola mandò alle navi un prao molto bello con prora e poppa fregiate d’oro», a su vez trasladada al francés en la página 138 de la traducción publicada en 1801: «Le jour suivant, le roi envoya aux vaisseaux une assez belle pirogue dont la proue et la poupe étoient ornées d’or». El prao del italiano corresponde con el parao del DME: «s . m . A. N. Segun los diccionarios tenidos a la vista , barco pequeño de las mares de la China é Indias orientales, bastante parecido al junco en su aparejo, con alguna corta diferencia . = Fr. Parao. = Ing . Parao. = It . Parao», mientras que pirogue equivaldría al castellano piragua (DHLE: s. v. piragua).

4.4. carcoa

Tampoco hay ejemplos en el CDH de la forma carcoa, con entradas en Autoridades 1726, las dos primeras ediciones del DRAE (1780, 1783), Terreros (1786), Salvá (1846), Gaspar y Roig (1853), Domínguez (1853 y 1869, suplemento) y Zerolo (1895), hasta el DHLE (1936). En esta entrada, la cita de Autoridades («ARGENS. Maluc. lib. 1. fol. 6. Havían mirado el naufragio y remando en una carcóa llegaron con la presa cierta sobre los que apenas estaban libres de él») corresponde a la Conquista de las Islas Malucas (Madrid: Alonso Martin, 1609) de Bartolomé Leonardo de Argensola (1562-1631), que se encuentra digitalizada en la Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico, con la cita en la página 6 del libro primero:

Al tratarse de un hápax y a la vista del contexto, ¿sería una errata del impreso por canoa?

4.5. carda

En el CDH, tras revisar los 211 casos en 111 documentos del sustantivo lematizado carda, no se ha hallado ningún ejemplo que designe una embarcación, sino diversos instrumentos para cardar o desbastar, así como varios usos en germanía. De acuerdo con los datos del NTLLE, el nombre de embarcación pasa de Autoridades (1729) al DRAE (1780, 1783, 1791, 1803, 1817, 1822, 1832, 1837, 1843, 1852, 1869, 1884, 1899, 1914, 1925 —no en el manual de 1927—, 1936 -usual e histórico-, 1939, 1947 —no en el manual de 1950—, 1956, 1970, 1984, 1992, 2001), Terreros (1786), Núñez de Taboada (1825: «ant. Especie de galeota»), Salvá (1846: «ant. Especie de embarcación semejante a la galeota»), Castro y Rossi (1852: «(Ant.) Segun la Academia, barco semejante a la galeota»), Domínguez (1853: «Mar. ant. Especie de embarcación parecida a la galeota»; Suplemento: «Se llamó en la marina antigua una especie de galeota»; Suplemento, 1869: idem), Gaspar y Roig (1853: «Mar. ant.: especie de embarcación parecida a la galeota»), Zerolo (1895), Pagés (1904), Alemany y Bolufer (1917) y Rodríguez Navas (1918). La acepción «5. f. ant. Especie de embarcación semejante a la galeota» ya no se recoge en el DLE (2014, versión electrónica 23.8.1) y todos los repertorios con autoridades desde 1729 hasta 1936, incluidos Zerolo y Pagés, traen la misma cita: «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 33. E dicenles nombres, porque sean conoscidos: assí como caracóes, y bucos, y cardas y tacas, y leños, y halóques, y barcas», como señaló Pedro Álvarez de Miranda que ocurría en el caso de amarrazón: «al prestigio de la Academia —reconocido o no— se añadía en este caso el del aval cervantino, cuya veracidad nadie se molestó en comprobar, y por supuesto el prurito de los lexicógrafos de no ser menos que los demás por lo que a caudal léxico inventariado se refiere» (Álvarez de Miranda, 1984: 140).

4.6. cardita

Algo muy similar ocurre con el diminutivo cardita. El CDH no contiene ningún ejemplo; mientras que el NTLLE registra entradas desde Autoridades (1729) en DRAE (1780: «s. f. d. ant. de carda, especie de embarcación. Navicula», 1783: idem, 1791, 1803, 1817), Terreros (1786: «antic. era una embarcación pequeña, V.»), Salvá (1846: «f. dim. de carda, especie de embarcación»), Domínguez (1853: «s. f. Mol. Género de moluscos de las conchíferas dimiarias, familia de las cardiáceas»; suplemento: s. v. cárdita «Ant. Era una embarcación pequeña»; 1869, suplemento: idem), Gaspar y Roig (1853: «s. f. Zool.: género de moluscos conchíferos…»; 1879, sumplemento: «f. Mol. Género de moluscos de las conchíferas…») y Zerolo, 1895: «—2. Mar. Especie de embarcación antigua. “…a que dicen galeotas é carditas.” (Doctr. de Cab.)». El DHLE1936 trae esa misma autoridad: «Cartegena. Doctr. de Caballeros, lib. 1, tít. 8, ed. 1487, f. 34», como Autoridades: «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 34. A estas llaman galéas grandes y menores, a que dicen galeotas y cardítas».

De hecho, carda y cardita se documentan respectivamente en «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 33. E dicenles nombres, porque sean conoscidos: assí como caracóes, y bucos, y cardas y tacas, y leños, y halóques, y barcas» / «Cartagena, Doctr. de Caballeros, ed. 1487, p. 86» y «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 34. A estas llaman galéas grandes y menores, a que dicen galeotas y cardítas» / «Cartagena, Doctr. de Caballeros, lib. 1, tít. 8, ed. 1487, f. 34». Las citas corresponden al folio XXXIIIv del ejemplar digitalizado en la BDH:

y al XXXIVr:

4.7. trirreme

Por último, en el CDH se encuentran 28 casos de trirreme (lat. trĭ-rēmis «a vessel with three banks of oarsa trireme», Lewis & Short, Perseus Digital Library) en 23 documentos, todos ellos contemporáneos: uno del siglo XIX, 1827, y el resto del XX, entre 1909 y 1995. El NTLLE registra entradas desde Autoridades (1739) en el DRAE (1884, 1899, 1914, 1925, 1927 —manual—, 1936, 1939, 1947, 1950 —manual—, 1956, 1970, 1985 —manual—, 1984, 1989 —manual—, 1992, 2001, 2014), Zerolo (1895, con ejemplo de Pinc.), Toro y Gómez (1901: «m. ant. Mar. Embarcación de tres órdenes de remos»), Alemany y Bolufer (1917), Rodríguez Navas (1918) y Pagés (1931), con el mismo ejemplo que Zerolo de Alonso López Pinciano: «O cuantos embarcó la vana muerte / Este mísero día en su trirreme». Ambos lexicógrafos toman la cita de Autoridades:

TRIRREME. s. m. Embarcacion de tres remos por banda. Es del Latino Trirremis, y tiene poco uso. PINC. Pelay. lib. 6. f. 76.
O quantos embarcó la vana muerte
Este misero dia en su
 trirreme.

Tampoco, por tanto, el latinismo trirreme, puesto en circulación por la Academia en su primer diccionario, resulta un fantasma lexicográfico, aunque su uso solo se difunde en español durante el siglo XX, según el CDH, y desaparace de los diccionarios hasta que se recupera en la duodécima edición del DRAE (1884):

Trirreme
(Del lat. trirēmis.)
m. Mar. Embarcación de tres órdenes de remos, que usaron los antiguos.

<https://edrae1884.uab.cat/edicion/>

  1. Conclusiones e hipótesis

No se equivocaban los académicos, pues, al introducir cañamiz, carcoa, carda y cardita como nombres de embarcaciones en el Diccionario de autoridades. No hay, por tanto, fantasmas léxicos o lexicográficos en nuestro pequeño corpus. Evidentemente, ni Bucentoro ni, quizás, balsilla deberían tampoco aparecer como nombres de embarcaciones genéricos o comunes en el diccionario usual; la única excepción posiblemente sería trirreme, por su condición de historicismo.

Esperemos que algún día la[s] recoja el tercer intento —electrónico— de diccionario histórico académico. Pero nada más» (Álvarez de Miranda, 2023: 23). Quizás, eso sí, nos encontremos ante algunas “palabras de diccionario”, como gañil, que no es «una palabra fantasma en español, pues no podría demostrarlo de modo categórico. Pero sí, ante la penuria documental, que estamos ante un caso típico de “palabra de diccionario”, de voz a la que difícilmente alcanza a insuflar vida su reiterada inclusión en ellos (Álvarez de Miranda, 2007: 108).

Las conclusiones en su conjunto se alinean con uno de los objetivos secundarios del DHLE: la elaboración de taxonomías, «que se van construyendo a medida que se elaboran los diferentes artículos» (Campos Souto, 2020: 296) para ir formando una ontología general, denominada DHistOntology (Molina Sangüesa, 2023: 229; Molina Sangüesa, 2022: passim), que dará lugar al tesauro histórico de la lengua española. Esta comunicación pretende contribuir a esa tarea mediante la cuantificación ede hiperónimos e hipónimos a partir del análisis de un clasificador semántico y las voces con él relacionadas en el Diccionario de autoridades (1726-1739). Además, aún quedaría analizar los otros hiperónimos en profundidad para completar este tramo de la ontología del vocabulario histórico del español, lo cual podría arrojar luz sobre las fuentes especializadas empleadas por los académicos para la elaboración del diccionario académico (véase Freixas Alás, 2010: 374; Arribas González, 2024).

Bibliografía

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Molina Sangüesa, Itziar (2022). «Lexicografía y humanidades digitales: a propósito de una ontología aplicada a la redacción de diccionarios históricos». En Yeray González Plasencia & Itziar Molina Sangüesa: Enfoques actuales en investigación filológica. Peter Lang, págs. 423-436.

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Corpus y diccionarios en línea

CDH = Real Academia Española (2013): Corpus del Diccionario histórico de la lengua española. Fecha de consulta: 30/5/2026.

DHLE = Real Academia Española (2013- ): Diccionario histórico de la lengua española (DHLE). Fecha de consulta: 30/5/2026.

DLE = Real Academia Española (2014): Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., Madrid, Espasa. Fecha de consulta: 30/5/2026.

DME = vid. O’Scanlan, Timoteo et al. (1831).

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NTLLE = Real Academia española: Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española. Fecha de consulta: 30/5/2026.

Perseus Digital Library = Perseus 4.0, Perseus Hopper. Fecha de consulta: 30/5/2026.

TDHLE = Real Academia Española (2021): Tesoro de los diccionarios históricos de la lengua española. Fecha de consulta: 30/5/2026.


[1] «Cuando la palabra, acepción o forma ortográfica no aparece en el DRAE, lo indicamos mediante el símbolo (*) colocado a continuación de aquella» (2011: 36).

Americanismos incontables y arabismos colectivos

XIII Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española

Asociación de Historia de la Lengua Española (AHLE)

Universidad de Zúrich, del 1 al 4 de julio de 2024

Americanismos incontables y arabismos colectivos en los atlas lingüísticos españoles: aproximación a la historia de los nombres del maíz y de la mazorca en las variedades rurales peninsulares del siglo XX*

Soraya Almansa – J. R. Carriazo

CORPAT-PEPLES

Comunicación

Sección III. Lexicología, lexicografía y semántica históricas.

Sala: RAA E 27. Lunes 1 de julio de 2024, 16:15-16:45 h

José Ramón Carriazo Ruiz, UNED, carriazo@flog.uned.es

Senda del Rey 7, 703 (28040-Madrid), 91398-8344

 

  1. Introducción

En esta comunicación presentaremos la historia de los nombres del maíz, sustantivos incontables o de masa generalmente, y de la mazorca, holónimo natural, en los atlas etnográficos y lingüísticos confeccionados bajo la dirección de Manuel Alvar en la segunda mitad del siglo pasado. Las designaciones del cereal americano y de su fruto o espiga, plantados en amplias zonas de la península ibérica antes de la realización de las encuestas dialectales del ALPI y de los atlas regionales posteriores, aunque «moderno en Europa» (Alvar 1991[1], García Mouton 1986, Garcés 1989, Orea Alfaro 2000, Torres Montes 2022), muestran una heterogeneidad denominativa que contrasta paradójicamente con su uniformidad en la clasificación semántica de los nombres como sustantivos de masa o continuos y holónimos naturales, respectivamente. Para alcanzar los objetivos propuestos, cotejaremos los mapas y las encuestas correspondientes a los conceptos ‘maíz’ (ALEA: lámina 98, mapa 102; ALEANR: lámina 121, mapa 105; ALECant: lámina 98, mapa 193; [ALCyL: mapa 287]; ALECMAN mapa 222) y ‘mazorca’ (ALEA: lámina 104, mapa 108; ALEICan: lámina 42, mapa 41; ALEANR: lámina 125, mapa 109; ALECant: lámina 98, mapa 193; [ALCyL: mapa 289]; ALECMAN: mapa 225), como representativos de los sustantivos de masa o continuos y holónimos contables. Completaremos la indagación con estudios dialectales (Penny 1969), diccionarios etimológicos (DECH), lexicografía diferencial (García Lomas 1966 [1999], Peña Arce 2023) y corpus textuales (CDH, CORPAT, GEOLEXI), para tratar de datar los cambios semánticos con sus consecuencias (homonimias, polisemias, onomasiologías) y la reasignación de los nuevos referentes a las formas antiguas, el préstamo y la transferencia de significados.

 

  1. Americanismos en los atlas lingüísticos españoles (y arabismos en los diccionarios del español de América). Marco teórico y estado de la cuestión

La reconstrucción histórica de las variedades regionales del español peninsular debe tomar en cuenta las encuestas y atlas dialectales como una fuente de datos geolocalizados complementarios del registro lexicográfico y de los corpus textuales para la investigación en semántica histórica (Dalbera 2006, Meurman-Solin 2014). La presencia en los atlas regionales de lexemas como arveja, chícharo, frijol, jalar, maíz…, descritos en la lexicografía como americanismos, lleva a replantear no solo este concepto, sino toda una serie de categorías lexicológicas como dialectalismo, regionalismo y vulgarismo desde un punto de vista histórico, lexicográfico y sociolingüístico. Junto al concepto de geosinónimo, tal como lo ha planteado en los últimos años la sociolingüística cognitiva (Moreno Fernández 2012, Caravedo 2014), la distinción entre clases de sustantivos contables o incontables –y colectivos u holónimos– ha resultado muy significativa en nuestro conocimiento histórico de la lengua española y de sus variedades (Villar Díaz 2004, Fernández-Ordoñez 2019), pues pone a prueba la arbitrariedad del signo lingüístico desde perspectivas etnolingüísticas y sociocognitivas (Wierzbicka 1985).

 

  1. Metodología: nombres del maíz y de la mazorca en los atlas lingüísticos

En casi todos los atlas encontramos mapas separados para el maíz, la planta o la flor, y para la mazorca, a excepción del ALECant (donde ambos conceptos comparten el mismo mapa y lámina) y del ALEICan, que trae solamente el segundo —mazorca de maíz—; además, casi todos recogen las denominaciones de las partes de esta: barba de la mazorca (ALEA: lámina 100, mapa 104; ALEICan: lámina 44, mapa 43; ALEANR: lámina 123, mapa 107; ALECant: lámina 99, mapa 195; ALECMAN: mapa 221), farfolla u hojas de la mazorca (ALEA: lámina 101, mapa 105; ALEICan: lámina 45, mapa 44; ALEANR: lámina 124, mapa 108; ALECMAN mapa 222), carozo o corazón de la mazorca (ALEA: lámina 103, mapa 107; ALEICan: lámina 47, mapa 46; ALEANR: lámina 127, mapa 11; ALECant: lámina 100, mapa 198; ALECMAN: mapa 225), así como otros conceptos y actividades relacionadas con el cultivo y el consumo del maíz: flor del maíz, mazorca desmedrada, deshojar la mazorca, haz en forma de cogollo de puntas del tallo del maíz, caña del maíz sin mazorca empleada para alimentar al ganado y sitio para guardar el maíz (Lingüístico-Etnográfico) en el ALECant, por ejemplo. Finalmente, no hemos incluido en este estudio el ALCyL, aunque lo hemos compensado con otras fuentes de datos geolectales, como el ALECMAN. Listamos a continuación los nombres recogidos en cada uno de los atlas utilizados en esta primera aproximación para el maíz (la planta, el fruto y el grano o semilla) y la mazorca (el fruto maduro compuesto por hojas o farfolla, un corazón duro o carozo, las barbas y los granos o semillas).

2.1. Los nombres del maíz

Resulta muy significativo que, en varios atlas se documenten en el mismo mapa que los nombres de la planta y semilla o grano, denominaciones correspondientes a otros conceptos como mazorca (ALECant) o avena, cebada y centeno (ALEANR). La forma maíz se extiende desde Cantabria hasta Andalucía, La Rioja y Navarra, mientras que panizo es forma aragonesa, presente asimismo en Andalucía, Cantabria —además de pajín, pajón y panojo (-a)— y Castilla-La Mancha —junto a adaza (CU 206, 405, 406, 407, 408, 409), araza (CU 405), copa, corona, escobilla, espiga, espigón, flor, flores o flor del trigo maíz (GU 111), mazorca (CR 102, 103, 510), palomicas (GU 318) y panoza (GU 112). Veamos la distribución en los territorios cartografiados.

En el ALEA (lámina 98, mapa 102), encontramos maíz y panizo con distintas variantes fonéticas que no vamos a repasar aquí (cfr. Alvar 1991 [1966], García Mouton 1986).

En el ALEANR (lámina 121, mapa 105), se registra maíz en La Rioja y Navarra, frente a panizo por todo Aragón, con algunos puntos de milloca en el norte de Huesca y araza/adaza en el sur de Teruel (cfr. García Mouton 1986: 125-126, 128; Garcés 1989: 101, 107).

En el ALECant (lámina 98, mapa 193: planta de maíz), junto a maíz aparecen planta de maíz y maíz forrajero, más los nombres pajín, pajón, panizo y panojo (-a), sin un aparente patrón de distribución en el territorio cartografiado. Tanto Penny (1969) como Peña Arce (2023) recogen borona para nombrar la planta, el grano y la harina de maíz entre los pasiegos, si bien el profesor británico señala que el cultivo se había abandonado en San Roque de Riomiera y San Pedro del Romeral y era residual en Selaya a finales de los años sesenta del siglo pasado. Según Pilar García Mouton (1986: 131), borona «se documenta en Asturias: es la única respuesta en O 360 y segunda respuesta, tras maíz [sic], en O 500. Fuera de Oviedo, solo un punto del Norte [sic] de Burgos (Bu 202) contesta borona en segundo lugar, y otro en Santander (S 402) alterna esta respuesta con maíz. […] Aunque borona aparezca en estos puntos del norte como sinónimo de maíz, en general designa al ‘pan de maíz’ en Asturias y en Santander».

Por último, en el ALECMAN —mapa 221: maíz (flor del maíz)— se observan maíz y sus variantes al occidente y panizo con las suyas en oriente, además de adaza (CU 206, 405, 406, 407, 408, 409), araza (CU 405), copa, corona, escobilla, espiga, espigón, flor, flores o flor del trigo maíz (GU 111), mazorca (CR 102, 103, 510), palomicas (GU 318) y panoza (GU 112). La variedad denominativa se completa con algunos datos relevantes, como que «hay machos y hembras» (TO 312), que se llama espiga de la India (TO 608) o maíz de roseta (y «Hay muy poco», en CR 611), que el panizo y el maíz son diferentes (CR 310), o que el panizo es de «grano pequeño» y el maíz de «grano gordo» (CR 605).

2.2. Los nombres de la mazorca

En el ALEA (lámina 104, mapa 108), se documentan distintas variantes de carozo, espiga, mazaroca, mazorca, paniza, panocha, penocha y piña.

En el ALEICan (lámina 42, mapa 41), mazorca y piña se distribuyen por las islas mayores y El Hierro, mientras que en La Gomera y Lanzarote solo se encuentra la segunda y en La Graciosa no se documenta ninguna denominación.

En el ALEANR (lámina 125, mapa 109), se documentan cabeza (en Navarra, junto a koskorro, koskolla y koskotja), espiga (en La Rioja alta), mazorca (Lo 302, Na 200, Na 201), panizo (Teruel), panoja (sur de Teruel), panolla (oriente de Teruel, Zaragoza y Huesca), panosa (Lo 603), penosa (Hu 110), pinosa (Rioja baja, rivera de Navarra, Pirineo navarro, Huesca, norte de Zaragoza), piña (Lo 305, Lo 502, occidente de Zaragoza y de Teruel), además de artoburu en el norte de Navarra (Na 100, 101, 102) (cfr. Garcés 1989: 104).

En el ALECant (lámina 98, mapa 193: planta de maíz) se incluyen las respuestas sobre la mazorca: «Panoja es, con mucho, la voz más difundida; hubo unas pocas excepciones: espiga en S 207, 210 y 512 (alterna con panoja), mazorca en S 100 y 401 (en ambos sitios coexiste con panoja), panojo (S 208, 400)».

Finalmente, en el ALECMAN (mapa 2209 encontramos espiga y mazorca en el occidente, frente a panoja, panojo, panosa y piña, al oriente.

En resumen, cabeza (en Navarra, junto a artoburu, koskorro, koskolla y koskotja), carozo, espiga, mazaroca, mazorca, paniza, panizo (Teruel), panocha, panoja (sur de Teruel), panolla (oriente de Teruel, Zaragoza y Huesca), panosa (Lo603), penocha, penosa (Hu110), pinosa y piña se reparten el territorio cartografiado en los mapas consultados.

 

  1. Resultados y discusión

Por un lado, tenemos sustantivos polisémicos que combinan sentidos contables (planta, flor) e incontables (grano o semilla), frente a merónimos y holónimos que designan el fruto, una parte de la planta —la más relevante cultural y socialmente— compuesta a su vez por partes más pequeñas —las hojas, las barbas, el carozo o corazón y, de nuevo, los granos. Para el primero, junto al americanismo «MAÍZ, tomado de mahís, nombre que le daban los taínos de la isla de Haití» (DECH, s.v), general en la península —presente en todos los atlas—, encontramos, con sus variantes: panizo: «del lat. tardío PANĪCĬUM íd., derivado de su sinónimo el lat. cl. PANĪCUM»; mientras que, para el fruto, se alternan en todos los atlas este latinismo, el controvertido mazorca —«el origen romance de mazorca choca con serias dificultades» (DECH, s. v.), panoja —«del lat. vg. PANŬCŬLA ‘cabellera de una mazorca’, ‘mazorca’, lat. cl. PANĬCŬLA íd., diminutivo de PANUS ‘mazorca de hilo’, ‘panoja’» (DECH, s. v.)— y piña —«Piña [J. Ruiz], del lat. PINĔA íd. (conservado en iberorromance, oc. y dial. it.); acs. secundarias: ‘ananá’ [1519, Friederici, Am. Wb.] (estar en la piña, o metido en la piña ‘en situación difícil’ cub., Ca., 209, por lo punzante de las hojas del piñal); ‘mazorca del maíz’ albac. (RFE XXVI, 318); ‘puñetazo’ cub. (o piñazo: Ca., 184; cat. pinya íd.)» (DECH, s. v. pino). Asimismo se registran metonimias y sinécdoques clásicas (carozo, maíz o panizo para la panoja), metáforas o símiles (cabeza, espiga, artoburu, koskorro), además del americanismo general (maíz), los patrimoniales colectivos y derivados de pan (mazorca, panizo, panoja, panosa, penosa, pinosa y piña). Los merónimos carozo —«‘hueso de fruta’, salm., extrem., rioplat., ‘fruto de una clase de palmera, encerrado en una corteza muy dura’, ecuat., col., venez., centroamer., antill., ‘centro o medula de la panoja del maíz’ ast. occid., gall., del lat. vg. CARŬDIUM y éste del gr. καρύdιον ‘avellana’, ‘nuez pequeña’, diminutivo de κάρυον ‘nuez’, ‘almendra’» (DECH, s. v.)— y farfolla —«and., albac., ‘envoltura de las panojas del maíz, mijo y panizo’, en Murcia y Este de Andalucía perfolla y pellorfa, en Aragón barfolla íd. y ‘hollejo de la uva y de las legumbres’, en catalán pellofa y pellorfa ‘hollejo’, oc. perlofo, peloufo, probablemente derivados de PELLIS ‘piel’, con sufijo -ofa; en castellano, donde ha de ser catalanismo o mozarabismo, de pellorfa o de *perllofa se pasó a perfolla y farfolla» (DECH, s. v.)— completan el campo semántico del que nos ocupamos aquí.

En conclusión, dejando aparte la abundancia de sentidos figurados de los más variados pelajes y los sufijos inusitados como -ocha, -ofa, –oja…, podemos establecer las siguientes sinonimias:

Planta ‘grano’ (sust. incontable) ‘fruto’ (holónimo) partes (merónimos)
adaza

maíz

[millo]

[milloca]

panizo

adaza

maíz

[millo]

[milloca]

panizo

[artoburu]

cabeza

espiga

[koskorro]

maíz

mazorca

panizo

panoja

[panolla]

panosa

penosa

pinosa

piña

carozo

farfolla

En los nombres peninsulares o europeos del maíz y de la mazorca, como en los de las legumbres, los de otros fitónimos o dendrónimos usuales en la vida cotidiana de las comunidades de habla hispánica, o en los del ganado y los de los animales domésticos, menudean las etimologías problemáticas, de origen prerromano, exótico o incierto (Fernández Ordóñez 2016, Carriazo Ruiz 2023, Carriazo Ruiz en prensa). Las metáforas, metonimias, desarrollos morfológicos y símiles son transparentes, así como los vasquismos, de modo que los términos más interesantes históricamente de las sinonimias expuestas son los préstamos: el tainismo maíz (que falta en GEOLEXI y es la voz general), el arabismo mazorca o maçaroca, el helenismo latino carozo y el mozarabismo o catalanismo farfolla. Sobre el primero, véase Carriazo Ruiz (2014: 149-153). Tras el arabismo mazorca se esconde una historia apasionante que así nos cuenta Federico Corriente (1999: s. v. maçaroca):

maçaroca (pt.), mazorca (cs.) y mazaroca o mazorga (gl., segunda var. también leo.) ‘porción hilada del huso’, mazaroca (ext. y sal.) y mazorga (leo.) ‘mazorca’ y ‘carozo de mazorca’ (anl.) y mazaroca de millo ‘mazorca de maíz’ (can.): del and. mas/ṣúrqa o ma/uṣrúqa, hibridación del neoár. masūrah ‘tubo’ < neop. masure, con el sufijo rom. adjetivo {+ika} con el sentido primero de ‘(hilo) de tubo’, o sea, enrollado en el canuto1 [1 Según explicábamos en Corriente 1985: 142.]. Del mismo origen son el leo. (a)mazorga o mazorca ‘espadaña’ y el nav. mazarota ‘ racomo de cerezas’, var. fonética, por metanálisis y sustitución de sufijo, ambos con evolución semántica. Der. intrarrom. pt.: amaçarocar.

Veamos ahora, antes de pasar a las conclusiones, las ocurrencias de maíz, panizo, mazorca y panoja en el CDH para cuantificar su extensión.

maíz

panizo


mazorca

panoja

 

  1. Conclusiones y trabajo futuro

Es evidente que las formas panhispánicas son el arabismo mazorca y el tainismo maíz, mientras que panoja y panizo son españolismos. A partir de estas evidencias cuantitativas, podemos concluir que la historia de los nombres del maíz y de la mazorca es una de intercambios denominativos y de cosas: un claro ejemplo de la reconstrucción arqueológica o arqueología del sentido, de la que habla Jean-Philippe Dalbera (archéologie du sens) siguiendo a Michel Foucault. La historia del léxico es la historia de la cultura y la de las comunidades de hablantes, incluidos sus medios de vida y producciones agropecuarias, donde se cifra la continuidad colectiva más allá de los límites en la existencia de los individuos.

Bibliografía

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ALEICan = Manuel Alvar (1975-1978): Atlas lingüístico y etnográfico de las Islas Canarias. Las Palmas de Gran Canaria: Publicaciones del Excmo. Cabildo Insular.

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Caravedo, Rocío (2014): Percepción y variación lingüística. Enfoque sociocognitivo, Madrid/Frankfurt, Iberoamericana/Vervuert.

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Dalbera, Jean-Philippe (2006): Des dialectes au langage. Une archéologie du sens, París, Honoré Champion.

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Moreno Fernández, Francisco (2012): Sociolingüística cognitiva, Madrid-Frankfurt, Iberoamericana/Vervuert.

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Penny, Ralph J. (1969 [D. L. 1970]): El habla pasiega: ensayo de dialectología montañes, London, Tamesis Books Limited.

Peña Arce, Jaime (2023): Tesoro léxico del español de Cantabria, Jaén, Universidad de Jaén-UJA editorial.

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Villar Díaz, María Belén (2004): Una nueva perspectiva en el análisis de la meronimia. Tesis doctoral. Universidad de Salamanca (CD-rom).

Wierzbicka, A. (1985): “«Oats» and «wheat». The fallacy of arbitrariness”, en J. Haiman, ed., Iconicity in Syntax, Ámsterdam, John Benjamins, pp. 311-342.

* Este trabajo se inserta en los resultados de los proyectos Corpus de los Atlas Lingüísticos (CORPAT) (<http://corpat.es/>), coordinado por la profesora Carolina Julià Luna, Departamento de Lengua española y Lingüística general (UNED) y Grup de Lexicografia i Diacronia (UAB) – 2017SGR-1251, y CORPAT: lengua oral y cambio lingüístico en los atlas españoles» (CORPAT – LOCALEs) (PID2022-136628NB-I00), financiado por MCIN/AEI/10.13039/501100011033 / FEDER, UE.

[1] Página 261. «En Galicia, donde su arraigo es extraordinario, se introdujo a comienzos del siglo xvii, gracias a los cuidados de don Gonzalo Méndez de Cancio, gobernador de la Florida (cfr. F. Bouza Brey, Noticias históricas sobre la introducción del maíz en Galicia. BRAH, CXXXII, 1935)» (nota 3). «Desde el punto de vista léxico, las designaciones del maíz no presentan otra diferencia con respecto a la lengua oficial que la de panizo. Denominación que, apoyada en la dialectología oriental (murciano-aragonesa), goza de absoluta vitalidad en el poniente del dominio» (262). «Las designaciones de la mazorca […] señalan dos areas clarísimas: una Andalucía oriental, con el murcianismo panocha (de origen mozárabe […]) y otra Andalucía central y occidental con la voz mazorca y términos con ella emparentados […]. El término piña está menos extendido y en frecuente coexistencia con los otros dos» (266). «La consideración de los cinco mapas anteriores nos ha venido a plantear —desde su enorme limitación— algunos problemas de interés. En primer lugar, hachos de biología lingüística, como saber qué recursos emplea la lengua cuando tiene necesidad de designar con viejas “palabras” a las nuevas “cosas”. En segundo, salvar restos muy antiguos de vocabulario que se denuncian por una evolución fonética totalmente anquilosada y asegurar el étimo —la verdad— de alguna voz. En tercero, conocer la marcha de la historia a través del espejo de su vocabulario. Y, por último, inferir alguna consecuencia sobre el cultivo del cereal en Andalucía» (268). «Los mapas señalan con gran nitidez la existencia de un área oriental (panizo […], panocha) y otra centro-occidental (maíz […], mazorca)» (269). «Todo esto, sin embargo, silencia un hecho importante. El maíz ha sido traído a Andalucía. Este fragmento de nuestra historia económica también pued eiluminarse desde la distribución geográfica de las palabras. […]: el maíz no se cultivaba —o carecía de interés su cultivo— en pueblos andaluces que hoy lo hacen crecer, incluso en campos de secano. Esas formas “eruptivas” del léxico han sido traídas por hombres que no han necesitado ganar las tierras intermedias: gentes del occidente peninsular que migraron en busca de nuevos asentamientos, según nos permite reconocer la lingüística (marojo, carozo, mazorca)» (270-271).

¿Anglicismos o préstamos del pichinglis? I Jornada Latinoamericana de Lexicografía

Esta tarde, en unos minutos en realidad, empieza la I Jornada Latinoamericana de Lexicografía, que se organiza desde Colombia, Paraguay y Venezuela y se celebrará en línea a través de Zoom. Las organizadoras han tenido la inmensa amabilidad de invitarme a impartir una de las conferencias, que tendrá lugar a las 21:30 h (UTC+2), las dos y media de la tarde en Colombia, las 15:30 en Paraguay y Venezuela. Mi intervención, la quinta conferencia del evento, lleva por título: “¿Anglicismos o préstamos del pichinglis? Guineanismos y americanismos en el dialecto inglés-africano o Broken-English de la colonia española del Golfo de Guinea (1938) del R. P. Mariano Zarco” y aquí me propongo resumirla y poner a disposición de los asistentes los materiales que voy a utilizar.

Al padre Mariano Zarco y a su Dialecto inglés-africano o, Broken-English de la colonia española del Golfo de Guinea (1938, 2. ed. Turnhout, Bélgica: Impr. H. Proost; hay dos ejemplares en la Biblioteca Nacional de España) les debemos las informaciones etimológicas sobre los préstamos del pichi o pidgin-english y los anglicismos compartidos entre el español de América y la lengua franca del golfo de Guinea.  Repasaremos en esta entrada la historia de los étimos de algunos de esos préstamos en el vocabulario del padre Zarco, que completaremos con la información en los diccionarios de americanismos y en los corpus históricos del español.

Zarco: portada

  • Introducción breve: Antes de la ocupación española de Port Clarence, posterior Santa Isabel y actual Malabo, la soberanía en los territorios de la actual República de Guinea Ecuatorial fue disputada. La hispanización empezó a desarrollarse en Fernando Poo (actual Bioko) tras la restauración monárquica que siguió a la revolución de 1868-1874 y solo mucho más tarde, a principios del siglo XX y después de la Primera Guerra Mundial, en el territorio continental de Río Muni y las islas adyacentes.
  • Objetivos: Para el estudio del léxico específico del español empleado a finales de la centuria pasada en esos enclaves, partiremos del vocabulario recogido mediante encuestas y entrevistas realizadas entre 1981 y 1993 en Guinea Ecuatorial por Antonio Quilis y Celia Casado Fresnillo (1995). De las más de 1855 unidades léxicas reunidas por esos autores, se han seleccionado 30 anglicismos o préstamos del pidgin-english (barman, batamán, boy, chuku-chuku bif, chuku-chuku fis, clote, contrimán, contrití, crafis, cuík, estok, finis, grombif, grompí, guachi/guachimán, masa, misis, moni, motoboy, muf, nati, palabra, pepe, picú, pichi, pichinglis, planin, potopoto, rembur/rembut y sobar).
  • Metodología: Las informaciones etimológicas sobre los préstamos del pichi o pidgin-english y los anglicismos compartidos con el español de América, se las debemos al R. P. Mariano Zarco y su Dialecto inglés-africano o, Broken-English de la colonia española del Golfo de Guinea (1938, 2. ed. Turnhout, Bélgica: Impr. H. Proost). Repasaremos la historia de los étimos de esos préstamos en el vocabulario del padre Zarco y completaremos la información sobre los otros préstamos en los diccionarios de americanismos y en los corpus históricos del español.

 

Marciano Zarco (1938): página 5Mariano Zarco (1938): 6

«Hay incluso numerosos ejemplos de misioneros, y otros colonialistas, que elaboraron diccionarios bilingües entre las lenguas de las potencias coloniales europeas y las distintas lenguas indígenas. Aunque el objetivo era cristianizar y mantener el dominio sobre los pueblos indígenas, destruyendo al mismo tiempo sus culturas autóctonas para acabar con su resistencia, estos diccionarios tienen en muchos casos el mérito de ser los primeros en registrar y describir las lenguas indígenas. Esta es una de las muchas paradojas de la historia, de la que también formaron parte varios misioneros y colonialistas españoles, sobre todo en América Latina [sic], como se explicará más detalladamente en el Capítulo 6» (Antoni Nomdedeu-Rull y Sven Tarp: Introducción a la lexicografía en español. Funciones y aplicaciones. Routledge, 2024, p. 14).

«Un problema muy importante de la lexicografía hispánica consiste en la inveterada tradición de considerar que el DLE y los diccionarios que refunden y, en cierta manera, reelaboran sus datos constituyen el “estándar” de la lengua española […] Hasta ahora el estándar académico, claramente normativo, trata la enorme riqueza léxica del español contemporáneo de dos maneras: por un lado, a partir de la información seleccionada, no necesariamente descriptiva, que envían a España las academias correspondientes, va incorporando lentamente algunos vocablos al DLE; por el otro, el resto, que constituye la enorme mayoría, lo destina al Diccionario de americanismos (2010), en adelante DA (queda por considerar el español de Guinea Ecuatorial). El resultado es una idea sesgada del vocabulario que subyuga los usos no peninsulares bajo el estándar académico. a la vez, el diccionario de americanismos reduce la definición de cada vocablo a mera glosa poca informativa» (Luis Fernando Lara: «La descripción de la lengua en los diccionarios», en Lexicografía hispánica. The Routledge Handbook of Spanish Lexicography. Ed. Sergi Torner, Paz Battaner e Irene Renau, 2024, pp. 11-21; la cita en p. 17).

Anglicismos o préstamos del pidgin-english en el DLE y en los diccionarios de americanismos

  • barman

Santiesteban, A. (1997) [cu – Cb ] El habla popular cubana de hoy. Editorial de Ciencias Sociales

Morales, A. (2001) [pr – Cb ] Anglicismos puertorriqueños. Plaza Mayor

Alario di Filippo, M. (1983) [co – An ] Lexicón de colombianismos. Banco de la República. Biblioteca Luis-Ángel Arango

Núnez, R.; Pérez, F. J. (1994) [ve – An ] Diccionario del habla actual de Venezuela. Venezolanismos, voces indígenas, nuevas acepciones. Universidad Católica Andrés Bello

Tejera, M. J. (1993) [ve – An ] Diccionario de venezolanismos. Universidad Central de Venezuela. Academia Venezolana de la Lengua. Fundación Edmundo y Hilde Schnoegass

Morales Pettorino, F. (dir.) (1984) [cl – Ch ] Diccionario ejemplificado de chilenismos y otros usos diferenciados del español de Chile. A-Caz. T. I. Academia Superior de Ciencias Pedagógicas de Valparaíso

Guarnieri, J. C. (1979) [uy – RP ] Diccionario del lenguaje rioplatense. Ediciones de la Banda Oriental

  • DLE

Del ingl. barman.

  1. m. y f. Persona encargada de servir o preparar bebidas en la barra de un bar, especialmente si es experta en cócteles y otras combinaciones alcohólicas.

boy/2 [N] (Del ingl. boy, ‘muchacho’) m. fig. fam. Seguidor o subordinado inmediato de un líder o jefe: “J.H. era el boy más destacado del equipo financiero”. U.m. en pl.: “Viene N.J., jefe de la Policía Técnica, y sus boys a investigar crímenes de la V Región”. Suele usarse en pos de denominaciones, al estilo ingl., como en Chicago boys, huachaca boy, etc.

Morales Pettorino, F. (dir.) (1984) [cl – Ch ] Diccionario ejemplificado de chilenismos y otros usos diferenciados del español de Chile. A-Caz. T. I. Academia Superior de Ciencias Pedagógicas de Valparaíso.

  • DLE

Del ingl. boy ‘muchacho’.

  1. m. Bailarín de un espectáculo de variedades.
  2. m. Hombre joven que se dedica a los espectáculos de estriptis.
  3. m. Guin. Criado del servicio doméstico.

Saravia, J. R. (2006) [Mx – hn ] Te conozco, mosco. Diccionario del pensamiento popular hondureño. Agua Regia

Romero, M. (2003) [sv – Mx ] Diccionario de salvadoreñismos. Delgado

Núnez, R.; Pérez, F. J. (1994) [ve – An ] Diccionario del habla actual de Venezuela. Venezolanismos, voces indígenas, nuevas acepciones. Universidad Católica Andrés Bello

Arias de la Cruz, M. A. (1980) [hi – Am ] Diccionario temático. Americanismos. Everest

Casalbé, J. (2002) [Mx – sv ] Puro guanaco. Diccionario de salvadoreñismos. Clásicos Roxsil

– (2006) [cl – Ch ] Diccionario chileno. www.purochile.com/ideas/dicc.php

  • DLE

Del ingl. watchman.

  1. m. y f. Chile. Guardián de barcos.
  2. m. y f. C. Rica, Guat., Guin., Hond., Nic., Pan., Perú y R. Dom. Rondín, vigilante, guardián.
  3. m. y f. El Salv. y Nic. servidor (‖ persona que sirve como criado).
  • DRAE

guachimán/ [N] > [c] // RAE 1984 ha incorporado este anglicismo popular con el significado extenso de ‘rondín, vigilante, guardián’ (Ia acep.), para Ch. Guin., Ec, Méj., Nic, Pan y Per.; RAE 1992 ha hecho otro tanto, con el agregado de C. R. y R. Dom.

  • nati

‘pechos’ Llibre Tello, J. (ed.) (2006) [do – Cb ] Diccionario de dominicanismos.

Zarco (1938): natín

varias acepciones, ninguna relacionada con el africanismo, quizás: “masa. m. fam. A. Amigo íntimo, camarada. // 2. adj. Varonil” (Alario di Filippo, M. (1983) [co – An ] Lexicón de colombianismos. Banco de la República. Biblioteca Luis-Ángel Arango).

Zarco (1938): masta

  • DLE

clote. Del ingl. cloth ‘paño, tela’. 1. m. Vestido de las indígenas de la Guinea Ecuatorial que consiste en una pieza de tela estampada, generalmente de percal, con la que se envuelven el cuerpo.

grombif. Del ingl. ground ‘suelo, tierra’ y beef ‘carne de vacuno’. 1. m. Guin. rata de Gambia.

misis. Del ingl. Mrs., abrev. de mistress ‘señora’, ‘ama’. 1. f. Guin. Mujer blanca. U. t. c. tratamiento de respeto.

picú. Del ingl. pick-up. 1. m. Esp. p. us. tocadiscos.

pichinglis. Deformac. del ingl. pidgin English. 1. m. Ling. Lengua franca de base inglesa.

  • palabra

Varias acepciones y locuciones, ninguna relacionada con el anglicismo africano de palaver (cfr. OED).

  • OED (s. v. palaver )
  1. intransitive. To hold a colloquy or conference; to parley or converse with.

1738 Large Trees..fit only for Shade, and the Negroes to palaver under and drink Palm-Wine. F. Moore, Travels into Inland Africa

1833 He talked and palavered with the President till he finally brought him over. S. Smith, Life & Writings of Major Jack Downing lxviii.

1877 The worthy man, having spent all day in Assouan, visiting, palavering, bargaining, was now going home. A. B. Edwards, Thousand Miles up Nile

1898 Why did the administration leave anything to be palavered over by the Paris Peace Commission? Washington Post 10 October 5/1

1900 I did not turn my head. I heard them palavering together. J. Conrad, Lord Jim x. 133

Discusión y bibliografía

Para el estudio del léxico específico del español empleado durante la administración española en Guinea se ha partido del vocabulario incluido en Quilis y Casado Fresnillo (1995)*, recogido mediante encuestas y entrevistas realizadas entre 1981 y 1993 en Guinea Ecuatorial. De las más de 1855 unidades léxicas reunidas por esos autores, se han seleccionado sesenta y cinco términos por su especificidad ecuatoguineana, agrupados en las siguientes categorías: préstamos de las lenguas autóctonas (balele, fritambo, mininga), guineanismos (antaños, chocolate, hermanito, tumba), voces históricas (castizar, gracia, factor, sobordo), americanismos (aguacate, batata, cacahuete, cacao, chapear, enojarse, guagua, mangle, marimba, parar(se), pelucar(se)/peluquear(se)), filipinismos (abacá, nipa, salacof/salacot), exotismos (harmatán, hausa, pangolín), galicismos (concretizar, gendarmería, haricot, page, reveyar(se), timbre) y anglicismos o préstamos del pidgin-english (barman, batamán, boy, chuku-chuku bif, chuku-chuku fis, clote, contrimán, contrití, crafis, cuík, estok, finis, grombif, grompí, guachi, guachimán, masa, misis, moni, motoboy, muf, nati, palabra, pepe, picú, pichi, pichinglis, planin, potopoto, rembur/rembut y sobar). Quizás los casos más sorprendentes sean estos últimos, los préstamos del pichi o pidgin-english, como nati (< ing. nothing, a través del pidgin natin1), palabra (< ing. palaver ‘desmadre’2) o potopoto (también pototopo) (< ing. putty a través del pidgin potopoto3).

* Quilis, Antonio, y Celia Casado Fresnillo (1995): La lengua española en Guinea Ecuatorial, Madrid: UNED (§ 6.13. Léxico, pp. 347-473).

1 Natin en Zarco (1938): «nada, nadería, futesa».

2 Para el pichi, Zarco (1938), registra como derivados de palaver: a) palabra, con los significados de “enredo, enredar, zafarrancho, cuestión, camorra, riña, reyerta”, y b) plaba: “asunto, cuestión, palabra, pelotera, fechoría”.

3 Zarco (1938) registra la misma forma, haciéndola derivar del ing. putty-putty; da los siguientes significados: «barro, barroso, barrizal, cieno, fango, lodo, lodazal, turbio, pantano, cemento».

Resultados y conclusiones

  • El empleo de estos anglicismos en otras variedades mixtas del español y el inglés en la frontera norte del espacio lingüístico hispanoamericano, en los criollos caribeños y en el español de América, con amplia irradiación a su vez en las comunidades hispanohablantes europeas, nos permitirá distinguir diferentes vías de préstamo a través de los contactos y mezclas del inglés con el español en distintos estratos y entre comunidades asentadas a veces en territorios muy alejados, o desplazadas como mano de obra forzada.
  • La reconstrucción de la historia sociolingüística de estos préstamos africanos tomados del pichinglis en el mundo hispánico nos permitirá, a través de los datos etimológicos contenidos en la obra del R. P. Zarco, conocer mejor, más allá de las polémicas sobre el espanglis estadounidense y su pertinencia en la literatura chicana, los conceptos de panhispanismo, anglicismo y americanismo en el español del siglo pasado.

El documento y el archivo

Según Alessandro Duranti, a los etnógrafos les interesa lo que hace la gente en su vida diaria, qué fabrican y qué usan, quién controla el acceso a los bienes y tecnologías (incluida la comunicación a distancia mediante la escritura); qué sabe la gente, qué piensa, qué siente; cómo se comunican unos con otros, cómo toman las decisiones, cómo clasifican los objetos, los animales, las personas, los fenómenos culturales; cómo organizan la división del trabajo, cómo se gestiona la vida de la familia/el hogar, etc. Esto mismo interesa a los historiadores del vocabulario y de los diccionarios, pues con la lengua se hacen casi todas esas cosas: se organiza la vida de la comunidad, la división del trabajo; se clasifican y se nombran los objetos, se toman decisiones, se comunican unos con otros y cada cual expresa lo que sabe, piensa y siente. Mediante la lengua se controla el acceso a los bienes y tecnologías, se fabrican y crean artefactos que a su vez se nombran, y la lengua sirve para organizar las actividades diarias y extraordinarias de la comunidad, en las que cada individuo participa utilizando la lengua como santo y seña de su identificación como miembro de la comunidad. Ya lo dijo el filósofo: los límites de mi vida son mi lenguaje, y los límites de una comunidad de habla son sus usos lingüísticos. En muchos casos, una sola palabra puede servir de shibboleth: voces cuyo uso resulta indicativo de la pertenencia a la comunidad, de la participación en lo colectivo, del lugar ocupado por el emisor en la estratificación social… En palabras del etnolingüista italiano Gabriele Costa: si pensamos en la cultura como un medio de gestionar la continuidad de la vida del grupo (que no es finito en el tiempo; al menos, no lo es como lo es el individuo), el papel de la comunicación se nos aparecerá súbitamente como fundamental. Como crucial debe entenderse, asimismo, su importancia para la construcción y el mantenimiento de cualquier comunidad y para la gestión de la vida cotidiana de todo individuo identificado como parte de esa comunidad cualquiera. Es decir, la lengua es mediadora entre el sujeto caduco y la perennitud del grupo al que pertenece o con el que se quiere identificar. La lengua no es un componente más de la cultura, sino sencillamente su vehículo principal, y cualquier identidad lingüística puede percibirse como la perfecta vehiculización para una identidad cultural, política y social, o para muchas, como en el caso del español.

El translingüismo propone que un individuo multilingüe es capaz de gestionar su vida cotidiana en muchas comunidades culturales distintas mediante lenguas diferentes (bilingüismo o plurilingüismo individual). Una sociedad también puede ser multilingüe y utilizar distintas lenguas para distintos fines (diglosia, bilingüismo o plurilingüismo social). Todas las culturas europeas han sido plurilingües de algún modo, generalmente peculiar, o de distintos modos en distintos momentos de su historia. La cultura hispánica y las sociedades hispanohablantes, por ejemplo, siempre han contado con el latín para distintos fines a lo largo de su historia (notariales, legales, ceremoniales, litúrgicos, científicos, académicos, según el momento y la circunstancia), mientras que la lengua española no ha dejado de convivir, desde sus orígenes alrededor de 1500, con otros sistemas lingüísticos en algunas comunidades culturales, tanto en Europa como en África, América, Oceanía o Asia. Imagino que en las bases científicas de la Antártica, en las chilenas, en las argentinas y en las españolas al menos, el castellano estará en relación con otras lenguas, seguramente con el inglés al menos. Estas situaciones de contacto translingüístico producidas en comunidades bilingües o plurilingües, con escenarios diglósicos que dependen de factores culturales e históricos en cada sociedad y momento, permeabilizan más o menos las fronteras lingüísticas y permiten, según la época, el préstamo léxico; de la misma forma, los contactos entre áreas culturales posibilitan, en determinadas circunstancias, lo que los antrópologos clásicos denominaron préstamos culturales.

Etnohistoria y documentación

El etnohistoriador del préstamo cultural, por ejemplo, adopta un enfoque y una metodología filológicos para analizar las culturas en el pasado cuando emplea documentos antiguos como fuentes, aunque también puede recurrir al registro arqueológico. De hecho, como explica James Turner, tanto la lingüística como la antropología y el resto de las humanidades del siglo XX hunden sus raíces metodológicas en la filología del XIX, entendida como ciencia histórica de la escritura y de la lectura, es decir descriptiva, comparativa, hermenéutica, analítica y sintética. Una buena definición de la filología es la de Karl Stackmann, quien ve en ella una ciencia que pone a nuestra disposición los textos del pasado y hace posible su comprensión. Diccionarios, gramáticas, historias de la literatura y ediciones ofrecen al gran público una ciencia que es cultural, política, social e histórica a la vez. Las ediciones de textos escritos en una o varias lenguas, las historias de las literaturas nacionales y las de la literatura universal, las gramáticas de una lengua y las gramáticas comparadas, los diccionarios monolingües y plurilingües comparten con el registro arqueológico su ontología de objetos, realizaciones humanas y artificiales, personales o colectivas, que acarrean consigo todo el contexto del momento en que se –y de las personas quienes las– fabricaron. Son, asimismo, realizaciones de la ciencia filológica y encierran, por tanto, un saber lingüístico sobre el pasado que permite analizarlas como fenómenos culturales, realizaciones individuales o colegiadas pero que contienen entidades pertenecientes a la colectividad como identidad cultural y lingüística. Por tanto, documentos, textos literarios, gramáticas y diccionarios pueden estudiarse desde un punto de vista histórico sociocultural. Es de lo que se encargan la etnolexicografía, la sociolingüística histórica y la historiografía lingüística: la relación entre la sociedad y el diccionario y entre la historia sociocultural y la filología entendida como la ciencia encargada de hacer comprensibles los textos del pasado. También son expresiones de una ideología o de una Weltanschauung, de una manera de ver el mundo y de estar en él, reflejo de la posición del autor o autores en la estratificación social y sus conexiones con las redes de poder, como estudian la glotopolítica, la pragmática histórica y la historia social de las lenguas.

Los monumentos de la filología son, precisamente, las ediciones de textos o crestomatías, las historias de la literatura, las gramáticas y los diccionarios. Los diccionarios y las gramáticas históricas construyen realidades que se replican recursivamente por el uso de los hablantes y se toman, a la vez, de ese uso. Los diccionarios etimológicos se encargan de la prehistoria de las palabras y la vida de los significados antes de llegar a la lengua; en estos monumentos, el objetivo es describir las palabras de una lengua antes de que perteneciesen o siquiera existiesen en el vocabulario de esa lengua. Un diccionario crítico y etimológico como el de Joan Coromines y José Antonio Pascual es una ventana al discurso de la historia del vocabulario de la lengua española, un monumento lexicográfico, y es, al tiempo, un texto que contiene un discurso metalingüístico e ideológico, un documento. Como monumento nos permite analizar el fenómeno cultural de la innovación y creación del vocabulario, el préstamo y el contacto intercultural; como documento, contiene un discurso científico, filológico, no exento de ideología y condicionado, como artefacto humano, por las circunstancias socioculturales de su redacción y la Weltanschauung de sus autores. Veremos muchos ejemplos a lo largo de los próximos capítulos.

El archivo y el discurso

La puesta en juego de los conceptos de frontera, de discontinuidad, de ruptura, de umbral, de límite, de serie, de transformación, plantea a todo el análisis histórico no solo cuestiones de procedimiento, sino problemas teóricos. Michel Foucault trata de resolver esos problemas en La arqueología de las cosas.

Hay que inquietarse ante esos cortes (fronteras) o agrupamientos (identidades, comunidades), a los cuales nos hemos acostumbrado hasta aquí en este libro. Esos cortes —ya se trate de los que admitimos, o de los que negamos— son a su vez hechos de discurso y merecen ser analizados al lado de los otros (los agrupamientos o identidades), con los cuales mantienen, indudablemente, relaciones complejas, pero que no son caracteres intrínsecos, autóctonos y universalmente reconocibles. Claro que no es exactamente lo mismo la historia de un concepto o préstamo cultural y la historia de una palabra, aunque se parecen mucho. Dice Foucault que la historia de una idea o de un concepto es «la de sus diversos campos de constitución y de validez, la de sus reglas sucesivas de uso, de los medios teóricos múltiples donde su elaboración se ha realizado y acabado», ¿no es algo muy parecido la historia de una palabra, que también se integra en varios campos de constitución y validez, tiene reglas de uso y fue realizada y acabada con medios teóricos múltiples? Los documentos se transforman en monumentos para el historiador contemporáneo, el análisis de los textos y del discurso se vuelve arqueología o descripción densa del documento y crítica del diccionario: «podría decirse, jugando un poco con las palabras, que, en nuestros días, la historia tiende a la arqueología, a la descripción intrínseca del monumento» (Michel Foucault: La arqueología del saber. Traducción de Aurelio Garzón del Camino. Madrid: Siglo XXI, 2009 [1969], páginas 16-17).

En la primera parte de este libro, acabamos de ver cómo la historia de la teoría antropológica, del pensamiento, de los conocimientos, de la filosofía, de la literatura parece multiplicar las rupturas y buscar todos los erizamientos de la discontinuidad; mientras que la historia propiamente dicha, la historia a secas, parece borrar, en provecho de las estructuras más firmes, la irrupción de las particularidades. Esa historia debe reconstruir, a partir de lo que dicen los documentos —a medias palabras a veces—, el pasado del que emanan y que ahora ha quedado desvanecido muy detrás de ellos. La historia ha cambiado de posición respecto al documento: no se atribuye como tarea primordial interpretarlo, ni tampoco determinar si es veraz y cuál es su valor expresivo, sino trabajarlo desde el interior y elaborarlo. Esto tiene varias consecuencias, según Foucault, que afectan a las fronteras como discontinuidades y a las identidades como agrupamientos: la multiplicación de las rupturas en la historia de las ideas, la reactualización de los períodos largos en la historia propiamente dicha, la centralidad y el protagonismo de la noción de corte en las disciplinas históricas. El tema y la posibilidad de una historia global comienzan a borrarse y se ven esbozarse los lineamientos, muy distintos, de lo que podría llamarse una historia general. La nueva historia encuentra cierto número de problemas metodológicos, muchos de los cuales —es indudable— le eran ampliamente preexistentes, pero cuyo manejo la caracteriza ahora: la constitución de corpus coherentes y homogéneos de documentos (corpus abiertos o cerrados, finitos o indefinidos), el establecimiento de un principio de elección (según se quiera tratar exhaustivamente la masa de documentos o se practique un muestreo en el archivo según métodos de determinación estadística, o bien se intenten fijar de antemano los elementos más representativos del discurso analizado); la definición del nivel de análisis y de los elementos que son para él pertinentes, la especificación de un método analítico; la delimitación de los conjuntos y de los subconjuntos que articulan el material estudiado (regiones, periodos, procesos unitarios); y la determinación de las relaciones que permiten caracterizar un conjunto (puede tratarse de relaciones numéricas o lógicas; de relaciones funcionales, causales, analógicas; puede tratarse de la relación de significante y significado).

En este capítulo final veremos algunos ejemplos de archivos físicos que contienen la historia del vocabulario escrita entre líneas en muchos de sus documentos. Asimismo, seguiremos navegando por los corpus textuales y los diccionarios de lengua española, casi todos en acceso abierto a través de internet. Nos fijaremos en algunos textos, para analizar cómo se construye el vocabulario a partir de la más antigua fecha de documentación de una palabra en el discurso de la lengua, en sus textos. Compararemos este dato del primer testimonio del uso de una voz peregrina con el que aportan los diccionarios históricos y etimológicos, para captar el momento de constitución, en el discurso idiomático, del segmento lingüístico marcado, desde su primera atestiguación, como una palabra, una voz peregrina, un préstamo, un calco, un exotismo, un internacionalismo, un particularismo, etc.

El documento y la literatura: la identidad del autor

Las identidades que hay que mantener en suspenso, según Foucault, son las que se imponen de la manera más inmediata: la del autor, la del libro y la de la obra. La constitución de una obra completa o de un opus supone cierto número de elecciones que no es fácil justificar ni aun formular: ¿basta agregar a los textos publicados por el autor aquellos otros que proyectaba imprimir y que no han quedado inconclusos sino por el hecho de su muerte? ¿Habrá que incorporar también todo borrador, proyecto previo, correcciones y tachaduras de los libros? ¿Habrá que agregar los esbozos abandonados? ¿Y qué consideración atribuir a las cartas, a las notas, a las conversaciones referidas, a las frases transcritas por los oyentes; en una palabra, a ese inmenso bullir de rastros verbales que un individuo deja en torno a él en el momento de morir y que, en su entrecruzamiento indefinido, hablan tantos lenguajes diferentes? La obra no puede considerarse ni como unidad inmediata, ni como una unidad cierta, ni como una unidad homogénea. Cuando trabajé, de joven e inexperto doctor, en la edición de las Obras completas de José Ortega y Gasset, tuvimos que afrontar toda esa serie de preguntas, en interminables sesiones de trabajo, que por suerte solían acaban con unas cañas por Chamberí. También es cierto que tuvimos que afrontar otros problemas crematísticos, legales, de salud y hasta el 11-M, lo que convertía ciertas cuestiones filosóficas en la batería de problemas más agradables y tratables con la que tuvimos que lidiar.

Veamos un ejemplo de la relación entre archivo y documento a la hora de construir la obra y la biografía de un escritor cualquiera, tomemos uno completo pero de segunda fila, y un texto inédito hasta el siglo XXI: La navegación del Alma de Eugenio de Salazar.

Este autor y esta obra nos van a servir para introducir el archivo como ente material y, desde hace bien poco, también virtual. Para conocer la obra de Salazar es necesario investigar los documentos del sevillano Archivo General de Indias, una de las colecciones documentales más importantes del mundo y quizás la más panhispánica de las que atesoran manuscritos en lengua española. Allí se conservan muchos documentos relevantes para la biografía del autor elegido, ya que fue un alto funcionario de la Monarquía, con etapas como fiscal en América que le obligaron a remitir informes periódicos a sus superiores. Esta condición de funcionario hace que se conserve abundante documentación para su biografía en el archivo sevillano. La digitalización de una parte, aunque mínima, de los fondos hispalenses nos permite, hoy, leer la biografía del autor novohispano en los documentos redactados por su propia mano. Podéis comprobrarlo aquí: Documentos para la biografía de Eugenio de Salazar <https://carriazo.hypotheses.org/953>. ¡No os olvidéis de clicar sobre los enlaces cuando lo leáis!

Luego volveremos a Sevilla, pero para conocer la obra de Salazar hay que visitar, además, la Biblioteca Nacional (donde se conserva el manuscrito de La navegación del Alma) y la Real Academia de la Historia, donde aun podemos encontrar parte de su obra en verso y prosa, además de su testamento poético. Para ver el manuscrito de La navegación basta con disponer de una conexión a internet y clicar sobre el enlace incluido en este post sobre las incógnitas filológicas del poema <https://carriazo.hypotheses.org/944>. Desde ese mismo post, podréis acceder también a las obras digitalizadas de su amigo el santanderino Diego García de Palacio, que forman parte del corpus del Diccionario de la ciencia y la técnica del Renacimiento, un léxico que no os podéis perder: DICTER 2.0 <http://dicter.usal.es/>. Asimismo encontramos documentos personales de Salazar y su esposa, su amada Catalina Carrillo, en otro gran archivo para la historia del panhispanismo: el Archivo de Protocolos de Madrid, en la antigua fábriza de cervezas El Águila, muy cerca de la estación de Delicias. La obra de Salazar es una muestra de la discontinuidad y fragmentariedad de lo aparentemente unitario: lo uno y lo diverso. La historia de la literatura, como la etnohistoria y la antropología histórica, no se puede hacer sin los textos y sin los documentos. No hay historia sin arqueología.

Las cartas y la sociolingüística histórica: la identidad del sujeto

Parte de la obra de Salazar está compuesta por cartas, algunas conservadas en la Real Academia de la Historia y otras en el Archivo de Indias sevillano. Volvamos a este archivo para centrarnos en las cartas de funcionarios, miles de ellas, dirigidas a las instituciones de la Monarquía (al rey, a sus consejos, secretarios, virreyes). Unas cartas muy especiales, por ejemplo, son las de residencia, en las que un burócrata rendía cuentas de lo ejecutado durante el desempeño de su cargo en el momento en el que iba a ser relevado y debían saldarse las cuentas entre el individuo y la colectividad. Las cartas, en general, son ejemplos de comunicación a distancia, por lo que las reticencias y las convenciones en la expresión ocupan buena parte del discurso. Estas circunstancias las hacen idóneas para el análisis de la construcción identitaria individual dentro del discurso colectivo: se trata de textos donde puede leerse la cultura, la política y la sociedad dominantes cuando fueron redactadas y remitidas. Muchas de esas cartas fueron enviadas desde la periferia al centro, de la frontera conflictiva o cooperante, según los casos, hasta el núcleo mismo del poder. La mayoría daban respuesta, a su vez, a requerimientos de la autoridad. La investigación del funcionamiento del poder colonial y del delineamiento de las individualidades mediante la construcción de identidades convierte a estas cartas en testimonios muy interesantes para la historia del discurso empoderado y, al tiempo, para la composición de perfiles individuales, por ejemplo para la escritura de biografías. Veamos cómo analizan los sociolingüistas estos documentos personales tan relevantes para la redacción de hojas de vida.

Dentro de un mundo como el presente, no es raro que el estudio de la identidad se haya convertido en un verdadero mantra de las ciencias humanas y sociales: ¡qué mejor medio que el lenguaje para dar cuenta de él! Por otro lado, esa identidad sociolingüística no es solo el reflejo de determinadas categorías (la procedencia geográfica o dialectal, el género, la condición social, etc.), sino a menudo también el resultado de una actitud consciente por parte de los individuos o sujetos, quienes, en el curso de sus interacciones verbales proyectan voluntariamente sus identidades. Ahora bien, encontramos casi siempre en la bibliografía sociolingüística algunas limitaciones sospechosas al dar cuenta de la identidad individual, de tal modo que esta parece restringida a los miembros de determinados grupos sociales. Si tomamos en consideración, por ejemplo, el factor de la edad, la sociolingüística histórica nos muestra que la construcción lingüística de la identidad parece básicamente privilegio de los más jóvenes. Cuando ya no son tan jóvenes, no es infrecuente verlos de vuelta al redil de lo sociolingüísticamente correcto, disminuyendo considerablemente el empleo de variantes vernáculas, en lo que se ha dado en llamar age grading.

En un experimento sociolingüístico sobre la variabilidad de las identidades lingüísticas individuales en un corpus de cartas autógrafas de varios escritores, el profesor José Luis Blas Arroyo (2017: 133) concluye que una clara mayoría —doce de los diecinueve autores de las cartas analizadas— puede calificarse como conservadora, ya que estos doce escritores responden a los patrones de variación característicos de las élites sociales, generalmente más reacias a la aceptación de variantes vernáculas. Por contra, los escritores que manifiestan un comportamiento más avanzado que el propio de la época en que vivieron son minoría. En resumen, los resultados obtenidos en el estudio del profesor Blas Arroyo muestran una nada desdeñable variabilidad entre perfiles sociolingüísticos de individuos que, por lo demás, pertenecieron a las elites socioculturales de los Siglos de Oro en España. En relación con las tendencias de cambio imperantes en cada momento histórico, estos escritores se dividen en tres grupos. Una mayoría corresponde, como hemos visto, a hablantes conservadores cuyo comportamiento en relación con las variantes vernáculas es siempre receloso y cuyas realizaciones avanzadas se sitúan en todo momento por debajo de la media en cada etapa histórica. Frente a estos se sitúan otros, de naturaleza más conformista y contemporizadora, dada su tendencia a seguir los patrones distribucionales característicos en cada momento. Por último, no faltan tampoco algunos (pocos) que se significan por una actuación innovadora en la redacción de sus cartas, repletas de soluciones vernáculas novedosas. Otro resultado destacado del experimento, con implicaciones potencialmente relevantes, es que no siempre se cumple la teoría del cambio generacional —o age grading—, según la cual la gramática interna de los idiolectos individuales se mantiene grosso modo estable una vez superado el umbral de la adolescencia y durante el resto de la vida de los sujetos.

Juguemos a las cartas y a la construcción de la identidad reflejada en los textos de un individuo, autor y funcionario, para lo cual tenemos que elegir a un personaje biografiable. ¿Qué les parece don Pedro Porter y Casanate? Luego cerraremos el capítulo con un único documento, pero ahora nos interesa más seguir jugando al personaje. Pero, ¿quién diablos fue don Pedro Porter y Casanate?

Todo lo que sabemos de don Pedro lo sabemos por sus textos, por su obra, por sus documentos, y por un cuadro que se conserva en la casa de gobierno de California, porque fue uno de los primeros gobernadores del estado (cuando no era estado ni existían los estados, ni unidos ni separados, entiéndase con propiedad). Había nacido en Zaragoza en abril de 1611 y en 1627 se vio obligado a abandonar la casa paterna y la universidad en circunstancias poco claras. Se fue a la costa e ingresó en la Compañía de Gaspar de Corassa, perteneciente a la Armada del Mar Océano y de la Guarda de las Indias, bajo el mando de su Capitán General don Fadrique de Toledo, marqués de Villanueva, quien lo recomendó a Felipe IV antes de 1634. Entre 1627 y 1635, sirvió en la guerra nunca declarada contra la piratería. Con dieciocho años, en 1629, participó en el ataque español contra dos bases pirata en el Caribe, donde la armada española capturó buques enemigos y a 2300 piratas ingleses, franceses y holandeses.

En 1632, Francisco Ortega y su piloto Esteban Carbonel emprendieron un viaje infructuoso a California. A su regreso, «se hacían lenguas de los tesoros californianos» y se suscitó una primera fiebre del oro, antecedente y modelo de las varias fiebres del vil metal que atraerían población al oeste norteamericano doscientos años después. Llevado quizás por estas noticias, en 1635 el ya capitán Pedro Porter y Cassanate llega por vez primera a la Nueva España para incorporarse a la «obstinada, prometedora y competida» aventura de la exploración del golfo de California. Al año siguiente, el virrey Cadereyta concede licencias simultáneas para descubrir a Francisco de Vergara, asociado con Esteban Carbonel (dieciséis de enero), y a Pedro Porter, asociado con Alonso Botello (veintirés de septiembre), licencias que son revocadas el once de noviembre del mismo año —Archivo General de Indias, Patronato: 31, Guadalajara: 133 y Archivo Histórico Nacional, Col. Fernández Navarrete, 2476—. En 1637, cuando Porter regresa a la corte para defender sus derechos sobre la exploración y conquista de California, cae en poder del pirata holandés Pie de Palo, quien lo mantiene prisionero en Curaçao durante dos años. Tras ser liberado, curiosamente por otros piratas (entre ellos el mulato Diego de los Reyes), consigue embarcarse sin sueldo, y sin identidad, en la flota de galeones de la plata que partía de Cartagena para España y llega finalmente a Madrid. En 1640, tras demostrar quién era, fue nombrado almirante, consiguió la licencia exclusiva de la exploración de California y llegó a ser caballero de la Orden de Santiago. Imprime por entonces, como pliegos sueltos —Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 2336, ff. 70-75—, la Relación en que se ciñen los servicios del Almirante Don Pedro Porter Casanate. Caballero de la Orden de Santiago, en un alarde discursivo de construcción identitaria: para demostrar quién era, escribió una especie de currículum.

Inmediatamente tras su regreso a América, en 1643, inició los trabajos de construcción de la flota que debía explorar el seno californiano, pero el veinticuatro de abril de 1644 un incendio intencionado destruyó los barcos y el astillero donde se preparaba la expedición. En 1647, el rey escribió a México interesado por las causas del retraso de la empresa y apoyando el nombramiento de Porter como gobernador de Sinaloa. Finalmente, entre el veintitrés de octubre de 1648 y el siete de enero del año siguiente, don Pedro recorrió las costas del golfo y sus islas, tomando «posesión por Vuestra majestad y por la corona de Castilla, de todas estas tierras, que llamé Nuevo Reino de Aragón». Como el Nuevo Santander fundado en las costas caribeñas de la Nueva España por el coronel José de Escandón y Helguera en la segunda mitad del siglo XVIII, el Nuevo Reino de Aragón californiano de Porter y Cassanate será devorado por la historia, las guerras y los incendios, y hoy ambos territorios están cruzados por una de las fronteras administrativas más desiguales e injustas del planeta. A finales de junio de 1649, emprendió su segundo y último viaje californiano, concluido sin éxito, pues la flota se dispersó y el barco del almirante Porter se enredó en el canal de Salsipuedes, de harto significativo nombre y mala fama. En 1655, don Pedro fue enviado al Perú, donde poco después también es desplazado el virrey de la Nueva España (el conde de Alba de Liste), quien lo nombra Capitán General de Chile al llegar a Lima. El veintisiete de febrero de 1662, a la edad de 51 años, tras siete de gestión en los que «tuvo que luchar contra piratas, mapuches y araucanos», falleció nuestro personaje en Concepción de Chile.

Se pueden seguir todas estas peripecias de la vida de Pedro en los archivos y documentos manuscritos, en las bibliotecas y los impresos que llevan su nombre y sirven para construir su carrera y su identidad. Con veintitrés años, un hijo ilegítimo, una carrera universitaria truncada y un oscuro porvenir, había publicado en Zaragoza el primer tratado matemático donde se habla de trigonometría en lengua española: el Reparo a errores de la navegación española. Conservamos muchas de sus cartas, como las que escribió al cronista mayor de Aragón, su amigo Andrés de Uztarroz, quien planeaba historiar las hazañas de Porter en California, y otros textos mucho más interesantes y creativos idiomáticamente, como una copia del original titulado «Relación de la isla de Curaçao i de los Piratas de las Indias, sacada de las relaciones originales de el Almirante Don Pedro Porter i Casanate, caballero del Orden de Santiago que estuvo preso en ella quatro meses», fechada por José Pellicer de Tovar el veintinueve de febrero de 1642.

La identidad lingüística de Porter se construye y refleja en sus textos. Sabemos que conocía el latín y que lo usaba como lengua franca para comunicarse con informantes europeos que desconocían el español. Lo cuenta en el Reparo a errores de la navegación española, cuando narra el apresamiento de la flota inglesa en San Cristóbal y Las Nieves (lo que hoy conocemos como Saint Kitts and Nevis, en el caribe angloparlante) y nos anuncia que: «contaré lo que advertí año de veynte y nueve en un inglés de los principales que salieron rendidos de las islas de San Christóval y las Nieves, supliendo en esta ocasión la lengua latina la falta que en mí haze la inglesa» (páginas 75-76). Lo que nos cuenta es nada menos que ¡la aplicación de la trigonometría al diseño de las cartas náuticas y la navegación antronómica! Lo jugoso de la anécdota del joven Porter, recién ex teenager, es que no entendía inglés, pero era capaz de comunicarse en latín. Podemos imaginar estas conversaciones como las que tuvieron Jorge Juan y Ulloa cuando se embarcaron un siglo después como asistentes en una expedición científica. Tan elocuente debía de ser Ulloa (salió mejor espía Jorge Juan), que acabó dándole nombre al platino, el único elemento de la tabla periódica que lleva un nombre originalmente español. Las fronteras lingüísticas nunca han sido impedimento para la comunicación científica y la trasferencia de ideas, nombres, palabras y conceptos entre los individuos, que saben ingeniárselas con lo que tienen a mano —translingüísticamente— para lograr sus objetivos en cuanto a la información, y descubrir, de paso, el platino ante la Royal Society de Londres, distinguirlo entre los otros elementos, dotarlo de una nueva identidad elemental y denominarlo con un nombre español.

Sin embargo, como muestra del mosaico lingüístico que era el Caribe y la América española en la primera mitad del siglo XVII, resulta más interesante la Relación de los piratas que Porter tuvo que redactar cuando volvió a España privado de identidad para demostrar quién era, quiénes lo habían retenido, quiénes liberado, y su lealtad a la Monarquía y al gobierno en tiempos de mucha traición, transfuguismo y pirateo del bueno. Estas relaciones eran habituales en los cautivos liberados, también Miguel de Cervantes escribió la suya tras su liberación de los baños de Argel, una Información de testigos en este caso. En la Relación de los piratas, Porter nos informa de la ocupación holandesa de la isla de Curação tras el abandono naranja del norte del Brasil, invadido unos años antes, y de cómo el enclave se había convertido en un nido y refugio de piratas. Todo esto lo supo, nada menos, que por unos judíos sefardíes, hispanohablantes por tanto, que andaban en la isla y le informaron de que «[h]ase concedido licençia a los judíos portugueses de Ansterdan para poder robar con un navío en las Indias. El año passado me dijeron olandeses navegavan; i unos robados de Onduras afirmaron havía hecho pressa en ellos. Yo no los vi» (207r). El manuscrito se centra en el gobierno pirático de la isla y acaba urdiendo un plan para que la Monarquía recupere el control del enclave. La lectura, a más de fácil, es apasionante, y la copia manuscrita puede consultarse en internet.

En cuanto al vocabulario, la Relación de Curaçao ofrece la primera documentación en lengua española del neerlandesismo pinque, «probablemente tomado del francés pinque, voz internacional de los mares septentrionales, de origen incierto, probablemente germánico» (Coromines-Pascual: DECH, s. v.). El Diccionario de autoridades contiene la primera definición lexicográfica del término: «Embarcación de carga, cuyas medidas ensanchan más en la bodega, para que quepan más géneros. Latín. Scapha. Lembus» (s. v. Píngue). En ese mismo repertorio, se recoge asimismo la variante pinco con remisión a flibote: «Buque al modo de Fusta, que solo es capaz de cien toneladas, y carece de los mástiles, llamados Artimón y Perroquetes o Masteleros. Llámase tambien Pinco. Tosc. tom. 8. pl. 240. Otros dicen Filibote. Latín. Liburnica. Biremis. RECOP. DE IND. lib. 9. tit. 41. l. 19. No dén registro ni despacho en aquellos Puertos a ninguna Urca, Filibote, ni otro navío extrangero» (s. v. Flibote). La discusión etimológica se centra en su carácter de galicismo, con origen en la denominación de una embarcación mediterránea documentada en 1637 «(DAN, Hist. de Barbarie, Paris, 179 ds Fr. mod. t.26 1958, p.56). Empr. au néerl. pink, de même sens» (Trésor, s. v.), o germanismo, quizás del inglés pink, desde 1471 (Coromines-Pascual, DECH, s. v.) o del neerlandés moderno pink, relacionado con el neerlandés medio espincke. Según Coromines, «la cuestión no se ha estudiado detenidamente». La documentación de la forma etimológica pinque en la Relación de Porter añade, pues, una información valiosa sobre la posible errata — pingue por pinque— del primer diccionario académico (que no aporta autoridad) y refuerza la hipótesis de un posible origen germánico directo, posiblemente neerlandés, por encontrarse en una narración de ambiente holandés y caribeño.

Aún escribió Porter dos relaciones más —la Relación de los sucesos del Almirante Don Pedro Porter Cassanate, caballero de la Orden de Santiago, desde que salió de España el año de 1643 al descubrimiento del Golfo de la California, hasta fin del año de 1644 y la Carta relación de D. Pedro Porter Casanate, caballero de la Orden de Santiago, desde que salió de España el año 1643 para el descubrimiento del Golfo de la California, hasta 24 de enero de 1649 [sic], escrita a un amigo suyo—, pero las cartas más interesantes de las enviadas por el zaragozano a la Península son las resultantes de su desempeño como gobernador y capitán general de Chile, de las cuales se conservan al menos trece en el Archivo General de Indias (Sevilla). De estos trece documentos, solo algunos corresponden a cartas redactadas y firmadas por Porter como presidente gobernador y capitán general del reino. En una de ellas, sobre el pago de las limosnas de vino y aceite en las encomiendas de indios, escribió el señor gobernador el veinte de mayo de 1659:

«[…] e echo quantas diligençias / me an sido posibles para tomar notiçia / de lo que en esta raçón se havía dispuesto / por mis anteçesores, y la que an tenido los / ofiçiales Reales en su execuçión, y / no e podido alcançar ninguna por averse / perdido todos los papeles de este / govierno en el terremoto e inundazión / de la mar que sobrevino a esta ciudad / el año pasado de 657 y la asoló, como / porque se levantaron los indios de este / Reyno en su primera conspirazión / y asolaron todas las çiudades antiguas / que estavan pobladas, hasta los últi- / mos confines de la provinçia de Chiloé»

En otra del mismo día, sobre el remedio del abuso de vender los indios las personas a su usanza, informaba don Pedro de que:

«[…] haviéndose introducido daño / tan perjudiçial en estas provinçias como era / que los indios nuevam[en]te reduçidos ven- / diesen sus hijos, mugeres y parientes a los es- / pañoles por paga a similitud de lo que / estilavan entre sí, en que convenían por ser / a trueque de cavallos, Armas y otras cosas / con que se reforçavan, quedando esclavos los que / por repetidas Çédulas tenía V. M. decla- / rados por libres, no se aya remediado este / abusso saviendo que el preçio son las armas / de los soldados que tanto inporta se con- / serven y el Riesgo de que pasen a los / indios. Esta costumbre, S[eñ]or, no se a con- / tinuado después que entré a governar este / Reyno porque ya estava quitada, y con / la conspiraçión y alçamiento general / de los indios absolutamente a seçado / el trato, y sin embargo se a publicado»

En la penúltima línea, el fragmento final en negrita corresponde al verbo cesar y parece una indicio de que don Pedro posiblemente seseaba al final de su vida. En abril de ese mismo año, un mes antes de remitir las dos anteriores, había escrito:

«[…] Sin embargo de que tengo / informado a V. M. en esta ocasión no / haber en estas provinçias poblaçiones de / indios ni cuerpo de Encomienda, y estos pocos / reducidos a su alvedrío natural y sobresali- / entes en su asistençia, y que sus encomenderos / más de ruego por la neçesidad que tienen para / el venefiçio de sus cortas haçiendas, los / adquieren al serviçio personal con pagas / exçesivas sin mensión de las que ellos deven / de sus tributos […]».

La forma mensión parece confirmar el seseo antes apuntado. Algo más tarde, el veintiséis de junio de 1659, se dirigió al secretario del consejo, Juan Bautista Sáenz Navarrete, informándole de las dificultades que atravesaba el ejército de la frontera y pidiéndole le enviase sucesor para poder retirarse, con estas palabras y trazos:

«[…], y que siendo servido / su Mag[esta]d me enbíe suçesor para poder / retirarme, que esto es lo que se me ofreze / suplicar a V. M. en quanto a mi particu- / lar, y adonde quiera sienpre estaré con los / reconoçimientos que devo a los favores y onrras / que e reçevido de su mano; g[uard]e Dios a S[u] Ma[agestad] / muchos años como desseo. Conçepçión de / Chile, junio 26 de 1659. / Servidor de Vm / q[ue] s[u] m[ano] b[esa] / don Pedro Porter / Cassanate».

La última carta firmada por Porter es del veinticinco de junio de 1661, en ella informa de los méritos y estado del obispo de Concepción don fray Dionisio Jiménez:

«Y aunque con neçesidad tan grande que / a padeçido ocho años aviéndole faltado la / renta y el suplimiento della de la hazienda / de V. M. como tiene mandado por averse / disminuido los derechos con estas ruinas / y la última del terremoto e ynundación / el año de 57, no por eso a dejado de conti- / nuar sus asistencias con mayor fervor».

No fueron tiempos felices en la frontera chilena los del gobierno de nuestro don Pedro.

El documento anónimo: la identidad colectiva

Volvamos, para terminar el capítulo, al apenas digitalizado Archivo General de Indias. La cantidad de información contenida en los documentos allí conservados permite realizar estudios etnohistóricos y etnolingüísticos sobre culturas e identidades de lo más diverso. En los Estados Unidos de América, con casi nula producción impresa y manuscrita anterior al siglo XVIII, los etnohistoriadores han tenido que recurrir a archivos europeos, como el de la Luisiana, conservado en París. Lo que tenemos en Sevilla, y en otros archivos españoles y sudamericanos, supera a todo lo existente sobre norteamérica en el resto del mundo. No es posible hacer la historia de los pueblos sin historia sin conocer los archivos españoles, como no es posible narrar la primera globalización sin toparse con la historia de la lengua española y de su vocabulario. Veamos brevemente un caso para ejemplificar la construcción de la identidad colectiva, lingüística e idiomática, a través de un documento sin autor conocido, sin firma y, por tanto, sin identidad individual, sin sujeto o, mejor, con un sujeto colectivo e impersonal. Se trata de un documento anónimo: el Libro de armada de la expedición a la Especiería compuesto entre 1506 y 1508, conservado en la sección 3 de los fondos del archivo hispalense, que reúne los documentos procedentes de la Casa de Contratación, e identificado con la signatura «Contratación, 3251, L. 1». Puede consultarse en línea en el Portal de archivos españoles (PARES) <http://pares.mcu.es> [última consulta: 4 de febrero de 2019].

El manuscrito no está firmado y su datación se conoce por las fechas de las transacciones y pagos apuntados en él: la más antigua mencionada es del «nueve de julio de mdvj» (fol. 59r) y la más moderna del «veynte de jullio de dicho año de mdviij» (fol. 66v), por lo que se data entre 1506 y 1508 en su ficha catalográfica del Portal de Archivos Españoles (PARES). Debido a su contenido y finalidad contable, el documento presenta una gran cantidad de cifras y cálculos, así como un listado muy nutrido de personas, identificadas generalmente con sus nombres, oficio, procedencia y/o vecindad: Juan Vizcaíno vecino de la villa de Vilbao (fol. 5r), Christóbal Rodríguez bizcaýno (fol. 10r), Juan de Subano y Juan de la Cosa (fol. 10v), Christóval García el de la pata de gules, su yerno Juan López e su hijo Francisco García y Hernando Christóval e Juan Pérez calafate (fol. 65r), Hojeda tornero (fol. 68v), etc. En el texto se mencionan cuatro naves: dos naos, una «nao mayor nombrada la Magdalena» (fol. 2v) y una «nao mediana» (fol. 4v), y dos caravelas: «la caravela de Pedro de Salazar vecino de la villa de Portugalete de ochenta toneladas» (fol. 6v) y una «caravela desta costa […] por maestre Antón […] vecino de Triana» (fol. 7v), aunque solo se computan los gastos por la compra de las dos naos, grande y mediana, y de la caravela vizcaína (fol. 7v).

La información contenida en el documento sobre caudales, individuos, cosas y transacciones ha atraído a lo largo de la historia la atención hacia este manuscrito de numerosos investigadores, sobre todo por el protagonismo de Américo Vespuccio, quien estaba acordado de yr por maestre a la nao mediana. A lo largo del texto, se menciona cinco veces al florentino: «Primeramente, Amérygo Bespuchi capitán» (1r), «se dieron a Amérigo Bespuche ciento e setenta e ocho cahýzes e seys arrobas de trigo lo qual se asienta a su quenta en este libro a fojas 27» (25v), «por la quenta que dio Amérigo Bespuchi» (38v), «más se compraron por mano de Amérigo Bespuche capitán ciij baras de cañamazo» (40v), «se dieron a Diego de Grajeda y Amérigo Bespuche, capitán al tiempo que él estaba acordado de yr por maestre a la nao mediana, treynta e dos arrobas e çinco libras de sebo» (43r); y en veintiséis ocasiones más, a Amérigo. Los historiadores y el catálogo del archivo coinciden en que el florentino, naturalizado castellano en 1505, nunca realizó la travesía, sin dejar de obtener pingües beneficios por su participación como proveedor de bastimentos y pertrechos para la armada. La presencia de Vespuccio junto a los capitanes vizcaínos, de la otra nao y de la caravela, así como la de los pilotos y marineros andaluces, o la multitud de oficios mencionados en el manuscrito, dan idea de su contexto multilingüe de redacción, que explica su rico vocabulario. La situación sociolingüística de la Sevilla de principios del Quinientos donde se redactó el Libro de armada de la expedición a la Especiería podría caracterizarse como translingüística, tanto por los contactos entre lenguas y códigos diversos como por la multitud de registros y sociolectos implicados en las transacciones. Este translingüismo se refleja en la variedad y el uso del léxico que presenta el documento. Veamos un par de ejemplos para terminar este capítulo.

Se registra en español por vez primera escrito en el Libro de la expedición a la Especiería el arabismo alhamel con el sentido de ‘ganapán, mozo de cuerda’, el etimológico, o quizas con el de ‘arriero que se alquila para llevar cargas’, cuyo carácter de derivado semántico a partir del primero puede explicarse por la contigüidad de ‘mozos de cuerda’ y ‘arrieros’ en labores portuarias como las descritas en el pasaje del manuscrito analizado. Es la única ocurrencia del término en el manuscrito, inserta en una enumeración de individuos que intervienen en la transacción de veinte cahíces de habas …para la probisión de las tres cara-/velas latinas que se enviaron para / servicio de la ysla Hespañola…, a Pedro García se-/millero vecino de Sevilla en veynte e ocho / de março de mdvij años…, …a Juan de la Peña e a Diego Herrero cor-/donero e a Ysabel López vezinos de / Sevilla en xvj de noviembre del dicho año…, …a Ana Rodrí-guez este dicho día… (fol. 55v) y …a Ysabel Sánchez vezina de Sant Gil, además de …a un alhamel… (fol. 56r).

La documentación del arabismo en el texto para identificar a una persona cuyo nombre y vecindad no se menciona hace pensar que se trate de la designación de un oficio relacionado con el transporte de cargas, pertrechos y mercaderías en el ambiente portuario donde se redactó el texto, sea bien el de ‘arriero’ o el de ‘mozo de cuerda, ganapán’ (el hecho de que no se mencione el nombre ni la vecindad del alhamel, a diferencia de lo que ocurre con los otros compradores, quizás tenga que ver con la baja consideración social del oficio). Por su proximidad geográfica, ya que el término ha sido considerado andalucismo, y por la cercanía a la fecha de escrituralización del término, es decir del momento en el que este paso de la oralidad al registro escrito u oralización de la escritura (Kabatek, 2012: 45), cabría interpretar que estamos próximos al sentido etimológico primitivo (aunque no puede descartarse que en el uso oral ya se hubieran desarrollado algunos sentidos traslaticios).

Otro ejemplo de primera documentación dentro del texto analizado es la forma chinchorros, que aparece en tres ocasiones:

«chinchorros et deve el almazén que se resçibieron dos chinchorros arma- / dos por el valor de los quales se cargan viij / dl maravedís al libro del armada a fojas 78 / los quales chinchorros se enbiaron a la ysla Hespa- / ñola y se entregaron en servicio a Diego de Grajeda / maestre de la nao mayor de su alteza para que los en- / tregase en la ysla a los ofiçiales» (fol. 51v).

Ni DICTER ni CORLEXIN contienen ejemplos de chinchorro, sí recogido en DLE. En el CDH aparecen 461 casos en 104 documentos, el más antiguo de 1519-1547: ANÓNIMO, «Relación del coste que tuvo la Armada de Magallanes» (Documentos pertenecientes a Hernando de Magallanes), muy relacionado tipológica y temáticamente con nuestro Libro de la expedición a la Especiería. El DECH da cuenta de la amplitud y desarrollo semánticos del derivado:

‘especie de red a modo de barredera que usan los pescadores para pescar’ [1588, en el dominicano C. de Llerena: RFE VIII, 125 […]; Aut. lo da como usado en España], ‘barquichuelo de pesca empleado en América’ [1519, Woodbr.; ambas acs., 1616, Oudin; 1680, Recopil. de Indias] […] de la embarcación de pesca se pasó a la red en que esta se usaba, y de ahí a ‘hamaca de cabuyas, empleada como lecho por los indios’ [1626, Simón, con referencia a “Tierra Firme”: Friederici, Am. Wb., 178; Terr.; […], o bien partir de este último en el sentido de ‘lecho lleno de chinches’, y de ‘hamaca’ pasar a ‘red’ y luego a ‘embarcación que lleva esta red’ (s. v. chinche).

El registro de la forma plural en el Libro de la expedición a la Especiería parece confirmar que la clave de la evolución semántica del derivado hispánico debe de hallarse en la documentación canaria y americana. Si es que se trata de un derivado: téngase en cuenta que «Humboldt-Bompland, Voyage aux Régions Equinoct. du Nouveau Continent. III, cap. 9, p. 338, seguido por Cabrera, s. v., cree que chinchorro ‘hamaca’ sería palabra de los indios chaymas. Otros lo han atribuido a otras tribus indígenas, lo cual rechaza Friederici, reconociendo ya el origen hispánico» (DECH, s. v. chinche, nota 4). El Diccionario Histórico del Español de Canarias (DHECan) registra el sentido relacionado con las artes de pesca el cinco de mayo de 1769. El marinerismo chinchorro con el sentido de ‘arte para la pesca’ está tempranamente documentado en América por el corpus de Boyd-Bowman: Puerto Rico (1512, 1513), Santa Marta (1548), Ciudad de Santo Domingo (c. 1549), Puebla (1565), Cuba (1570, 1575, 1577), Río de la Plata (1570) y ampliamente descrito como como americananismo, por ejemplo en el diccionario de Augusto Malaret (1931: s. v.): «m. P. Rico. Chinchal, tiendecita pobre. // Colomb. P. Rico y Venez. Hamaca tejida en forma de red. Ac. //3. C. Rica. Grupo de casuchas o cuartos de alquiler. // 4. Ecuad. Vincucha. // 5. Méx. Recua pequeña». Frago Gracia lo clasifica entre los andalucismos americanos y lo documenta (1999: 228) en el códice Martínez Compañón («yndios pescando con chinchorro», Perú, siglo XVIII) y mucho antes en protocolos notariales sevillanos de finales del cuatrocientos […] y en los repartimientos malagueños de las postrimerías de aquel siglo» (Frago Gracia 1994: 125-126). Sobre la relación semántica entre el término chinchorro ‘red’ y hamaca, apunta Martha Hildebrandt (2001: 434):

Los españoles alternaron en Venezuela hamaca con chinchorro, nombre hispano de una red de pesca cuyo tejido la hacía recordar. Pero pronto se hizo distinción entre hamaca y chinchorro (la hace Gumilla), y hoy en Venezuela se llama hamaca la de tejido compacto, y chinchorro la de red.

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