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Nombres de embarcaciones en el ‘Diccionario de autoridades’

XI Congreso Internacional de Lexicografía Hispánica

«Tres siglos del Diccionario de autoridades»

Universidad de Cádiz – 3, 4 y 5 de junio de 2026

Historia de la lexicografía – 4 de junio 2026 (Corpus Christi) 12:00

Resumen

En el Diccionario de autoridades (1726-1739) se registran cuarenta y seis nombres de tipos, clases o modelos (géneros, espécies) de naves en cuyas entradas se emplea el clasificador o hiperónimo embarcación: albatoza, armadia, balandra, balsa, balsilla, barca, barcaza, barco, baxel, bergantin, bote, bucentoro, buzo, canoa, cañamiz, carabela, caramuzal, caravana, carcoa, carda, cardita, chata, chinchorro, escorchapin, faluca, galeaza, galera, lancha, leño, nave, paquebot, patache, pinaza, pingue, pino, piragua, polacre, saetia, sultana, tafurca, tartana, trirreme, urca, vaso, vela y xabeque. Además, se consignan tres acepciones de embarcación: (1) Navis. (2) Navium conscensio, nis. (3) Navigatio. Cursus maritimus. Se trata de una taxonomía muy variada, con arabismos, cultismos, exotismos, indigenismos, latinismos, orientalismos, sinécdoques y préstamos de las más diversas procedencias. Como el origen de la familia léxica de embarcación (barca), el conjunto muestra una indudable impronta ibérica, con una presencia importante de la lingua franca del Mediterráneo, además de un evidente contacto con la sincronía del propio diccionario, que se muestra especialmente en los casos de voces sin autoridad antigua.

El objetivo de la presente comunicación es mostrar esta riqueza del Diccionario académico mediante la clasificación etimológica de esas entradas, examinando de paso la competencia de embarcación con otros miembros de su familia léxica (barca, barco) y de la encabezada por nave, que han llegado al español contemporáneo como destacados hiperónimos en la taxonomía formada por las designaciones de buques, vasos o velas de los más diversos orígenes y procedencias. Se trata de cubrir así un campo semántico que aún está por completar en el Diccionario histórico de la lengua española, el principal proyecto que se lleva a cabo en la actualidad en el ámbito de la lexicografía histórica del español con la metodología combinada de la diccionarística electrónica y las humanidades digitales.

  1. Historia de embarcación

La historia del derivado embarcación aún está por escribir (DHLE, s. v. Ø). El término aparece en el CDH desde la Crónica de los Reyes Católicos (1491-1516: fol. 29v) de Alonso de Santa Cruz, cuando narra la expulsión de los judíos: «Los quales salieron de Castilla, unos para Portugal, porque se concertaron con el rey don Juan que le darían un ducado por cabeza porque los dexase estar en su reino seis meses, para en este tiempo procurar de hacer su enbarcación a do mexor les pareciese. Y túvose por cierto que salieron por Benavente para entrar por Bragança en Portugal veinte y tres mil; y los que salieron por Çamora para Miranda treinta mil…» [Juan de Mata Carriazo, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano Americanos de Sevilla, 1951]. Posteriormente, se documenta en una de las Dos cartas escritas por Fr. Juan Caro, dominico, desde Cochín en la India, ofreciendo servir al Emperador enseñando la navegación, y el descubrimiento de muchas tierras por aquellas partes: «y los ayudé con lo mio en lo que pude, y les hube con mucho trabajo embarcacion para se iren al reino &c.» (Documentos pertenecientes a Hernando de Magallanes); el tercer ejemplo del corpus, también relacionado con el portugués de ultramar y la circumnavegación de 1522, se registra en la Carta de Antonio Brito al Rey de Portugal sobre algunos sucesos en la India y los del viaje de Magallanes (1523): «y no contento con esto se encaminó á una poblacion grande, donde peleando con los salvages le mataron á él, á un criado suyo y cinco castellanos: los demas viendo muerto al capitan se recogieron á las embarcaciones». Estos dos significados básicos (‘acto de embarcar, embarque’ y ‘barco, nave’) siguen desde entonces su historia en paralelo con otros derivados de barca, -o:

Embarcar [h. 1440, Díaz de Gámez; Nebr.], vid. Cuervo, Dicc. (Bol. C. y C. II, 357-8); embarcación [1493, Woodbr.], de aquí el fr. embarcation [1762]; embarcadero [1615], de donde el fr. embarcadère [1723]; embarco; embarque. Desembarcar [Nebr.], desembarcadero, desembarco, desembarcación, desembarque. (DECH, s. v. barca).

En cuanto a su presencia en los diccionarios, el NTLLE registra embarcación en 1604 PALET, 1607 OUDIN, 1609 VITTORI, 1620 FRANCIOSINI, 1670 MEZ DE BRAIDENBACH, 1679 HENRÍQUEZ, 1705 SOBRINO, 1706 STEVENS y 1721 BLUTEAU antes del tercer tomo de Autoridades (1732). En este, se consignan las acepciones mencionadas antes:

EMBARCACIÓN. s. f. Qualquier género de nave que tenga buque; si bien con esta voz no se expressan las mayores y de guerra, sino las mercantíles y de transporte de géneros, víveres, armas, &c. Latín. Navis. ACOST. Hist. Ind. lib. 1. cap. 21. Lo que se halla son balsas, o piráguas o canóas, que todas ellas son menores que chalupas: y de tales embarcaciones solas usaban los Indios. SOLIS, Hist. de Nuev. Esp. lib. 1. cap. 6. Eran las canóas unas embarcaciones que formaban de los troncos de los árboles.

EMBARCACIÓN. Signfica [sic] tambien el acto de embarcarse, y la salida que hace una flota o un navío desde el Puerto para hacer su viage. Latín. Navium conscensio, nis. COLOM. Guerr. de Fland. lib. 1. Al punto se distribuyeron las órdenes de la embarcación, por los Sargentos mayores de los Tercios. SOLIS, Hist. de Nuev. Esp. lib. 1. cap. 14. Llegado el día de la embarcación, se dixo con solemnidad una Missa del Espíritu Santo.

EMBARCACIÓN. Se toma algunas veces por navegación, esto es por el tiempo que dura el viage de una parte a otra. Latín. Navigatio. Cursus maritimus. OV. Hist. Chil. lib. 1. cap. 14. En el Mar del Sur, donde el viage de Chile a Lima es de quince días, y otros tantos de allí a Panamá, pocos más o menos, al contrário para volver de Panamá a Lima suele durar la embarcación dos meses, y de allí a Chile quarenta días.

Sobre la Historia de Chile escrita por el criollo Alonso de Ovalle (Santiago; 27 de julio de 1601—Lima; mayo de 1651), escribe Beatriz Gómez Pablos (2017: 70): «El estilo de la Histórica Relación del Reino de Chile es llano y ameno, con descripciones expresivas y detallistas —algunas pintorescas—, que reflejan su amor por la patria. Ovalle no sólo es cronista de América sino que además es un cronista americano, conocedor de la realidad que le rodea». El gran viajero desde luego era una autoridad en cuanto a lo que solía durar la navegación o embarcación desde Chile a Lima y de la capital del virreinato a Panamá. El viaje de vuelta duraba más del doble debido a las corrientes del Pacífico relacionadas con El Niño-Oscilación del Sur, entre otros fenómenos oceánicos y atmosféricos.

  1. El término embarcación en el texto de Autoridades

El término embarcación aparece 168 veces en el texto de las definiciones del DA, distribuidas en los seis tomos del siguiente modo:

I (1726) [A-B] 44
II (1729) [C] 24
III (1732) [D-F] 32
IV (1734) [G-N] 20
V (1737) [O-R] 25
VI (1739) [S-Z] 23

Se trata de unos cuantos verbos —abordar, acostarse, aferrar, aferrarse, afletar, alquitranar, amainar, birar, bogar, boyar, caminar, ciar, costear, decaer, derrotar, desaferrar, desancorar, desarbolar, desembarcar, desencallar, deslastrar, despalmar, devalar, echar, echarse, encallar, engolfar, escotar, fletar, fluctuar, garrar, gurrar, izar, marear, naufragar, navegar, proejar, remar, remolcar, roncear, sotaventar, varar, voltegear, zarpar y zozobrar— y derivados deverbales: abordo, ancorado, ancorage, apresamiento, atracado, bogada, bromado, ciaescurre, desencallado, embarcación, embarcadura, fletamiento, flete, naufragio, ronceria, roncero; sustantivos: agua, aguada, arbol, arraez, barra, barreno, bolina, caiman, capitán, cocle, escalamo, eslabon (en la autoridad: “ALFAR. part. 2. lib. 3. cap. 9. Al segundo día de su embarcación le faltaron de la cadena diez y ocho eslabones, que sin duda valian cincuenta escúdos”), fasquia, galibo, gallardete, hydrographia, marinero, matalotage, palamenta, palos, patrón, pesqueria (en la autoridad: “RECOP. DE IND. lib. 4. tit. 25. l. 26. Ordenamos, que ningun Español, Indio, ni Negro pesque con chinchorro, porque de usar de esta embarcación en la pesquería de perlas, resulta mucho daño”), proel, quilla, remo, rumbo, sorna, tabla y vela; frases y locuciones: alarga allá, brazos de la entena, burra de palo, cabos sueltos (s. v. Dar cabo), caxa de lastre, dar caza, correr a árbol seco, correr fortuna, cortar el agua, dar a la costa el navío o otra embarcación, domingo de ramos (en la autoridad: “SOLIS, Hist. de Nuev. Esp. lib. 1. cap. 20. Y por venir cerca el Domingo de Ramos, señaló este día para la embarcación”), Tener el viento favoráble, Irse a fondo (s. v. fondos), golpe de mar, hacer el bastardo, palo seco, Viento en popa (s. v. popa), punto de longitud, ropa a la mar, Mostrar el sebo (s. v. sebo) y A velas llenas, ò tendidas (s. v. vela); los adjetivos favorable; necessario, ria (en la autoridad: “M. AGRED. tom. 3. num. 461. Fue luego San Juan a buscar embarcación para Palestina, y prevenir lo que para ella era necessario”); velero, ra; zelosa y zorrero, ra; y, sobre todo, nombres de tipos, modelos, géneros, espécies o clases de naves:

albatoza, armadia, balandra, balsa, balsilla, barca, barcaza, barco, baxel, bergantin, bote, bucentoro, buzo, canoa, carabela, caramuzal, caravana, carcoa, carda, cardita, cañamiz, chata, chinchorro, escorchapin, faluca, galeaza, galera, lancha, leño, nave, paquebot, patache, pinaza, pingue, pino, piragua, polacre, saetia, sultana, tafurca, tartana, trirreme, urca, vaso, vela, xabeque.

Sobre la historia y etimología de amainar, véanse los trabajos de Germá Colón i Domènech (1994, 2007); sobre el resto de adjetivos, derivados deverbales, sustantivos, verbos, frases y locuciones no añadiremos más aquí, para centrarnos en los cuarentaiséis nombres de embarcaciones a partir de ahora.

  1. Clasificación semántica y etimológica de los 46 nombres de embarcaciones
Lema DECH TDHLE
albatoza «cast. ant. albatoza ‘especie de embarcación pequeña y cubierta’, registrado por Covarr.2, y ya empleado por H. del Pulgar a fines del S. XV (DHist.)» [s. v. patache] albatoza, albatoça, albatosa. (Del ár. * var. de ‘nave de dos mástiles, patache’.) f. Patache. [Diccionario histórico de la lengua española (1960-1996)]

 

armadia «ALMADÍA, ‘balsa’ del ár. […] ‘barca de paso’, ‘almadía’, […]La forma armadía [1587; Aut.] es alteración secundaria, debida a influjo de armar y derivados» [s. v. almadía] Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)

«almadía, armadía; almadia. (Del ár. al-ma`diya ‘la barca en que pasan hombres o animales’.)» [Diccionario histórico de la lengua española (1960-1996)]

balandra «parece resultar de la amalgama de dos voces diferentes: el neerl. bijlander ‘embarcación de transporte, de fondo plano’, venido a través del fr. bélandre, balandre f., y otra palabra palandra, embarcación mediterránea de origen turco, para transporte de tropas, el nombre de la cual procede, al parecer, de este idioma» [s. v. balandra] Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
balsa «BALSA II, ‘almadía’, voz prerromana, común al español y al portugués, quizá idéntica a la anterior» Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
balsilla La palabra balsilla no está en el Diccionario.
barca BARCA, del lat. tardío BARCA íd., quizá de origen hispánico. […] 1 Obsérvese la mayor vitalidad que demuestra en español barca al dar lugar a la creación del derivado barco, ajeno a los demás romances, salvo el portugués. Embarcación, embarcadero son también creaciones españolas, que de aquí pasaron a otros romances. Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
barcaza Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
barco Barco [Alfonso X; y en su gallego: «fezeron balsas et maneyras de barcos et de naves» Ctgs. 61.18]3: en la Edad Media lo común es que designe una embarcación pequeña (así todavía Aut.); con la ac. moderna se dice entonces navío o nao, estado de cosas conservado hasta hoy en portugués4 Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
baxel BAJEL ‘buque’, del cat. vaixell, íd., y éste del lat. VASCĔLLUM ‘vasito’, diminutivo de VAS.

1.ª doc.: Berceo (Mil. 672, Loor. 63).

bajel,, bahssel, basel, bahassel, baxel, vaxel, baxiel, bagel, vaissel, vagel, vajel.. (Del ant. fr. vaissel ‘recipiente para líquidos’, ‘barco’.)

DCECH recoge la presencia de esta voz en Berceo Loor. p1236-a1246, 63, basándose posiblemente en Sánchez, T. A. Voces Berceo 1780 s/v bassel. En dicho pasaje no aparece la voz.

Diccionario histórico de la lengua española (1960-1996)

bergantin BERGANTÍN, del cat. bergantí, derivado del anterior; es posible que el vocablo se formara primero en Italia. No sale la página en el TDHLE.
bote BOTE II, ‘embarcación pequeña’, del ingl. med. bōt íd. (hoy boat), seguramente por conducto del fr. antic. bot y gasc. bot.

1.ª doc.: 1722 (Gili); Aut.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
bucentoro Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
buzo El cast. ant. buzo ‘cierta embarcación’1 [Partidas; 1.ª mitad del S. XV] no tiene nada que ver con buzo ‘buceador’; para su origen, V. mi DECat, s. v. gussi. buzo s. (1284-1640)

buzo, buço

Etimología. Voz de origen incierto, relacionada con los vocablos catalán, francés e italiano bus, escandinavo antiguo büza, bajo alemán medieval bütze, neerlandés medieval büse, inglés antiguo y moderno bütse, bus (DELCat, s. v. gussi).

Diccionario histórico de la lengua española (2013-: s. v buzo)

canoa CANOA, del arauaco de las Lucayas.

1.ª doc.: 1492, Diario de Colón, 26 de octubre; Nebr.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
carabela CARABELA, del port. caravela íd., diminutivo del lat. tardío CARABUS ‘embarcación de mimbres forrada de cuero’, y éste del gr. κάραβος ‘cangrejo de mar’, ‘embarcación’.

1.ª doc.: Partidas.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
caramuzal CARAMUZAL, del turco karamusal íd.

1.ª doc.: caramuzalid, 1555, Viaje a Turquía; caramuzalí, 1612, Fr. M. de Guadalajara; caramuzal, 1613, Cervantes, El Amante Liberal, ed. Hz. Ureña, p. 127.

Asín, Al-And. IX, 27: «quizá del ár. qârib musáƫƫaɅ barco aplanado». Lo cual sólo puede admitirse, si acaso, como etimología árabe de la palabra turca, de la cual procede el castellano de todos modos.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
caravana CARAVANA, del persa kārawân ‘recua de caballerías’, ‘caravana’, probablemente por conducto del fr. caravane.

1.ª doc.: h. 1350, Pde Alf. XI.

[…] el vocablo entró en las lenguas occidentales durante las Cruzadas, por conducto del francés, quizá también por Génova, donde caravana se registra ya en 1217. El testimonio más antiguo corresponde a la ac. secundaria ‘comboy de navíos que navegan de conserva’ (vid. Jal, s. v.), ac. que parece haber sido trasmitida por el catalán, donde ya aparece en el S. XIII; aplicado a viajes terrestres lo emplea por primera vez Gonz. de Clavijo (1406-12) (variante caravaña, según Eguílaz). La ac. más común en la literatura clásica se refiere a las primeras campañas que hacían los caballeros jóvenes de Malta y de San Juan en persecución de las caravanas navales musulmanas, requisito necesario para profesar en estas órdenes; de ahí la frase común hacer caravanas o correr las caravanas ‘hacer prácticas de novicio para conseguir algo’ [S. XVII]

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 707-708
carcoa Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 716
carda Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 718
cardita Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 721
cañamiz Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 644
chata Chata ‘bacín’, ‘chalana’ [1720, Gili], etc. (RFH VI, 19-20). [s. v. chato] Inéditos Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
chinchorro Chinchorro ‘especie de red a modo de barredera que usan los pescadores para pescar’ [1588, en el dominicano C. de Llerena: RFE VIII, 1252; Aut. lo da como usado en España], ‘barquichuelo de pesca empleado en América’ [1519, Woodbr.; ambas acs., 1616, Oudin; 1680, Recopil. de Indias], ‘especie de esquife, el menor de los botes anejos a un navío’ (Acad. 1884, no 1843)3 [s. v. chinche] Inéditos Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
escorchapin Escorchapín [1552, Calvete de Estrella; comp. corchapín, desde 1583; corpachín, 1555, Viaje de Turquía II, 87], ‘nave ligera’, del cat. escorxapí [1535, Ag.], compuesto del cat. vulg. escorxa, cat. escorça ‘corteza’, y pi ‘pino’: Calvete y el italiano Bosio atestiguan que se trata de un navío propio de Cataluña, vid. Vidos, Parole Marin., p. 362; Terlingen, 244, y mi reseña en Symposium, 1948. [s. v. corteza I] La palabra escorchapin no está en el Diccionario.
faluca – (v. falúa). La palabra faluca no está en el Diccionario.
galeaza Galeaza [2.° cuarto del S. XV, Crón. de Pero Niño, p. 65; también en P. Tafur, h. 1440; más ejs. Cuervo, Obr. Inéd., 397; galeaça, Nebr.: la ç sorda prueba que se tomó del cat. galiassa]. [s. v. galera] La palabra galeaza no está en el Diccionario.
galera GALERA, del antiguo galea, y éste del gr. biz. Ɣαλέα íd., propiamente ‘mustela, pez selacio’, gr. ƔαλŲ ‘comadreja’; la galera se comparó con una mustela por los movimientos rápidos y ágiles de este pez.

1.ª doc.: galeya, comienzo del S. XIII, Sta. M. Egipc., 268; galea, Berceo, Mi.l, 593, etc.; galera, 2.° cuarto del S. XV (Crón. de Pero Niño, p. 65); 1505, PAlc. (también galea)1.

El cast. ant. galea aparece también en el Poema de Alfonso XI, 397; el Canc. de Baena (W. Schmid); en APal. 146b; Nebr.; y más ejs. en Cej., Voc. y glosarios de Castro; galera, 1433 (Woodbr.). En griego aparece con el significado náutico desde la 1.ª mitad del S. VIII. Indudablemente el vocablo se propagó desde el griego a los varios romances mediterráneos (FEW IV, 28); al castellano llegaría por conducto del catalán.

Diccionario histórico del español de Costa Rica
lancha LANCHA II, ‘bote grande al servicio de un buque, o para navegar en el interior de los puertos o entre puntos cercanos de la costa’, aparece primero en portugués y como nombre de una embarcación pequeña y rápida empleada en los mares de Oriente: viene del malayo lánƇār ‘rápido, ágil’, por conducto del port. lancha ‘embarcación pequeña para pescar o al servicio de un navío’.

1.ª doc.: 1587, en carta de un Almirante de la Invencible (Terlingen, p. 250; Cej. VII, p. 127).

A pesar de que Skeat ya dió la verdadera etimología (Notes on English Etym., p. 158; Etym. Dict., s. v. launch), todos los romanistas siguen proponiendo etimologías romances imposibles, y los más se empeñan en buscar el origen en Italia.

La palabra lancha no está en el Diccionario.
leño Éste, lat. LէGNUM, ha dado el cast. leño ‘trozo de árbol cortado’ [APal. «caupillus es leño cavado, como barqueta o copanete» 67b, 1544; Nebr., etc.], ‘embarcación semejante a la galeota’ [1430, Woodbr.]. La palabra leño no está en el Diccionario.
nave NAVE, del lat. NAVIS ‘barco, nave’.

1.ª doc.: orígenes del idioma (Cid; ‘naveta litúrgica’, doc. de 986, Oelschl.).

Es bastante usual en todas las épocas

La palabra nave no está en el Diccionario.
paquebot paquebot o paquebote [-ot y -ote los emplea Fco. Palau, La Vida de Fray Junípero Serra, Méjico 1787, p. 58 (y paquebotillo en p. 10), y están ya en un diario marítimo de 1775, según me comunica el prof. Sean Page], adaptación oral del ingl. packboat íd., compuesto de pack ‘paquete de cartas, etc.’ + boat ‘barco’ La palabra paquebot no está en el Diccionario.
patache PATACHE, ‘aviso, buque de guerra ligero’, forma afrancesada del cast. antic. pataxe, de origen incierto; probablemente tomado del ár. baƫâš ‘nave de dos mástiles’, que parece ser variante de baƫƫâš ‘rápido’, ‘activo, pronto’, ‘fuerte, valiente’.

1.ª doc.: pataje, 1526, Woodbr.; patax, 1566, en autor italiano, como forma española; pataxe (1 vez) y patage (4 veces), 1582, Jal, pp. 1142, 170, 680; patache, 1591, Percivale; patays y plur. pataysos (varias veces) en la carta impresa (Barcelona, 1565) sobre la expedición de Legazpi a las Filipinas.

La palabra patache no está en el Diccionario.
pinaza Pinaza [Berceo]; en este autor figura rimando con palabras en -z- sonora, pero en Apol., las Partidas y la 1.ª Crón. Gral. va con ç (Cuervo, Obr. Inéd., 395), lo cual es indicio de procedencia forastera; sin embargo no parece tomado del cat., donde no me es conocido el vocablo2 y la fecha tardía del mismo en it. [1588, en Zaccaria, 496], así como la vacilación pinazza: -accia en este idioma, parecen indicar que no es voz antigua en el Mediterráneo; tampoco puede venir del port., dada la forma pinaça [1326] y no *pinhaça; por el contrario, fué siempre muy vivo en cast. (1582, 5 1611, en Jal, 1175), también en ingl. [S. XV], fr. [1461], y la documentación alude repetidamente a Bayona y Vizcaya; quizá, a pesar de la fecha más tardía de la documentación encontrada en francés, sea palabra bordelesa o de la costa occidental del territorio lingüístico francés (comp. dos testimonios medievales relativos a Bayona en Levy; sin embargo no será propiamente gascona, pues entonces deberíamos tener *piasse y no pinasse, como se lee ahí y en Palay); comp. Diz. di Mar., s. v.; Vidos, ZFSL LVII, 4-6. [s. v. pino] La palabra pinaza no está en el Diccionario.
pingue PINGUE, probablemente tomado del fr. pinque, voz internacional de los mares septentrionales, de origen incierto, probablemente germánico.

1.ª doc.: Aut.

Definido «embarcación de carga, cuyas medidas ensanchan más en la bodega, para que quepan más géneros». Una variante pinco figura en Aut., como equivalente de ‘flibote’.

La palabra pingue no está en el Diccionario.
pino PINO, del lat. PINUS íd.

1.ª doc.: como nombre propio en la 2.ª mitad del S. XII (Oelschl.); nombre común, J. Ruiz.

De uso general y común a todos los romances (salvo el port., que emplea pinheiro, y sólo pinho como nombre de la madera de pino o de una nave1

Diccionario histórico del español de Canarias
piragua PIRAGUA, de la lengua caribe.

1.ª doc.: 1535, Fz. de Oviedo.

Donde declara «usan estas canoas tan grandes o mayores, como lo que he dicho, e llámanlas los caribes piraguas».

Diccionario histórico del español de Costa Rica
polacre POLACRA, término náutico mediterráneo de origen incierto; en castellano se tomó del cat. pollacra (también pollaca), quizá derivado del lat. PŬLLUS ‘animal joven’, con la terminación de CARRACA.

1.ª doc.: polacre, 1709, Tosca (Aut.); polacra, Acad. ya 1817.

La palabra polacra no está en el Diccionario.
saetia SAETÍA, ‘cierto tipo de embarcación latina’, probablemente se tomó del ár. šaȳƫîya íd., sufriendo en romance el influjo de saeta.

1.ª doc.: Partidas.

Donde se dice que entre las naves «otras hay menores a que dicen galeotas, et taridas, et saetías et zabras…» (II, xxiv, ed. Acad. II, 264).

La palabra saetia no está en el Diccionario.
sultana Sultana [Aut.]. [s. v. sultán] La palabra sultana no está en el Diccionario.
tafurca Tafurea [2.° cuarto S. XV, Díaz de Gámez, Pero Tafur; «tafurea para passar cavallos: hippagium» Nebr.], del ár. taȳfūrîya ‘plato hondo’, seguramente tomado por conducto del cat. tafurea [-eya, 1415] ‘especie de nave’, desde donde el vocablo se propagó hasta el francés [1365], hasta el griego cipriota [1340], en la época de la dominación catalana en Grecia, y a otras lenguas europeas; V. el trabajo de H. y R. Kahane, Estudios M. P., 1950, I, 75-89. [s. v. ataifor] La palabra tafurea no está en el Diccionario.
tartana TARTANA, ‘embarcación menor, de vela latina’ (y de ahí ‘cierto carruaje de dos ruedas’), tomado del oc. tartano íd., oc. ant. tartana ‘cernícalo’, que es el sentido propio del vocablo, probablemente de origen onomatopéyico, por la voz de esta ave.

1.ª doc.: 1607.

Oudin en su ed. de esta fecha: «tartano: nasselle a pescher, un bachot»; en la ed. 1616 admite las dos formas «tartana o tartano», y da ya la traducción francesa tartane, que es la más antigua documentación del vocablo en francés.

La palabra tartana no está en el Diccionario.
trirreme
urca URCA, del fr. hourque, de origen germánico, probablemente del neerl. med. hulke.

1.ª doc.: 2.° cuarto S. XV.

Ya aparece repetidamente en el Victorial (ed. Carriazo, pp. 253, 256, 258, 271), escrito en esta época.

La palabra urca no está en el Diccionario.
vaso VASO, del lat. vg. VASUM, lat. VAS, -IS, ‘vasija’.

1.ª doc.: Berceo.

Es frecuente ya en docs. de los SS. X y XI (Oelschl.), pero quedamos en duda acerca de si el escriba quería escribir latín o cast.

La palabra vaso no está en el Diccionario.
vela VELO, del lat. VୱLUM ‘velo’, ‘tela, cortina’, ‘vela de navío’.

1.ª doc.: orígenes: Glosas Emilianenses, 115 (escrito malamente vello); Berceo.

De uso corriente en todas las épocas […] En latín VୱLUM, además de ‘velo’, ‘tela’, significaba ‘vela de embarcación’; en esta última ac. solía emplearse en plural, VୱLA, según es natural por el significado, y de ahí ha venido el cast. vela [Apol., 261a; J. Ruiz].

Diccionario histórico del español de Canarias
xabeque Jabeque [Aut., xabeque, como embarcación muy usada en el Mediterráneo, especialmente por mallorquines e ibicencos], del mismo origen que el cat. xabec, port. enxabeque [S. XV], fr. chébeck, a saber del ár. vg. šabbâk [S. XIII], derivado de šábaka ‘red’: fué antiguamente una barca de pescar y posteriormente una embarcación costanera o un pequeño navío de guerra; vid. Dozy, Suppl. I, 723a (que rectifica el Gloss. del mismo autor), Jal (s. v. chabek y enxabeque); la Acad. desde 1899 cita jábega como nombre de una embarcación de pesca semejante al jabeque, pero más pequeña3. La palabra xabeque no está en el Diccionario.

Javeques en un documento del Arsenal de Cartagena (1783):

XABEQUE en el DRAE (1.ª ed.: 1780):

JABEQUE en la 5ª ed. del DRAE (1817):

Sobre el vocabulario de la navegación (náutica, ingeniería naval y áreas afines), puede consultarse Carriazo Ruiz (2018).

  1. Resultados y discusión

En cuanto al significado de las unidades léxicas definidas mediante el clasificador semántico embarcación, se deben distinguir primeros los seis sinónimos, o casos de hiperonimia-hiponimia simétricas, que son: barco, bajel, nave, pino, vaso y vela; estas tres últimas, además, ejemplos de sinécdoque. Todos son latinismos, a excepción del catalanismo (según DECH) o galicismo (según DHLE1960-1996) bajel.

Los restantes cuarenta sustantivos corresponden a hipónimos, ya que designan clases, géneros o tipos de barcos, embarcaciones o naves. El grupo etimológico más numeroso está formado por una docena de orientalismos: albatoza, armadia, balandra (en realidad un galicismo producto del cruce del neerlandes/francés y el turco palandra), caramuzal, caravana (‘navíos que navegan en conserva’, un colectivo más que un tipo de embarcación, de origen persa), faluca (falúa), lancha (del malayo a través del portugués), patache, saetia, sultana, tafurca (errata por tafurea) y xabeque; a los que se podrían sumar los helenismos chata y galera (14 orientalismos en total). El resto son los cinco galicismos bote (del inglés a través de fr. antiguo o gasc.), pinaza («quizá, a pesar de la fecha más tardía de la documentación encontrada en francés, sea palabra bordelesa o de la costa occidental del territorio lingüístico francés», según el DECH), pingue, tartana («del oc. tartano íd., oc. ant. tartana ‘cernícalo’», DECH: s. v. tartana) y urca (5); los tres catalanismos bergantin, escorchapin y galeaza (3); los indigenismos canoa y piragua (2); el anglicismo paquebot (1); el latinismo patrimonial leño («‘embarcación semejante a la galeota’»); el lusismo carabela (1); balsa, de origen prerromano (1); los derivados barca, barcaza chinchorro, del mozarabismo chinche (3), y los dos nombres de embarcaciones con origen incierto: buzo (DHLE, 2013-: s. v.) y polacre (2). En total 33 voces con etimología conocida, probable o incierta.

Aparte quedan algunos presuntos fantasmas lexicográficos: balsilla, bucentoro, cañamiz, carcoa, carda, cardita y trirreme (siete), cuya condición de tales dilucidaremos en la discusión, antes de presentar las conclusiones sobre los nombres de embarcaciones en el Diccionario de autoridades, ya que «ocurre que en los diccionarios, incluso en los más comunes, se incluyen voces o acepciones sobre las que existen fundadas sospechas de que nunca han sido empleadas» (Álvarez de Miranda, 1984: 136). En resumen, tenemos seis sinónimos de ’embarcación’ más 33 voces con etimología conocida, probable o incierta y siete sospechosos fantasmas.

Dejemos de momento a un lado la cuestión etimológica. Lo esencial, ante cualquier entrada o cualquier acepción del diccionario común, es preguntarse desde cuándo está ahí, y, a ser posible, por qué está (Álvarez de Miranda, 2023: 15).

Antes de presentar las conclusiones sobre el tratamiento de los nombres de embarcaciones en el Diccionario de autoridades, repasaremos los siete presuntos fantasmas lexicográficos: balsilla, bucentoro, cañamiz, carcoa, carda, cardita y trirreme, cuya condición de tales se trata de aclarar mediante la consulta del CDH y del NTLLE, pues «el material acumulado ha permitido en ocasiones detectar la presencia de textos espurios tanto en los diccionarios académicos “de autoridades” (el de 1726-39 y los inconclusos de 1770 y 1933-36) como en otros repertorios no académicos» (Álvarez de Miranda, 1984: 136).

4.1. balsilla

Según el corpus académico, la historia de balsilla comprende el periodo 1548-1701, y se recoge en los diccionarios académicos (desde las dos ediciones de Autoridades, 1726 y 1770, hasta la undécima edición del DRAE, 1869) y no académicos de los siglos XVIII y XIX (incluidos Terreros, 1786; Núñez de Taboada, 1825; Salvá, 1846; Castro y Rossi, 1852; Domínguez, 1853, y Zerolo, 1895), de acuerdo con el NTLLE. El caso de balsilla resulta particular, pues el CDH muestra que su uso llega hasta 1701, aunque su permanencia en el DRAE hasta 1869 señala la decisión de la Academia de eliminar los diminutivos de sus diccionarios a partir de la duodécima edición (1884) como la causa de su desaparición en el DRAE. Se trata de un diminutivo más que de un hipónimo o designación de un tipo o género de embarcación, como muestran tanto su presencia en el CDH como su historia lexicográfica, obviamente.

4.2. bucentoro

La historia de bucentoro va de 1534 a 1786 en el CDH y de 1721 (Bluteau) a 1936 (DHLE) en el Tesoro académico. Mientras la forma bucentauro aparece una sola vez en el corpus académico, en 1589, la variante Bucentauro presenta concordancias entre 1861 y 1995. La historia lexicográfica de bucentauro va del Diccionario de autoridades (1726) al DHLE (1936), según el NTLLE.

El DME de 1831 incluye bucentoro (como equivalencia en italiano del español bucentauro, en la página 114 y, como parte de un lema doble —«BUCENTAURO ó BUCENTORO»—, en las «Adiciones y rectificaciones a los artículos del diccionario», página 171 de la numeración que se inicia después del suplemento, pp. 569-584) y trirreme («TRIRREME. s . m . TRIRREMIA . s . f. ant . A. N. Galera de tres órdenes de remos. = Fr . Trireme. = Ing . Trireme. = lt . Trireme », p. 538), pero no trae balsilla, cañamiz, carcoa, carda ni cardita. En estos cinco casos, a diferencia de lo que sucedió con amarrazón, la Academia no «hizo caer en la trampa incluso a[…]l excelente Diccionario marítimo español» (Álvarez de Miranda 1984: 140). Tampoco las incluye el Diccionario español de la lengua franca mediterránea, de Pedro Fondevila Silva, quien solo trae bucentauro: «(*)[1] Embarcación de remo, grande y ostentosa, ricamente adornada, en la cual celebraba el Dux de Venecia su desposorio anual con el mar Adriático. [Lorenzo, 1864]» (2011: 118), junto a dos citas de Duque de Estrada, 1956; además, justo antes, se remite a esta entrada en la variante «Bucentauro(*). V. Bucentoro. [Lorenzo, 1864]». Las dos citas corresponden a las siguientes documentaciones del CDH:

  1. «Éste es día en que sale todo el Senado de Venecia en una galeaza llamada Bucentoro, en la cual van los forzados, a diez por remo, vestidos de damasco, debajo de cubierta»
  2. «cubierta de brocado finísimo, guarnecido de oro, y todo de dentro y fuera hecho un ascua de oro, de adonde toma el nombre de Bucentoro y testunzato (o revocado de oro o cubierto)»

Correspondientes a «1607-1645 DUQUE DE ESTRADA, DIEGO, Comentarios del desengañado de sí mismo. Vida del mismo autor [España] [Henry Ettinghausen, Madrid, Castalia, 1982] Novela», que el diccionario murciano identifica como «Duque de Estrada, Diego. Memorias de Don Diego Duque de Estrada. Edición de José María de Cossío y Martínez Fortún. Madrid: Ediciones Atlas, 1956» (2011: 490). El manuscrito puede consultarse en la Biblioteca Digital Hispánica.

En resumen, podemos descartar que Bucentauro y Bucentoro sean fantasmas lexicográficos puestos en circulación por Autoridades en 1726, ya que se trata de un nombre propio de una embarcación, por su uso ceremonial, singular y particular, por lo que se escribe con mayúscula inicial en los Comentarios del desengañado de sí mismo de Diego Duque de Estrada, tanto editados por Cossío y Martínez Fortún (1956) como en la edición de Henry Ettinghausen para Castalia (1982).

4.3. cañamiz

Ningún ejemplo aporta el CDH para cañamiz, recogido solamente, según el NTLLE, en Autoridades (1729), Terreros (1786: «cierto jenero de embarcacion, a modo de fusta, que usan en Indias. Fr. Espece de chaloupe. Lat. Lembus»), Castro y Rossi (1852: «s. m. Especie de chalupa en Indias»), Zerolo (1895: «Mar. Embarcación usada en las Indias») y DHLE (1936). Tanto el histórico («A. Herrera, Hist. Gen. de Indias, décad. 3, lib. 1, cap. 9») como Autoridades («HERR. Hist. Ind. Decad. 3. lib. 1. cap. 9. Otro día llegaron tres navíos del Rey, que llaman Cañamíces, a manera de fustas, con las próas doradas») traen la misma cita de la tercera década (libro 1, capítulo 9) de la Historia general de Indias de Herrera. En definitiva, tanto el histórico de 1936 («A. Herrera, Hist. Gen. de Indias, décad. 3, lib. 1, cap. 9») como Autoridades («HERR. Hist. Ind. Decad. 3. lib. 1. cap. 9. Otro día llegaron tres navíos del Rey, que llaman Cañamíces, a manera de fustas, con las próas doradas») traen la misma cita de la tercera década (libro 1, capítulo 9) de la Historia general de Indias de Herrera, correspondiente a la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas i tierra firme del mar oceano / escrita por Antonio de Herrera coronista mayor de su Md. de las Indias…; en quatro Decadas de Antonio de Herrera y Tordesillas (1559-1625), impresa en 1601 y ¿digitalizada en la Biblioteca Digital Hispánica?

El texto de la primera década se incluye en el CDH: «1601 HERRERA Y TORDESILLAS, ANTONIO DE, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme. Década primera [España] [Ángel de Altolaguirre y Duvale, Madrid, Real Academia de la Historia, 1934-1935] Historia», pero la cita, al localizarse en la tercera, libro 1, capítulo 9 (Herrera & Cuesta Domingo, 1991: tomo II, 247-249): De lo que sucedió a los que buscaban la especiería y que desampararon a Juan Serrano y que llegaron a Borney (1521), no se recupera, por tanto, del corpus académico: «Otro día llegaron tres navíos del Rey, que llaman cañamices, a manera de fustas, con las próas doradas como cabezas de sierpes, para saber qué navíos eran aquéllos, y qué querían» (Herrera & Cuesta Domingo, 1991: II, 248). No obstante, esa misma forma del plural se documenta dos veces en el CDH:

  1. «El dia 9 fueron á las naos tres navios del Rey de Borneo, que les llaman Cañamices, y eran como fustas con proas doradas de figura de cabezas de sierpes»
  2. « y creyeron que eran de mercancías que querían entrar en la ciudad; pero en breve descubrieron mas de ciento y cincuenta cañamices que de dentro iban á las naos, por lo cual se levaron estas con mucha priesa y dieron la vela»

Ambas citas en “1837 FERNÁNDEZ DE NAVARRETE, MARTÍN, Viajes al Maluco de Hernando de Magallanes [España] [Madrid, Imprenta Nacional, 1837] Turismo”, muy posiblemente tomadas de la Historia de Antonio de Herrera y Tordesillas. El encuentro con las naves del rey de Borneo se narra asimismo en la Relación de Pigafetta. La primera cita de Fernández de Navarrete y la de Antonio de Herrera que recogen los diccionarios corresponde a la página 112 en la edición italiana (1800) de la relación de Pigafetta preparada por Amoretti: «Nel giorno seguente il Re di quell’isola mandò alle navi un prao molto bello con prora e poppa fregiate d’oro», a su vez trasladada al francés en la página 138 de la traducción publicada en 1801: «Le jour suivant, le roi envoya aux vaisseaux une assez belle pirogue dont la proue et la poupe étoient ornées d’or». El prao del italiano corresponde con el parao del DME: «s . m . A. N. Segun los diccionarios tenidos a la vista , barco pequeño de las mares de la China é Indias orientales, bastante parecido al junco en su aparejo, con alguna corta diferencia . = Fr. Parao. = Ing . Parao. = It . Parao», mientras que pirogue equivaldría al castellano piragua (DHLE: s. v. piragua).

4.4. carcoa

Tampoco hay ejemplos en el CDH de la forma carcoa, con entradas en Autoridades 1726, las dos primeras ediciones del DRAE (1780, 1783), Terreros (1786), Salvá (1846), Gaspar y Roig (1853), Domínguez (1853 y 1869, suplemento) y Zerolo (1895), hasta el DHLE (1936). En esta entrada, la cita de Autoridades («ARGENS. Maluc. lib. 1. fol. 6. Havían mirado el naufragio y remando en una carcóa llegaron con la presa cierta sobre los que apenas estaban libres de él») corresponde a la Conquista de las Islas Malucas (Madrid: Alonso Martin, 1609) de Bartolomé Leonardo de Argensola (1562-1631), que se encuentra digitalizada en la Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico, con la cita en la página 6 del libro primero:

Al tratarse de un hápax y a la vista del contexto, ¿sería una errata del impreso por canoa?

4.5. carda

En el CDH, tras revisar los 211 casos en 111 documentos del sustantivo lematizado carda, no se ha hallado ningún ejemplo que designe una embarcación, sino diversos instrumentos para cardar o desbastar, así como varios usos en germanía. De acuerdo con los datos del NTLLE, el nombre de embarcación pasa de Autoridades (1729) al DRAE (1780, 1783, 1791, 1803, 1817, 1822, 1832, 1837, 1843, 1852, 1869, 1884, 1899, 1914, 1925 —no en el manual de 1927—, 1936 -usual e histórico-, 1939, 1947 —no en el manual de 1950—, 1956, 1970, 1984, 1992, 2001), Terreros (1786), Núñez de Taboada (1825: «ant. Especie de galeota»), Salvá (1846: «ant. Especie de embarcación semejante a la galeota»), Castro y Rossi (1852: «(Ant.) Segun la Academia, barco semejante a la galeota»), Domínguez (1853: «Mar. ant. Especie de embarcación parecida a la galeota»; Suplemento: «Se llamó en la marina antigua una especie de galeota»; Suplemento, 1869: idem), Gaspar y Roig (1853: «Mar. ant.: especie de embarcación parecida a la galeota»), Zerolo (1895), Pagés (1904), Alemany y Bolufer (1917) y Rodríguez Navas (1918). La acepción «5. f. ant. Especie de embarcación semejante a la galeota» ya no se recoge en el DLE (2014, versión electrónica 23.8.1) y todos los repertorios con autoridades desde 1729 hasta 1936, incluidos Zerolo y Pagés, traen la misma cita: «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 33. E dicenles nombres, porque sean conoscidos: assí como caracóes, y bucos, y cardas y tacas, y leños, y halóques, y barcas», como señaló Pedro Álvarez de Miranda que ocurría en el caso de amarrazón: «al prestigio de la Academia —reconocido o no— se añadía en este caso el del aval cervantino, cuya veracidad nadie se molestó en comprobar, y por supuesto el prurito de los lexicógrafos de no ser menos que los demás por lo que a caudal léxico inventariado se refiere» (Álvarez de Miranda, 1984: 140).

4.6. cardita

Algo muy similar ocurre con el diminutivo cardita. El CDH no contiene ningún ejemplo; mientras que el NTLLE registra entradas desde Autoridades (1729) en DRAE (1780: «s. f. d. ant. de carda, especie de embarcación. Navicula», 1783: idem, 1791, 1803, 1817), Terreros (1786: «antic. era una embarcación pequeña, V.»), Salvá (1846: «f. dim. de carda, especie de embarcación»), Domínguez (1853: «s. f. Mol. Género de moluscos de las conchíferas dimiarias, familia de las cardiáceas»; suplemento: s. v. cárdita «Ant. Era una embarcación pequeña»; 1869, suplemento: idem), Gaspar y Roig (1853: «s. f. Zool.: género de moluscos conchíferos…»; 1879, sumplemento: «f. Mol. Género de moluscos de las conchíferas…») y Zerolo, 1895: «—2. Mar. Especie de embarcación antigua. “…a que dicen galeotas é carditas.” (Doctr. de Cab.)». El DHLE1936 trae esa misma autoridad: «Cartegena. Doctr. de Caballeros, lib. 1, tít. 8, ed. 1487, f. 34», como Autoridades: «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 34. A estas llaman galéas grandes y menores, a que dicen galeotas y cardítas».

De hecho, carda y cardita se documentan respectivamente en «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 33. E dicenles nombres, porque sean conoscidos: assí como caracóes, y bucos, y cardas y tacas, y leños, y halóques, y barcas» / «Cartagena, Doctr. de Caballeros, ed. 1487, p. 86» y «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 34. A estas llaman galéas grandes y menores, a que dicen galeotas y cardítas» / «Cartagena, Doctr. de Caballeros, lib. 1, tít. 8, ed. 1487, f. 34». Las citas corresponden al folio XXXIIIv del ejemplar digitalizado en la BDH:

y al XXXIVr:

4.7. trirreme

Por último, en el CDH se encuentran 28 casos de trirreme (lat. trĭ-rēmis «a vessel with three banks of oarsa trireme», Lewis & Short, Perseus Digital Library) en 23 documentos, todos ellos contemporáneos: uno del siglo XIX, 1827, y el resto del XX, entre 1909 y 1995. El NTLLE registra entradas desde Autoridades (1739) en el DRAE (1884, 1899, 1914, 1925, 1927 —manual—, 1936, 1939, 1947, 1950 —manual—, 1956, 1970, 1985 —manual—, 1984, 1989 —manual—, 1992, 2001, 2014), Zerolo (1895, con ejemplo de Pinc.), Toro y Gómez (1901: «m. ant. Mar. Embarcación de tres órdenes de remos»), Alemany y Bolufer (1917), Rodríguez Navas (1918) y Pagés (1931), con el mismo ejemplo que Zerolo de Alonso López Pinciano: «O cuantos embarcó la vana muerte / Este mísero día en su trirreme». Ambos lexicógrafos toman la cita de Autoridades:

TRIRREME. s. m. Embarcacion de tres remos por banda. Es del Latino Trirremis, y tiene poco uso. PINC. Pelay. lib. 6. f. 76.
O quantos embarcó la vana muerte
Este misero dia en su
 trirreme.

Tampoco, por tanto, el latinismo trirreme, puesto en circulación por la Academia en su primer diccionario, resulta un fantasma lexicográfico, aunque su uso solo se difunde en español durante el siglo XX, según el CDH, y desaparace de los diccionarios hasta que se recupera en la duodécima edición del DRAE (1884):

Trirreme
(Del lat. trirēmis.)
m. Mar. Embarcación de tres órdenes de remos, que usaron los antiguos.

<https://edrae1884.uab.cat/edicion/>

  1. Conclusiones e hipótesis

No se equivocaban los académicos, pues, al introducir cañamiz, carcoa, carda y cardita como nombres de embarcaciones en el Diccionario de autoridades. No hay, por tanto, fantasmas léxicos o lexicográficos en nuestro pequeño corpus. Evidentemente, ni Bucentoro ni, quizás, balsilla deberían tampoco aparecer como nombres de embarcaciones genéricos o comunes en el diccionario usual; la única excepción posiblemente sería trirreme, por su condición de historicismo.

Esperemos que algún día la[s] recoja el tercer intento —electrónico— de diccionario histórico académico. Pero nada más» (Álvarez de Miranda, 2023: 23). Quizás, eso sí, nos encontremos ante algunas “palabras de diccionario”, como gañil, que no es «una palabra fantasma en español, pues no podría demostrarlo de modo categórico. Pero sí, ante la penuria documental, que estamos ante un caso típico de “palabra de diccionario”, de voz a la que difícilmente alcanza a insuflar vida su reiterada inclusión en ellos (Álvarez de Miranda, 2007: 108).

Las conclusiones en su conjunto se alinean con uno de los objetivos secundarios del DHLE: la elaboración de taxonomías, «que se van construyendo a medida que se elaboran los diferentes artículos» (Campos Souto, 2020: 296) para ir formando una ontología general, denominada DHistOntology (Molina Sangüesa, 2023: 229; Molina Sangüesa, 2022: passim), que dará lugar al tesauro histórico de la lengua española. Esta comunicación pretende contribuir a esa tarea mediante la cuantificación ede hiperónimos e hipónimos a partir del análisis de un clasificador semántico y las voces con él relacionadas en el Diccionario de autoridades (1726-1739). Además, aún quedaría analizar los otros hiperónimos en profundidad para completar este tramo de la ontología del vocabulario histórico del español, lo cual podría arrojar luz sobre las fuentes especializadas empleadas por los académicos para la elaboración del diccionario académico (véase Freixas Alás, 2010: 374; Arribas González, 2024).

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TDHLE = Real Academia Española (2021): Tesoro de los diccionarios históricos de la lengua española. Fecha de consulta: 30/5/2026.


[1] «Cuando la palabra, acepción o forma ortográfica no aparece en el DRAE, lo indicamos mediante el símbolo (*) colocado a continuación de aquella» (2011: 36).

El documento y el archivo

Según Alessandro Duranti, a los etnógrafos les interesa lo que hace la gente en su vida diaria, qué fabrican y qué usan, quién controla el acceso a los bienes y tecnologías (incluida la comunicación a distancia mediante la escritura); qué sabe la gente, qué piensa, qué siente; cómo se comunican unos con otros, cómo toman las decisiones, cómo clasifican los objetos, los animales, las personas, los fenómenos culturales; cómo organizan la división del trabajo, cómo se gestiona la vida de la familia/el hogar, etc. Esto mismo interesa a los historiadores del vocabulario y de los diccionarios, pues con la lengua se hacen casi todas esas cosas: se organiza la vida de la comunidad, la división del trabajo; se clasifican y se nombran los objetos, se toman decisiones, se comunican unos con otros y cada cual expresa lo que sabe, piensa y siente. Mediante la lengua se controla el acceso a los bienes y tecnologías, se fabrican y crean artefactos que a su vez se nombran, y la lengua sirve para organizar las actividades diarias y extraordinarias de la comunidad, en las que cada individuo participa utilizando la lengua como santo y seña de su identificación como miembro de la comunidad. Ya lo dijo el filósofo: los límites de mi vida son mi lenguaje, y los límites de una comunidad de habla son sus usos lingüísticos. En muchos casos, una sola palabra puede servir de shibboleth: voces cuyo uso resulta indicativo de la pertenencia a la comunidad, de la participación en lo colectivo, del lugar ocupado por el emisor en la estratificación social… En palabras del etnolingüista italiano Gabriele Costa: si pensamos en la cultura como un medio de gestionar la continuidad de la vida del grupo (que no es finito en el tiempo; al menos, no lo es como lo es el individuo), el papel de la comunicación se nos aparecerá súbitamente como fundamental. Como crucial debe entenderse, asimismo, su importancia para la construcción y el mantenimiento de cualquier comunidad y para la gestión de la vida cotidiana de todo individuo identificado como parte de esa comunidad cualquiera. Es decir, la lengua es mediadora entre el sujeto caduco y la perennitud del grupo al que pertenece o con el que se quiere identificar. La lengua no es un componente más de la cultura, sino sencillamente su vehículo principal, y cualquier identidad lingüística puede percibirse como la perfecta vehiculización para una identidad cultural, política y social, o para muchas, como en el caso del español.

El translingüismo propone que un individuo multilingüe es capaz de gestionar su vida cotidiana en muchas comunidades culturales distintas mediante lenguas diferentes (bilingüismo o plurilingüismo individual). Una sociedad también puede ser multilingüe y utilizar distintas lenguas para distintos fines (diglosia, bilingüismo o plurilingüismo social). Todas las culturas europeas han sido plurilingües de algún modo, generalmente peculiar, o de distintos modos en distintos momentos de su historia. La cultura hispánica y las sociedades hispanohablantes, por ejemplo, siempre han contado con el latín para distintos fines a lo largo de su historia (notariales, legales, ceremoniales, litúrgicos, científicos, académicos, según el momento y la circunstancia), mientras que la lengua española no ha dejado de convivir, desde sus orígenes alrededor de 1500, con otros sistemas lingüísticos en algunas comunidades culturales, tanto en Europa como en África, América, Oceanía o Asia. Imagino que en las bases científicas de la Antártica, en las chilenas, en las argentinas y en las españolas al menos, el castellano estará en relación con otras lenguas, seguramente con el inglés al menos. Estas situaciones de contacto translingüístico producidas en comunidades bilingües o plurilingües, con escenarios diglósicos que dependen de factores culturales e históricos en cada sociedad y momento, permeabilizan más o menos las fronteras lingüísticas y permiten, según la época, el préstamo léxico; de la misma forma, los contactos entre áreas culturales posibilitan, en determinadas circunstancias, lo que los antrópologos clásicos denominaron préstamos culturales.

Etnohistoria y documentación

El etnohistoriador del préstamo cultural, por ejemplo, adopta un enfoque y una metodología filológicos para analizar las culturas en el pasado cuando emplea documentos antiguos como fuentes, aunque también puede recurrir al registro arqueológico. De hecho, como explica James Turner, tanto la lingüística como la antropología y el resto de las humanidades del siglo XX hunden sus raíces metodológicas en la filología del XIX, entendida como ciencia histórica de la escritura y de la lectura, es decir descriptiva, comparativa, hermenéutica, analítica y sintética. Una buena definición de la filología es la de Karl Stackmann, quien ve en ella una ciencia que pone a nuestra disposición los textos del pasado y hace posible su comprensión. Diccionarios, gramáticas, historias de la literatura y ediciones ofrecen al gran público una ciencia que es cultural, política, social e histórica a la vez. Las ediciones de textos escritos en una o varias lenguas, las historias de las literaturas nacionales y las de la literatura universal, las gramáticas de una lengua y las gramáticas comparadas, los diccionarios monolingües y plurilingües comparten con el registro arqueológico su ontología de objetos, realizaciones humanas y artificiales, personales o colectivas, que acarrean consigo todo el contexto del momento en que se –y de las personas quienes las– fabricaron. Son, asimismo, realizaciones de la ciencia filológica y encierran, por tanto, un saber lingüístico sobre el pasado que permite analizarlas como fenómenos culturales, realizaciones individuales o colegiadas pero que contienen entidades pertenecientes a la colectividad como identidad cultural y lingüística. Por tanto, documentos, textos literarios, gramáticas y diccionarios pueden estudiarse desde un punto de vista histórico sociocultural. Es de lo que se encargan la etnolexicografía, la sociolingüística histórica y la historiografía lingüística: la relación entre la sociedad y el diccionario y entre la historia sociocultural y la filología entendida como la ciencia encargada de hacer comprensibles los textos del pasado. También son expresiones de una ideología o de una Weltanschauung, de una manera de ver el mundo y de estar en él, reflejo de la posición del autor o autores en la estratificación social y sus conexiones con las redes de poder, como estudian la glotopolítica, la pragmática histórica y la historia social de las lenguas.

Los monumentos de la filología son, precisamente, las ediciones de textos o crestomatías, las historias de la literatura, las gramáticas y los diccionarios. Los diccionarios y las gramáticas históricas construyen realidades que se replican recursivamente por el uso de los hablantes y se toman, a la vez, de ese uso. Los diccionarios etimológicos se encargan de la prehistoria de las palabras y la vida de los significados antes de llegar a la lengua; en estos monumentos, el objetivo es describir las palabras de una lengua antes de que perteneciesen o siquiera existiesen en el vocabulario de esa lengua. Un diccionario crítico y etimológico como el de Joan Coromines y José Antonio Pascual es una ventana al discurso de la historia del vocabulario de la lengua española, un monumento lexicográfico, y es, al tiempo, un texto que contiene un discurso metalingüístico e ideológico, un documento. Como monumento nos permite analizar el fenómeno cultural de la innovación y creación del vocabulario, el préstamo y el contacto intercultural; como documento, contiene un discurso científico, filológico, no exento de ideología y condicionado, como artefacto humano, por las circunstancias socioculturales de su redacción y la Weltanschauung de sus autores. Veremos muchos ejemplos a lo largo de los próximos capítulos.

El archivo y el discurso

La puesta en juego de los conceptos de frontera, de discontinuidad, de ruptura, de umbral, de límite, de serie, de transformación, plantea a todo el análisis histórico no solo cuestiones de procedimiento, sino problemas teóricos. Michel Foucault trata de resolver esos problemas en La arqueología de las cosas.

Hay que inquietarse ante esos cortes (fronteras) o agrupamientos (identidades, comunidades), a los cuales nos hemos acostumbrado hasta aquí en este libro. Esos cortes —ya se trate de los que admitimos, o de los que negamos— son a su vez hechos de discurso y merecen ser analizados al lado de los otros (los agrupamientos o identidades), con los cuales mantienen, indudablemente, relaciones complejas, pero que no son caracteres intrínsecos, autóctonos y universalmente reconocibles. Claro que no es exactamente lo mismo la historia de un concepto o préstamo cultural y la historia de una palabra, aunque se parecen mucho. Dice Foucault que la historia de una idea o de un concepto es «la de sus diversos campos de constitución y de validez, la de sus reglas sucesivas de uso, de los medios teóricos múltiples donde su elaboración se ha realizado y acabado», ¿no es algo muy parecido la historia de una palabra, que también se integra en varios campos de constitución y validez, tiene reglas de uso y fue realizada y acabada con medios teóricos múltiples? Los documentos se transforman en monumentos para el historiador contemporáneo, el análisis de los textos y del discurso se vuelve arqueología o descripción densa del documento y crítica del diccionario: «podría decirse, jugando un poco con las palabras, que, en nuestros días, la historia tiende a la arqueología, a la descripción intrínseca del monumento» (Michel Foucault: La arqueología del saber. Traducción de Aurelio Garzón del Camino. Madrid: Siglo XXI, 2009 [1969], páginas 16-17).

En la primera parte de este libro, acabamos de ver cómo la historia de la teoría antropológica, del pensamiento, de los conocimientos, de la filosofía, de la literatura parece multiplicar las rupturas y buscar todos los erizamientos de la discontinuidad; mientras que la historia propiamente dicha, la historia a secas, parece borrar, en provecho de las estructuras más firmes, la irrupción de las particularidades. Esa historia debe reconstruir, a partir de lo que dicen los documentos —a medias palabras a veces—, el pasado del que emanan y que ahora ha quedado desvanecido muy detrás de ellos. La historia ha cambiado de posición respecto al documento: no se atribuye como tarea primordial interpretarlo, ni tampoco determinar si es veraz y cuál es su valor expresivo, sino trabajarlo desde el interior y elaborarlo. Esto tiene varias consecuencias, según Foucault, que afectan a las fronteras como discontinuidades y a las identidades como agrupamientos: la multiplicación de las rupturas en la historia de las ideas, la reactualización de los períodos largos en la historia propiamente dicha, la centralidad y el protagonismo de la noción de corte en las disciplinas históricas. El tema y la posibilidad de una historia global comienzan a borrarse y se ven esbozarse los lineamientos, muy distintos, de lo que podría llamarse una historia general. La nueva historia encuentra cierto número de problemas metodológicos, muchos de los cuales —es indudable— le eran ampliamente preexistentes, pero cuyo manejo la caracteriza ahora: la constitución de corpus coherentes y homogéneos de documentos (corpus abiertos o cerrados, finitos o indefinidos), el establecimiento de un principio de elección (según se quiera tratar exhaustivamente la masa de documentos o se practique un muestreo en el archivo según métodos de determinación estadística, o bien se intenten fijar de antemano los elementos más representativos del discurso analizado); la definición del nivel de análisis y de los elementos que son para él pertinentes, la especificación de un método analítico; la delimitación de los conjuntos y de los subconjuntos que articulan el material estudiado (regiones, periodos, procesos unitarios); y la determinación de las relaciones que permiten caracterizar un conjunto (puede tratarse de relaciones numéricas o lógicas; de relaciones funcionales, causales, analógicas; puede tratarse de la relación de significante y significado).

En este capítulo final veremos algunos ejemplos de archivos físicos que contienen la historia del vocabulario escrita entre líneas en muchos de sus documentos. Asimismo, seguiremos navegando por los corpus textuales y los diccionarios de lengua española, casi todos en acceso abierto a través de internet. Nos fijaremos en algunos textos, para analizar cómo se construye el vocabulario a partir de la más antigua fecha de documentación de una palabra en el discurso de la lengua, en sus textos. Compararemos este dato del primer testimonio del uso de una voz peregrina con el que aportan los diccionarios históricos y etimológicos, para captar el momento de constitución, en el discurso idiomático, del segmento lingüístico marcado, desde su primera atestiguación, como una palabra, una voz peregrina, un préstamo, un calco, un exotismo, un internacionalismo, un particularismo, etc.

El documento y la literatura: la identidad del autor

Las identidades que hay que mantener en suspenso, según Foucault, son las que se imponen de la manera más inmediata: la del autor, la del libro y la de la obra. La constitución de una obra completa o de un opus supone cierto número de elecciones que no es fácil justificar ni aun formular: ¿basta agregar a los textos publicados por el autor aquellos otros que proyectaba imprimir y que no han quedado inconclusos sino por el hecho de su muerte? ¿Habrá que incorporar también todo borrador, proyecto previo, correcciones y tachaduras de los libros? ¿Habrá que agregar los esbozos abandonados? ¿Y qué consideración atribuir a las cartas, a las notas, a las conversaciones referidas, a las frases transcritas por los oyentes; en una palabra, a ese inmenso bullir de rastros verbales que un individuo deja en torno a él en el momento de morir y que, en su entrecruzamiento indefinido, hablan tantos lenguajes diferentes? La obra no puede considerarse ni como unidad inmediata, ni como una unidad cierta, ni como una unidad homogénea. Cuando trabajé, de joven e inexperto doctor, en la edición de las Obras completas de José Ortega y Gasset, tuvimos que afrontar toda esa serie de preguntas, en interminables sesiones de trabajo, que por suerte solían acaban con unas cañas por Chamberí. También es cierto que tuvimos que afrontar otros problemas crematísticos, legales, de salud y hasta el 11-M, lo que convertía ciertas cuestiones filosóficas en la batería de problemas más agradables y tratables con la que tuvimos que lidiar.

Veamos un ejemplo de la relación entre archivo y documento a la hora de construir la obra y la biografía de un escritor cualquiera, tomemos uno completo pero de segunda fila, y un texto inédito hasta el siglo XXI: La navegación del Alma de Eugenio de Salazar.

Este autor y esta obra nos van a servir para introducir el archivo como ente material y, desde hace bien poco, también virtual. Para conocer la obra de Salazar es necesario investigar los documentos del sevillano Archivo General de Indias, una de las colecciones documentales más importantes del mundo y quizás la más panhispánica de las que atesoran manuscritos en lengua española. Allí se conservan muchos documentos relevantes para la biografía del autor elegido, ya que fue un alto funcionario de la Monarquía, con etapas como fiscal en América que le obligaron a remitir informes periódicos a sus superiores. Esta condición de funcionario hace que se conserve abundante documentación para su biografía en el archivo sevillano. La digitalización de una parte, aunque mínima, de los fondos hispalenses nos permite, hoy, leer la biografía del autor novohispano en los documentos redactados por su propia mano. Podéis comprobrarlo aquí: Documentos para la biografía de Eugenio de Salazar <https://carriazo.hypotheses.org/953>. ¡No os olvidéis de clicar sobre los enlaces cuando lo leáis!

Luego volveremos a Sevilla, pero para conocer la obra de Salazar hay que visitar, además, la Biblioteca Nacional (donde se conserva el manuscrito de La navegación del Alma) y la Real Academia de la Historia, donde aun podemos encontrar parte de su obra en verso y prosa, además de su testamento poético. Para ver el manuscrito de La navegación basta con disponer de una conexión a internet y clicar sobre el enlace incluido en este post sobre las incógnitas filológicas del poema <https://carriazo.hypotheses.org/944>. Desde ese mismo post, podréis acceder también a las obras digitalizadas de su amigo el santanderino Diego García de Palacio, que forman parte del corpus del Diccionario de la ciencia y la técnica del Renacimiento, un léxico que no os podéis perder: DICTER 2.0 <http://dicter.usal.es/>. Asimismo encontramos documentos personales de Salazar y su esposa, su amada Catalina Carrillo, en otro gran archivo para la historia del panhispanismo: el Archivo de Protocolos de Madrid, en la antigua fábriza de cervezas El Águila, muy cerca de la estación de Delicias. La obra de Salazar es una muestra de la discontinuidad y fragmentariedad de lo aparentemente unitario: lo uno y lo diverso. La historia de la literatura, como la etnohistoria y la antropología histórica, no se puede hacer sin los textos y sin los documentos. No hay historia sin arqueología.

Las cartas y la sociolingüística histórica: la identidad del sujeto

Parte de la obra de Salazar está compuesta por cartas, algunas conservadas en la Real Academia de la Historia y otras en el Archivo de Indias sevillano. Volvamos a este archivo para centrarnos en las cartas de funcionarios, miles de ellas, dirigidas a las instituciones de la Monarquía (al rey, a sus consejos, secretarios, virreyes). Unas cartas muy especiales, por ejemplo, son las de residencia, en las que un burócrata rendía cuentas de lo ejecutado durante el desempeño de su cargo en el momento en el que iba a ser relevado y debían saldarse las cuentas entre el individuo y la colectividad. Las cartas, en general, son ejemplos de comunicación a distancia, por lo que las reticencias y las convenciones en la expresión ocupan buena parte del discurso. Estas circunstancias las hacen idóneas para el análisis de la construcción identitaria individual dentro del discurso colectivo: se trata de textos donde puede leerse la cultura, la política y la sociedad dominantes cuando fueron redactadas y remitidas. Muchas de esas cartas fueron enviadas desde la periferia al centro, de la frontera conflictiva o cooperante, según los casos, hasta el núcleo mismo del poder. La mayoría daban respuesta, a su vez, a requerimientos de la autoridad. La investigación del funcionamiento del poder colonial y del delineamiento de las individualidades mediante la construcción de identidades convierte a estas cartas en testimonios muy interesantes para la historia del discurso empoderado y, al tiempo, para la composición de perfiles individuales, por ejemplo para la escritura de biografías. Veamos cómo analizan los sociolingüistas estos documentos personales tan relevantes para la redacción de hojas de vida.

Dentro de un mundo como el presente, no es raro que el estudio de la identidad se haya convertido en un verdadero mantra de las ciencias humanas y sociales: ¡qué mejor medio que el lenguaje para dar cuenta de él! Por otro lado, esa identidad sociolingüística no es solo el reflejo de determinadas categorías (la procedencia geográfica o dialectal, el género, la condición social, etc.), sino a menudo también el resultado de una actitud consciente por parte de los individuos o sujetos, quienes, en el curso de sus interacciones verbales proyectan voluntariamente sus identidades. Ahora bien, encontramos casi siempre en la bibliografía sociolingüística algunas limitaciones sospechosas al dar cuenta de la identidad individual, de tal modo que esta parece restringida a los miembros de determinados grupos sociales. Si tomamos en consideración, por ejemplo, el factor de la edad, la sociolingüística histórica nos muestra que la construcción lingüística de la identidad parece básicamente privilegio de los más jóvenes. Cuando ya no son tan jóvenes, no es infrecuente verlos de vuelta al redil de lo sociolingüísticamente correcto, disminuyendo considerablemente el empleo de variantes vernáculas, en lo que se ha dado en llamar age grading.

En un experimento sociolingüístico sobre la variabilidad de las identidades lingüísticas individuales en un corpus de cartas autógrafas de varios escritores, el profesor José Luis Blas Arroyo (2017: 133) concluye que una clara mayoría —doce de los diecinueve autores de las cartas analizadas— puede calificarse como conservadora, ya que estos doce escritores responden a los patrones de variación característicos de las élites sociales, generalmente más reacias a la aceptación de variantes vernáculas. Por contra, los escritores que manifiestan un comportamiento más avanzado que el propio de la época en que vivieron son minoría. En resumen, los resultados obtenidos en el estudio del profesor Blas Arroyo muestran una nada desdeñable variabilidad entre perfiles sociolingüísticos de individuos que, por lo demás, pertenecieron a las elites socioculturales de los Siglos de Oro en España. En relación con las tendencias de cambio imperantes en cada momento histórico, estos escritores se dividen en tres grupos. Una mayoría corresponde, como hemos visto, a hablantes conservadores cuyo comportamiento en relación con las variantes vernáculas es siempre receloso y cuyas realizaciones avanzadas se sitúan en todo momento por debajo de la media en cada etapa histórica. Frente a estos se sitúan otros, de naturaleza más conformista y contemporizadora, dada su tendencia a seguir los patrones distribucionales característicos en cada momento. Por último, no faltan tampoco algunos (pocos) que se significan por una actuación innovadora en la redacción de sus cartas, repletas de soluciones vernáculas novedosas. Otro resultado destacado del experimento, con implicaciones potencialmente relevantes, es que no siempre se cumple la teoría del cambio generacional —o age grading—, según la cual la gramática interna de los idiolectos individuales se mantiene grosso modo estable una vez superado el umbral de la adolescencia y durante el resto de la vida de los sujetos.

Juguemos a las cartas y a la construcción de la identidad reflejada en los textos de un individuo, autor y funcionario, para lo cual tenemos que elegir a un personaje biografiable. ¿Qué les parece don Pedro Porter y Casanate? Luego cerraremos el capítulo con un único documento, pero ahora nos interesa más seguir jugando al personaje. Pero, ¿quién diablos fue don Pedro Porter y Casanate?

Todo lo que sabemos de don Pedro lo sabemos por sus textos, por su obra, por sus documentos, y por un cuadro que se conserva en la casa de gobierno de California, porque fue uno de los primeros gobernadores del estado (cuando no era estado ni existían los estados, ni unidos ni separados, entiéndase con propiedad). Había nacido en Zaragoza en abril de 1611 y en 1627 se vio obligado a abandonar la casa paterna y la universidad en circunstancias poco claras. Se fue a la costa e ingresó en la Compañía de Gaspar de Corassa, perteneciente a la Armada del Mar Océano y de la Guarda de las Indias, bajo el mando de su Capitán General don Fadrique de Toledo, marqués de Villanueva, quien lo recomendó a Felipe IV antes de 1634. Entre 1627 y 1635, sirvió en la guerra nunca declarada contra la piratería. Con dieciocho años, en 1629, participó en el ataque español contra dos bases pirata en el Caribe, donde la armada española capturó buques enemigos y a 2300 piratas ingleses, franceses y holandeses.

En 1632, Francisco Ortega y su piloto Esteban Carbonel emprendieron un viaje infructuoso a California. A su regreso, «se hacían lenguas de los tesoros californianos» y se suscitó una primera fiebre del oro, antecedente y modelo de las varias fiebres del vil metal que atraerían población al oeste norteamericano doscientos años después. Llevado quizás por estas noticias, en 1635 el ya capitán Pedro Porter y Cassanate llega por vez primera a la Nueva España para incorporarse a la «obstinada, prometedora y competida» aventura de la exploración del golfo de California. Al año siguiente, el virrey Cadereyta concede licencias simultáneas para descubrir a Francisco de Vergara, asociado con Esteban Carbonel (dieciséis de enero), y a Pedro Porter, asociado con Alonso Botello (veintirés de septiembre), licencias que son revocadas el once de noviembre del mismo año —Archivo General de Indias, Patronato: 31, Guadalajara: 133 y Archivo Histórico Nacional, Col. Fernández Navarrete, 2476—. En 1637, cuando Porter regresa a la corte para defender sus derechos sobre la exploración y conquista de California, cae en poder del pirata holandés Pie de Palo, quien lo mantiene prisionero en Curaçao durante dos años. Tras ser liberado, curiosamente por otros piratas (entre ellos el mulato Diego de los Reyes), consigue embarcarse sin sueldo, y sin identidad, en la flota de galeones de la plata que partía de Cartagena para España y llega finalmente a Madrid. En 1640, tras demostrar quién era, fue nombrado almirante, consiguió la licencia exclusiva de la exploración de California y llegó a ser caballero de la Orden de Santiago. Imprime por entonces, como pliegos sueltos —Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 2336, ff. 70-75—, la Relación en que se ciñen los servicios del Almirante Don Pedro Porter Casanate. Caballero de la Orden de Santiago, en un alarde discursivo de construcción identitaria: para demostrar quién era, escribió una especie de currículum.

Inmediatamente tras su regreso a América, en 1643, inició los trabajos de construcción de la flota que debía explorar el seno californiano, pero el veinticuatro de abril de 1644 un incendio intencionado destruyó los barcos y el astillero donde se preparaba la expedición. En 1647, el rey escribió a México interesado por las causas del retraso de la empresa y apoyando el nombramiento de Porter como gobernador de Sinaloa. Finalmente, entre el veintitrés de octubre de 1648 y el siete de enero del año siguiente, don Pedro recorrió las costas del golfo y sus islas, tomando «posesión por Vuestra majestad y por la corona de Castilla, de todas estas tierras, que llamé Nuevo Reino de Aragón». Como el Nuevo Santander fundado en las costas caribeñas de la Nueva España por el coronel José de Escandón y Helguera en la segunda mitad del siglo XVIII, el Nuevo Reino de Aragón californiano de Porter y Cassanate será devorado por la historia, las guerras y los incendios, y hoy ambos territorios están cruzados por una de las fronteras administrativas más desiguales e injustas del planeta. A finales de junio de 1649, emprendió su segundo y último viaje californiano, concluido sin éxito, pues la flota se dispersó y el barco del almirante Porter se enredó en el canal de Salsipuedes, de harto significativo nombre y mala fama. En 1655, don Pedro fue enviado al Perú, donde poco después también es desplazado el virrey de la Nueva España (el conde de Alba de Liste), quien lo nombra Capitán General de Chile al llegar a Lima. El veintisiete de febrero de 1662, a la edad de 51 años, tras siete de gestión en los que «tuvo que luchar contra piratas, mapuches y araucanos», falleció nuestro personaje en Concepción de Chile.

Se pueden seguir todas estas peripecias de la vida de Pedro en los archivos y documentos manuscritos, en las bibliotecas y los impresos que llevan su nombre y sirven para construir su carrera y su identidad. Con veintitrés años, un hijo ilegítimo, una carrera universitaria truncada y un oscuro porvenir, había publicado en Zaragoza el primer tratado matemático donde se habla de trigonometría en lengua española: el Reparo a errores de la navegación española. Conservamos muchas de sus cartas, como las que escribió al cronista mayor de Aragón, su amigo Andrés de Uztarroz, quien planeaba historiar las hazañas de Porter en California, y otros textos mucho más interesantes y creativos idiomáticamente, como una copia del original titulado «Relación de la isla de Curaçao i de los Piratas de las Indias, sacada de las relaciones originales de el Almirante Don Pedro Porter i Casanate, caballero del Orden de Santiago que estuvo preso en ella quatro meses», fechada por José Pellicer de Tovar el veintinueve de febrero de 1642.

La identidad lingüística de Porter se construye y refleja en sus textos. Sabemos que conocía el latín y que lo usaba como lengua franca para comunicarse con informantes europeos que desconocían el español. Lo cuenta en el Reparo a errores de la navegación española, cuando narra el apresamiento de la flota inglesa en San Cristóbal y Las Nieves (lo que hoy conocemos como Saint Kitts and Nevis, en el caribe angloparlante) y nos anuncia que: «contaré lo que advertí año de veynte y nueve en un inglés de los principales que salieron rendidos de las islas de San Christóval y las Nieves, supliendo en esta ocasión la lengua latina la falta que en mí haze la inglesa» (páginas 75-76). Lo que nos cuenta es nada menos que ¡la aplicación de la trigonometría al diseño de las cartas náuticas y la navegación antronómica! Lo jugoso de la anécdota del joven Porter, recién ex teenager, es que no entendía inglés, pero era capaz de comunicarse en latín. Podemos imaginar estas conversaciones como las que tuvieron Jorge Juan y Ulloa cuando se embarcaron un siglo después como asistentes en una expedición científica. Tan elocuente debía de ser Ulloa (salió mejor espía Jorge Juan), que acabó dándole nombre al platino, el único elemento de la tabla periódica que lleva un nombre originalmente español. Las fronteras lingüísticas nunca han sido impedimento para la comunicación científica y la trasferencia de ideas, nombres, palabras y conceptos entre los individuos, que saben ingeniárselas con lo que tienen a mano —translingüísticamente— para lograr sus objetivos en cuanto a la información, y descubrir, de paso, el platino ante la Royal Society de Londres, distinguirlo entre los otros elementos, dotarlo de una nueva identidad elemental y denominarlo con un nombre español.

Sin embargo, como muestra del mosaico lingüístico que era el Caribe y la América española en la primera mitad del siglo XVII, resulta más interesante la Relación de los piratas que Porter tuvo que redactar cuando volvió a España privado de identidad para demostrar quién era, quiénes lo habían retenido, quiénes liberado, y su lealtad a la Monarquía y al gobierno en tiempos de mucha traición, transfuguismo y pirateo del bueno. Estas relaciones eran habituales en los cautivos liberados, también Miguel de Cervantes escribió la suya tras su liberación de los baños de Argel, una Información de testigos en este caso. En la Relación de los piratas, Porter nos informa de la ocupación holandesa de la isla de Curação tras el abandono naranja del norte del Brasil, invadido unos años antes, y de cómo el enclave se había convertido en un nido y refugio de piratas. Todo esto lo supo, nada menos, que por unos judíos sefardíes, hispanohablantes por tanto, que andaban en la isla y le informaron de que «[h]ase concedido licençia a los judíos portugueses de Ansterdan para poder robar con un navío en las Indias. El año passado me dijeron olandeses navegavan; i unos robados de Onduras afirmaron havía hecho pressa en ellos. Yo no los vi» (207r). El manuscrito se centra en el gobierno pirático de la isla y acaba urdiendo un plan para que la Monarquía recupere el control del enclave. La lectura, a más de fácil, es apasionante, y la copia manuscrita puede consultarse en internet.

En cuanto al vocabulario, la Relación de Curaçao ofrece la primera documentación en lengua española del neerlandesismo pinque, «probablemente tomado del francés pinque, voz internacional de los mares septentrionales, de origen incierto, probablemente germánico» (Coromines-Pascual: DECH, s. v.). El Diccionario de autoridades contiene la primera definición lexicográfica del término: «Embarcación de carga, cuyas medidas ensanchan más en la bodega, para que quepan más géneros. Latín. Scapha. Lembus» (s. v. Píngue). En ese mismo repertorio, se recoge asimismo la variante pinco con remisión a flibote: «Buque al modo de Fusta, que solo es capaz de cien toneladas, y carece de los mástiles, llamados Artimón y Perroquetes o Masteleros. Llámase tambien Pinco. Tosc. tom. 8. pl. 240. Otros dicen Filibote. Latín. Liburnica. Biremis. RECOP. DE IND. lib. 9. tit. 41. l. 19. No dén registro ni despacho en aquellos Puertos a ninguna Urca, Filibote, ni otro navío extrangero» (s. v. Flibote). La discusión etimológica se centra en su carácter de galicismo, con origen en la denominación de una embarcación mediterránea documentada en 1637 «(DAN, Hist. de Barbarie, Paris, 179 ds Fr. mod. t.26 1958, p.56). Empr. au néerl. pink, de même sens» (Trésor, s. v.), o germanismo, quizás del inglés pink, desde 1471 (Coromines-Pascual, DECH, s. v.) o del neerlandés moderno pink, relacionado con el neerlandés medio espincke. Según Coromines, «la cuestión no se ha estudiado detenidamente». La documentación de la forma etimológica pinque en la Relación de Porter añade, pues, una información valiosa sobre la posible errata — pingue por pinque— del primer diccionario académico (que no aporta autoridad) y refuerza la hipótesis de un posible origen germánico directo, posiblemente neerlandés, por encontrarse en una narración de ambiente holandés y caribeño.

Aún escribió Porter dos relaciones más —la Relación de los sucesos del Almirante Don Pedro Porter Cassanate, caballero de la Orden de Santiago, desde que salió de España el año de 1643 al descubrimiento del Golfo de la California, hasta fin del año de 1644 y la Carta relación de D. Pedro Porter Casanate, caballero de la Orden de Santiago, desde que salió de España el año 1643 para el descubrimiento del Golfo de la California, hasta 24 de enero de 1649 [sic], escrita a un amigo suyo—, pero las cartas más interesantes de las enviadas por el zaragozano a la Península son las resultantes de su desempeño como gobernador y capitán general de Chile, de las cuales se conservan al menos trece en el Archivo General de Indias (Sevilla). De estos trece documentos, solo algunos corresponden a cartas redactadas y firmadas por Porter como presidente gobernador y capitán general del reino. En una de ellas, sobre el pago de las limosnas de vino y aceite en las encomiendas de indios, escribió el señor gobernador el veinte de mayo de 1659:

«[…] e echo quantas diligençias / me an sido posibles para tomar notiçia / de lo que en esta raçón se havía dispuesto / por mis anteçesores, y la que an tenido los / ofiçiales Reales en su execuçión, y / no e podido alcançar ninguna por averse / perdido todos los papeles de este / govierno en el terremoto e inundazión / de la mar que sobrevino a esta ciudad / el año pasado de 657 y la asoló, como / porque se levantaron los indios de este / Reyno en su primera conspirazión / y asolaron todas las çiudades antiguas / que estavan pobladas, hasta los últi- / mos confines de la provinçia de Chiloé»

En otra del mismo día, sobre el remedio del abuso de vender los indios las personas a su usanza, informaba don Pedro de que:

«[…] haviéndose introducido daño / tan perjudiçial en estas provinçias como era / que los indios nuevam[en]te reduçidos ven- / diesen sus hijos, mugeres y parientes a los es- / pañoles por paga a similitud de lo que / estilavan entre sí, en que convenían por ser / a trueque de cavallos, Armas y otras cosas / con que se reforçavan, quedando esclavos los que / por repetidas Çédulas tenía V. M. decla- / rados por libres, no se aya remediado este / abusso saviendo que el preçio son las armas / de los soldados que tanto inporta se con- / serven y el Riesgo de que pasen a los / indios. Esta costumbre, S[eñ]or, no se a con- / tinuado después que entré a governar este / Reyno porque ya estava quitada, y con / la conspiraçión y alçamiento general / de los indios absolutamente a seçado / el trato, y sin embargo se a publicado»

En la penúltima línea, el fragmento final en negrita corresponde al verbo cesar y parece una indicio de que don Pedro posiblemente seseaba al final de su vida. En abril de ese mismo año, un mes antes de remitir las dos anteriores, había escrito:

«[…] Sin embargo de que tengo / informado a V. M. en esta ocasión no / haber en estas provinçias poblaçiones de / indios ni cuerpo de Encomienda, y estos pocos / reducidos a su alvedrío natural y sobresali- / entes en su asistençia, y que sus encomenderos / más de ruego por la neçesidad que tienen para / el venefiçio de sus cortas haçiendas, los / adquieren al serviçio personal con pagas / exçesivas sin mensión de las que ellos deven / de sus tributos […]».

La forma mensión parece confirmar el seseo antes apuntado. Algo más tarde, el veintiséis de junio de 1659, se dirigió al secretario del consejo, Juan Bautista Sáenz Navarrete, informándole de las dificultades que atravesaba el ejército de la frontera y pidiéndole le enviase sucesor para poder retirarse, con estas palabras y trazos:

«[…], y que siendo servido / su Mag[esta]d me enbíe suçesor para poder / retirarme, que esto es lo que se me ofreze / suplicar a V. M. en quanto a mi particu- / lar, y adonde quiera sienpre estaré con los / reconoçimientos que devo a los favores y onrras / que e reçevido de su mano; g[uard]e Dios a S[u] Ma[agestad] / muchos años como desseo. Conçepçión de / Chile, junio 26 de 1659. / Servidor de Vm / q[ue] s[u] m[ano] b[esa] / don Pedro Porter / Cassanate».

La última carta firmada por Porter es del veinticinco de junio de 1661, en ella informa de los méritos y estado del obispo de Concepción don fray Dionisio Jiménez:

«Y aunque con neçesidad tan grande que / a padeçido ocho años aviéndole faltado la / renta y el suplimiento della de la hazienda / de V. M. como tiene mandado por averse / disminuido los derechos con estas ruinas / y la última del terremoto e ynundación / el año de 57, no por eso a dejado de conti- / nuar sus asistencias con mayor fervor».

No fueron tiempos felices en la frontera chilena los del gobierno de nuestro don Pedro.

El documento anónimo: la identidad colectiva

Volvamos, para terminar el capítulo, al apenas digitalizado Archivo General de Indias. La cantidad de información contenida en los documentos allí conservados permite realizar estudios etnohistóricos y etnolingüísticos sobre culturas e identidades de lo más diverso. En los Estados Unidos de América, con casi nula producción impresa y manuscrita anterior al siglo XVIII, los etnohistoriadores han tenido que recurrir a archivos europeos, como el de la Luisiana, conservado en París. Lo que tenemos en Sevilla, y en otros archivos españoles y sudamericanos, supera a todo lo existente sobre norteamérica en el resto del mundo. No es posible hacer la historia de los pueblos sin historia sin conocer los archivos españoles, como no es posible narrar la primera globalización sin toparse con la historia de la lengua española y de su vocabulario. Veamos brevemente un caso para ejemplificar la construcción de la identidad colectiva, lingüística e idiomática, a través de un documento sin autor conocido, sin firma y, por tanto, sin identidad individual, sin sujeto o, mejor, con un sujeto colectivo e impersonal. Se trata de un documento anónimo: el Libro de armada de la expedición a la Especiería compuesto entre 1506 y 1508, conservado en la sección 3 de los fondos del archivo hispalense, que reúne los documentos procedentes de la Casa de Contratación, e identificado con la signatura «Contratación, 3251, L. 1». Puede consultarse en línea en el Portal de archivos españoles (PARES) <http://pares.mcu.es> [última consulta: 4 de febrero de 2019].

El manuscrito no está firmado y su datación se conoce por las fechas de las transacciones y pagos apuntados en él: la más antigua mencionada es del «nueve de julio de mdvj» (fol. 59r) y la más moderna del «veynte de jullio de dicho año de mdviij» (fol. 66v), por lo que se data entre 1506 y 1508 en su ficha catalográfica del Portal de Archivos Españoles (PARES). Debido a su contenido y finalidad contable, el documento presenta una gran cantidad de cifras y cálculos, así como un listado muy nutrido de personas, identificadas generalmente con sus nombres, oficio, procedencia y/o vecindad: Juan Vizcaíno vecino de la villa de Vilbao (fol. 5r), Christóbal Rodríguez bizcaýno (fol. 10r), Juan de Subano y Juan de la Cosa (fol. 10v), Christóval García el de la pata de gules, su yerno Juan López e su hijo Francisco García y Hernando Christóval e Juan Pérez calafate (fol. 65r), Hojeda tornero (fol. 68v), etc. En el texto se mencionan cuatro naves: dos naos, una «nao mayor nombrada la Magdalena» (fol. 2v) y una «nao mediana» (fol. 4v), y dos caravelas: «la caravela de Pedro de Salazar vecino de la villa de Portugalete de ochenta toneladas» (fol. 6v) y una «caravela desta costa […] por maestre Antón […] vecino de Triana» (fol. 7v), aunque solo se computan los gastos por la compra de las dos naos, grande y mediana, y de la caravela vizcaína (fol. 7v).

La información contenida en el documento sobre caudales, individuos, cosas y transacciones ha atraído a lo largo de la historia la atención hacia este manuscrito de numerosos investigadores, sobre todo por el protagonismo de Américo Vespuccio, quien estaba acordado de yr por maestre a la nao mediana. A lo largo del texto, se menciona cinco veces al florentino: «Primeramente, Amérygo Bespuchi capitán» (1r), «se dieron a Amérigo Bespuche ciento e setenta e ocho cahýzes e seys arrobas de trigo lo qual se asienta a su quenta en este libro a fojas 27» (25v), «por la quenta que dio Amérigo Bespuchi» (38v), «más se compraron por mano de Amérigo Bespuche capitán ciij baras de cañamazo» (40v), «se dieron a Diego de Grajeda y Amérigo Bespuche, capitán al tiempo que él estaba acordado de yr por maestre a la nao mediana, treynta e dos arrobas e çinco libras de sebo» (43r); y en veintiséis ocasiones más, a Amérigo. Los historiadores y el catálogo del archivo coinciden en que el florentino, naturalizado castellano en 1505, nunca realizó la travesía, sin dejar de obtener pingües beneficios por su participación como proveedor de bastimentos y pertrechos para la armada. La presencia de Vespuccio junto a los capitanes vizcaínos, de la otra nao y de la caravela, así como la de los pilotos y marineros andaluces, o la multitud de oficios mencionados en el manuscrito, dan idea de su contexto multilingüe de redacción, que explica su rico vocabulario. La situación sociolingüística de la Sevilla de principios del Quinientos donde se redactó el Libro de armada de la expedición a la Especiería podría caracterizarse como translingüística, tanto por los contactos entre lenguas y códigos diversos como por la multitud de registros y sociolectos implicados en las transacciones. Este translingüismo se refleja en la variedad y el uso del léxico que presenta el documento. Veamos un par de ejemplos para terminar este capítulo.

Se registra en español por vez primera escrito en el Libro de la expedición a la Especiería el arabismo alhamel con el sentido de ‘ganapán, mozo de cuerda’, el etimológico, o quizas con el de ‘arriero que se alquila para llevar cargas’, cuyo carácter de derivado semántico a partir del primero puede explicarse por la contigüidad de ‘mozos de cuerda’ y ‘arrieros’ en labores portuarias como las descritas en el pasaje del manuscrito analizado. Es la única ocurrencia del término en el manuscrito, inserta en una enumeración de individuos que intervienen en la transacción de veinte cahíces de habas …para la probisión de las tres cara-/velas latinas que se enviaron para / servicio de la ysla Hespañola…, a Pedro García se-/millero vecino de Sevilla en veynte e ocho / de março de mdvij años…, …a Juan de la Peña e a Diego Herrero cor-/donero e a Ysabel López vezinos de / Sevilla en xvj de noviembre del dicho año…, …a Ana Rodrí-guez este dicho día… (fol. 55v) y …a Ysabel Sánchez vezina de Sant Gil, además de …a un alhamel… (fol. 56r).

La documentación del arabismo en el texto para identificar a una persona cuyo nombre y vecindad no se menciona hace pensar que se trate de la designación de un oficio relacionado con el transporte de cargas, pertrechos y mercaderías en el ambiente portuario donde se redactó el texto, sea bien el de ‘arriero’ o el de ‘mozo de cuerda, ganapán’ (el hecho de que no se mencione el nombre ni la vecindad del alhamel, a diferencia de lo que ocurre con los otros compradores, quizás tenga que ver con la baja consideración social del oficio). Por su proximidad geográfica, ya que el término ha sido considerado andalucismo, y por la cercanía a la fecha de escrituralización del término, es decir del momento en el que este paso de la oralidad al registro escrito u oralización de la escritura (Kabatek, 2012: 45), cabría interpretar que estamos próximos al sentido etimológico primitivo (aunque no puede descartarse que en el uso oral ya se hubieran desarrollado algunos sentidos traslaticios).

Otro ejemplo de primera documentación dentro del texto analizado es la forma chinchorros, que aparece en tres ocasiones:

«chinchorros et deve el almazén que se resçibieron dos chinchorros arma- / dos por el valor de los quales se cargan viij / dl maravedís al libro del armada a fojas 78 / los quales chinchorros se enbiaron a la ysla Hespa- / ñola y se entregaron en servicio a Diego de Grajeda / maestre de la nao mayor de su alteza para que los en- / tregase en la ysla a los ofiçiales» (fol. 51v).

Ni DICTER ni CORLEXIN contienen ejemplos de chinchorro, sí recogido en DLE. En el CDH aparecen 461 casos en 104 documentos, el más antiguo de 1519-1547: ANÓNIMO, «Relación del coste que tuvo la Armada de Magallanes» (Documentos pertenecientes a Hernando de Magallanes), muy relacionado tipológica y temáticamente con nuestro Libro de la expedición a la Especiería. El DECH da cuenta de la amplitud y desarrollo semánticos del derivado:

‘especie de red a modo de barredera que usan los pescadores para pescar’ [1588, en el dominicano C. de Llerena: RFE VIII, 125 […]; Aut. lo da como usado en España], ‘barquichuelo de pesca empleado en América’ [1519, Woodbr.; ambas acs., 1616, Oudin; 1680, Recopil. de Indias] […] de la embarcación de pesca se pasó a la red en que esta se usaba, y de ahí a ‘hamaca de cabuyas, empleada como lecho por los indios’ [1626, Simón, con referencia a “Tierra Firme”: Friederici, Am. Wb., 178; Terr.; […], o bien partir de este último en el sentido de ‘lecho lleno de chinches’, y de ‘hamaca’ pasar a ‘red’ y luego a ‘embarcación que lleva esta red’ (s. v. chinche).

El registro de la forma plural en el Libro de la expedición a la Especiería parece confirmar que la clave de la evolución semántica del derivado hispánico debe de hallarse en la documentación canaria y americana. Si es que se trata de un derivado: téngase en cuenta que «Humboldt-Bompland, Voyage aux Régions Equinoct. du Nouveau Continent. III, cap. 9, p. 338, seguido por Cabrera, s. v., cree que chinchorro ‘hamaca’ sería palabra de los indios chaymas. Otros lo han atribuido a otras tribus indígenas, lo cual rechaza Friederici, reconociendo ya el origen hispánico» (DECH, s. v. chinche, nota 4). El Diccionario Histórico del Español de Canarias (DHECan) registra el sentido relacionado con las artes de pesca el cinco de mayo de 1769. El marinerismo chinchorro con el sentido de ‘arte para la pesca’ está tempranamente documentado en América por el corpus de Boyd-Bowman: Puerto Rico (1512, 1513), Santa Marta (1548), Ciudad de Santo Domingo (c. 1549), Puebla (1565), Cuba (1570, 1575, 1577), Río de la Plata (1570) y ampliamente descrito como como americananismo, por ejemplo en el diccionario de Augusto Malaret (1931: s. v.): «m. P. Rico. Chinchal, tiendecita pobre. // Colomb. P. Rico y Venez. Hamaca tejida en forma de red. Ac. //3. C. Rica. Grupo de casuchas o cuartos de alquiler. // 4. Ecuad. Vincucha. // 5. Méx. Recua pequeña». Frago Gracia lo clasifica entre los andalucismos americanos y lo documenta (1999: 228) en el códice Martínez Compañón («yndios pescando con chinchorro», Perú, siglo XVIII) y mucho antes en protocolos notariales sevillanos de finales del cuatrocientos […] y en los repartimientos malagueños de las postrimerías de aquel siglo» (Frago Gracia 1994: 125-126). Sobre la relación semántica entre el término chinchorro ‘red’ y hamaca, apunta Martha Hildebrandt (2001: 434):

Los españoles alternaron en Venezuela hamaca con chinchorro, nombre hispano de una red de pesca cuyo tejido la hacía recordar. Pero pronto se hizo distinción entre hamaca y chinchorro (la hace Gumilla), y hoy en Venezuela se llama hamaca la de tejido compacto, y chinchorro la de red.

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Las tabvlae del mapamundi de Caboto (1544): representación cartográfica y descripción etnográfica

Se celebran estos días (6-8 de noviembre), en la PUCP de Lima, las XIII Jornadas sobre pensamiento, cultura y sociedad virreinales, dedicadas en esta edición a la conmemoración del inicio de la primera circunnavegación, con el título El Mar del Sur americano: representaciones, usos y proyectos. Siglos XVI al XIX. Ayer se iniciaron con una mesa redonda en la que intervenimos Mauricio Onetto, Andrés Vélez Posada, Flor Trejo Rivera y yo. El tema de mi intervención fueron los textos insertados por los cartógrafos sevillanos vinculados a la Casa de Contratación en los mapamundis de mediados del siglo XVI, especialmente las dos tabvlae del planisferio de Caboto y su continuador Sancho Gutiérrez. Aquí os dejo algunos datos.

  1. Introducción

En el siglo XVI, un buen mapa no era el último mapa válido y su validez tenía fecha de caducidad. Esta puede ser una de las causas por las que ningún ejemplar ni copia del Padrón Real ha llegado a nuestros días. El control que la monarquía ejerció sobre la realización de cartas de marear indica el lugar que ocupó la cartografía en la construcción de un imperio global. «El cosmógrafo Alonso de Santa Cruz, conocedor y tal vez usurpador de la cosmografía portuguesa de la primera mitad del siglo XVI, aludía en una de sus crónicas [Crónica del Emperador Carlos V] al “mucho recaudo que el rey de Portugal tenía en que no se sacasen cartas de marear fuera de su reino”, un cuidado al que también se abonaría Felipe II sin mucho éxito» (Sánchez 2013: 108). No obstante, algunas de las cartas realizadas por españoles y portugueses se convirtieron en regalos interesados del rey y sus embajadores, donde el gesto cortés implicaba la obtención de un reconocimiento y una afirmación que el receptor no podía obviar. Varios de los grandes planisferios náuticos de los años veinte hoy conservados tuvieron esta finalidad. Es el caso, por ejemplo, de los mapamundis anónimo de Turín (ca. 1523), Salviati (ca. 1525) y Castiglione (1525), modelos estos dos últimos de lujo y detalle que recuerdan a Los embajadores de Holbein (1533). En estos regalos diplomáticos, y en otros planisferios ibéricos de la época, confluyen todas las ciencias empíricas que se desarrollaron durante la era de los descubrimientos: geografía, náutica e historia natural.

  1. El mapamundi (1544) y la fuga de Sebastián Caboto (1548)

En 1544, se imprimió en Amberes un mapamundi firmado por Sebastián Caboto. El entonces Piloto Mayor de la Casa de la Contratación de las Indias de Sevilla omitió algunas de las más recientes informaciones geográficas disponibles, si bien este mapa no fue diseñado para la navegación sino más bien como una muestra de cosmografía erudita. En uno de los textos incluidos en el planisferio, Caboto reclamaba para sí el mérito de haber hallado un método para calcular la longitud en el mar –el principal problema de la cosmografía de aquel tiempo y de los siglos siguientes–, aunque con detalles insuficientes para hacerlo comprensible. En su lecho de muerte, en Londres, Caboto volverá a acordarse, entre delirios, de su nunca probado método para hallar la longitud a partir de la declinación de la aguja magnética, la misma que le había llevado a defender las cartas de doble graduación y a afirmar que el Padrón Real contenía errores (Sandman, Alison D. y Ash, Eric H. «Trading Expertise: Sebastian Cabot between Spain and England», Renaissance Quarterly, 57, 3 (2004), pp. 813-843).

Estos son los conocimientos cosmográficos que el Piloto Mayor de la Casa atesoraba antes de abandonar su puesto en 1548 y fugarse a Inglaterra, donde entró a formar parte de una asociación de mercantes ingleses, la Muscovy Company, la primera sociedad inglesa de comercio marítimo que incorporaba en su organización el interés por las exploraciones y el desarrollo de nuevos mercados. El mapa impreso en Núremberg no hubiera podido ser obra de un marinero iletrado, por muy práctico que fuese, sino de un científico conocedor de los principios matemáticos de la navegación astronómica. Como en Sevilla, desde su llegada a Bristol, Caboto fue un individuo central que supo adaptar sus conocimientos como navegante y cosmógrafo experimentado a las exigencias de la Corona inglesa.

El catastrófico y humillante resultado de su desgraciado viaje por el Atlántico sur en 1526 se unió a sus peleas con Chaves y Medina, que habían durado ya siete años en 1546. La muerte de su segunda esposa en 1547 hizo más tenues sus lazos con España. Solicitó un permiso para entrevistarse personalmente con el emperador en Bruselas y se preparó para partir. Cuando Caboto ya estaba camino de Inglaterra a costa del monarca inglés, el emperador escribió a los oficiales de la Casa para ordenar ciertos pagos con el fin de que el Piloto Mayor no volviese a tener motivos de queja. El Consejo de Indias mantuvo su puesto sin cubrir durante varios años, lamentándose de que no hubiese en Sevilla un hombre que combinase conocimientos prácticos y teóricos de navegación que pudiese llenar el vacío dejado por Caboto con su marcha a Bristol. Los embajadores del emperador en Londres trataron infructuosamente de que el veneciano abandonase Inglaterra y se entrevistase con Carlos V para relatarle algunos secretos de alto valor. La entrevista, a pesar de la ambigüedad mantenida por Caboto posiblemente para dejar la puerta del regreso abierta por si las cosas no iban bien en Inglaterra, nunca llegará a celebrarse. Caboto, o quizás deberíamos ya decir Cabot, se llevó a Bristol su erudición cosmográfica y su amarga experiencia en los pleitos sevillanos entre teóricos y prácticos. Ambos conocimientos le permitieron levantar en el nuevo contexto un sistema de instrucción de pilotos y control de los instrumentos y cartas náuticas, sin padrón real, que llevaría a la marina inglesa a dominar los mares siglos después.

Cuando Caboto llegó a Inglaterra acababa de morir Enrique VIII y, durante la minoría de edad de Eduardo VI, el Privy Council encargado del gobierno quisó realizar una activa política económica para granjearse el apoyo de los mercaderes, de modo que:

Their first business therefore was to arrange for Englishmen to learn the techniques of navigation, of exploration, and of the financial and commercial organization necessary to exploit them. The Privy Council acted swiftly. Sebastian Cabot, as Pilot-Mayor of Spain, was familiar with all the navigational secrets of Spain and of her empire. He not only knew all the latest navigational charts, instruments and practices, and all the leading navigators of the day –he was himself one of the most illustrious. He was experienced in exploration, and throughly conversant with the economic structure of the colonial empire of Spain, and with the methods used in financing expeditions. Moreover he claimed to be English. His loyalty to the Emperor was known to be not above question. Indeed there were some in England who knew of earlier negotiations with Cabot. He was approached and the bribe was accepted. Early in 1438 Sebastian Cabot on leave of absence from Spain reached England, never to leave again. There he remained til his death some ten years later, a royal pensioner, teaching the English all they sought to learn[1] (Waters, David W., The Art of Navigation in England in Elizabethan and Early Stuart Times, London, Hollis and Carter, 1958: 83-84).

  1. Sebastián Caboto y la cartografía del Renacimiento

Ya en 1507, Martin Waldseemüeller bautizaría con el nombre “América” el nuevo continente. Otros muchos mapas relatarían la concepción europea del Nuevo Mundo a la luz de la expansión, como Ottomano Freducci, Pedro y Jorge Reinel, los cartógrafos de la Casa de la Contratación e, incluso, el cartógrafo otomano Piri Reis» (Sánchez 2013: 90).

En el contexto del debate de la doble graduación y pese a su pérdida de autoridad, Caboto quiso demostrar a propios y extraños sus dotes como cartógrafo (Sánchez 2013: 257).

El mapa de Caboto, reforzado con dos tablas que contienen veintidós leyendas en latín y castellano, ofrece una visión global de lo que el Piloto Mayor de la Casa de Contratación entendía por cosmografía: una defensa encoclopédica y visual de sus conocimientos cosmográficos[2].

La presencia de explicaciones sobre estos datos permite interpretar el mapamundi de Caboto como una respuesta gráfica dirigida al rey, a lo soficiales de la Casa, a los jueces del Consejo de Indias y los detractores de las cartas de Gutiérrez (Sánchez 2013: 258).

El mapa de Caboto destaca por su carácter ambicioso de completitud. El cosmógrafo veneciano consiguió componer un fresco actualizado de la geografía del Nuevo Mundo, donde no faltan los aspectos técnicos y los detalles iconográficos. […] Este es el mapa que podrían haber construido Pedro de Medina, Alonso de Chaves o Jerónimo de Chaves, un mapa mixto e integrador que sigue tanto las teorías de Ptolomeo como la experiencia de los exploradores ibéricos (Sánchez 2013: 258-259).

La sentencia real y el fin de la querella

En febrero de 1545 el Príncipe Felipe instaba a Gutiérrez a que hiciese sus cartas en conformidad con el Padrón Real. Esta sentencia significaba el fin de la disputa […]:

Diego Gutiérrez, cosmógrafo de la ciudad de Sevilla, yo he sido informado que las cartas de marear que hacéis van erradas y que no las hacéis conforme al patrón general, a cuya causa se siguen y podrían seguir grandes inconvenientes, y porque nuestra voluntad es que no se haga carta alguna si no fuere por el patrón general y conforme a él, lo cual así haced y cumplid so pena de perdimiento de vuestro oficio y de todos vuestros bienes para nuestra cámara y fisco[3] (Sánchez 2013: 259).

Estos y otros problemas hicieron que Caboto abandonara la Casa en 1548 para marcharse a la Muscovy Trading Company, donde trabajaría el resto de su vida al servicio de la Corona inglesa (Sánchez 2013: 260).

Dos años después del paso por la Casa de Pérez de la Fuente, Sancho Gutiérrez construye su portentosa carta general en plano, el mayor planisferio conocido de la Casa y uno de los más grandes que ha dado la historia de la cartografía (Sánchez 2013: 265).

Se trata del mapa más rico y completo –conservado– de todos los que se hicieron en la Casa de la Contratación durante el siglo XVI y paradójicamente uno sobre los que menos se ha escrito. […] Al igual que declaraba Caboto en su mapamundi de 1544, Sancho Gutiérrez pretende adaptar las teorías de los antiguos a los nuevos mundos de los modernos. Ambos mapas están llenos de alusiones a Ptolomeo y a los descubrimientos geográficos de los exploradores ibéricos. […] Gutiérrez representa en su planisferio la nueva naturaleza americana junto a los mitos y leyendas de la geografía africana y asiática (Sánchez 2013: 266).

También como en el caso del mapa de Caboto, Sancho incorpora en el margen derecho de la última hoja del pergamino una tabla con once leyendas explicativas que ayudan a situar al lector en el contexto histórico y geográfico del mundo que se dispone a contemplar. […] Las tres primeras leyendas están dedicadas al Nuevo Mundo, las otros ocho a Asia, África, Islandia y la Isla de Ceilán, actual Sri Lanka (Sánchez 2013: 267).

Sancho Gutiérrez siguió a los antiguos y a los modernos, tanto para el trazado y localización geográfica de lugares como para la información contenida en la tabla adyacente y en el resto de las leyendas distribuidas por la carta. Sancho hace referencia a alguna de sus fuentes, no a todas. Cita a Alejandro Magno, Plinio, Ptolomeo, Marco Polo y Petrarca, no así a Sebastián Caboto y su mapamundi de 1544, la mayor de sus fuentes. Las leyendas del planisferio de Sancho son similares a las del mapa del cosmógrafo veneciano, salvo pequeñas diferencias de escritura. A pesar de que se trata de representaciones cartográficas diferentes, son varios los puntos coincidentes (Sánchez 2013: 271).

Sebastián Caboto.– Mapamundi trazado en forma oval con meridianos y paralelos. Hecha en Sevilla y anotada posteriormente con varias leyendas en latín y castellano por el Dr. Grajales, del Puerto de Santa María. Se editó seguramente en Amberes (Harrisse, 595). Fernández Duro, Los ojos en el cielo, libro cuarto de las “Disquisiciones náuticas”, pág. 278. Biblioteca Nacional de París.

Sebastián Caboto.– Mapamundi enviado a Carlos I el 15 de noviembre de 1554: Así mismo lleva el dicho Francisco de Urista para que V. M. las vea dos figuras que son un mapa mundi cortado por el equinocio por donde V. M. verá las causas de la variación que hace la aguja de marear con el polo, y las causas porque otra vez torna a volver derechamente al polo ártico (CoDoIn España, vol. 8, pág. 512, 1843).

Ricardo Cerezo Martínez: La Cartografía Náutica Española en los Siglos XIV, XV y XVI. Madrid: CSIC, 1994, «Cartas extramediterráneas españolas posteriores a la institución del Padrón Real».

[1] See Appendix 4. ‘Sebastian Cabot  filled in Spain the office first of Crown pilot, from 15 August 1515, and then of Pilot-Major from 5 february 1518, until 25 October 1525 (when he went on the voyage of discovery of 1526), and from 1533 until at least October 1547. […] he was a member of the commission of pilots and geographers who in 1515 were required by King Ferdinand to make a general revision of all maps and charts.’ […].

[2] Véase Kelsey, Harry: «The Planispheres of Sebastian Cabot and Sancho Gutiérrez», Terrae Incognitae 19 (1987), pp. 41-58 y Martín Merás, M. L. Cartografía marítima hispana, pp. 121-131.

[3] AGI, Indiferente, 1963, I.9, f. 176v y AGI, Patronato, 251, R. 45, f. 4v.

¿Quién fue José Vargas Ponce?

José Vargas Ponce (Cádiz, 1760-Madrid, 1821) «tuvo en vida la idea obsesiva de escribir la historia de la Marina» y sus trabajos en este campo «se cruzaron permanentemente con los de sus amigos Juan Bautista Muñoz, Martín Fernández de Navarrete o Juan Ignacio Gamón (Abascal y Cebrián, 2010: 35)[1]. Por iniciativa de Campomanes, fue elegido académico correspondiente de la Academia de la Historia y el 24 de febrero de 1786 leyó su discurso Origen, progreso y expediciones de la Marina en general y especialmente de la de España (Abascal y Cebrián, 2010: 59); en esta institución se concentró en ocho tareas literarias y profesionales, según su propio relato autobiográfico de 1816, entre las que conviene destacar aquí dos: «Elaboración “de un tomito de reglas directivas para llenar los artículos del […] Diccionario geográfico de España”» y «Preparación de un Diccionario de todas las voces geográficas»[2].

José Ramón Carriazo Ruiz – Profesor de lengua española de la UNED

[1] El legado de Vargas Ponce se custodia en la Real Academia de la Historia, en el Archivo del Museo Naval (colección de Fernández de Navarrete, Sanz de Barutell y Vargas Ponce, cfr. San Pío y Zamarrón, 1979, 1996) y en el conjunto documental conservado en el archivo del marquesado de Legarda en Ábalos (La Rioja), que fue de Martín Fernández de Navarrete (Guillén, 1944, 1946).

[2] «Respecto al Diccionario, sabemos por las Actas académicas que Vargas Ponce entregó el 27 de junio de 1788 un total de 215 cédulas ya redactadas y que en aquella sesión leyó y se aprobaron las que comenzaban por la letra A: «1788 a 20 de junio. Leí la lista de 214 cédulas de vientos y nombres geográficos marinos para el Diccionario de la Academia y de que la mayor parte no se hallan en el de la Española. 1788 a 27 de junio. Entrego 215 cédulas según lo acordado en la junta anterior y las leí en esta y las dos academias sucesivas» (Abascal y Cebrián, 2010: 66).

Imagen del encabezamiento: fragmento del retrato de Vargas Ponce por Goya conservado en la RAH.

¿Quién fue Martín Fernández de Navarrete?

Martín Fernández de Navarrete estudió en el Seminario de Vergara y después ingresó en la Armada. En 1789 se le encargó revisar los archivos del reino y clasificar los documentos pertenecientes a la marina. En 1791 accedió a la Real Academia Española con un Discurso sobre la formación y progreso del idioma castellano, y sobre la necesidad que tiene la oratoria y la poesía del conocimiento de las voces técnicas o facultativas. Al comenzar la guerra con Francia se incorporó de nuevo al servicio activo y ascendió a capitán de fragata. En 1800 ingresó en la Academia de la Historia con un Discurso histórico sobre los progresos que ha tenido España en el arte de navegar (Fernández de Navarrete, 2003: 17-18). En palabras de José María Merino: «Martín Fernández de Navarrete fue escritor, académico y hombre de Estado. Formado en la Ilustración, tuvo mucha relación con los temas marineros y de Indias y escribió una biografía de Cervantes» (Merino, 2003: 15).