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Nombres de embarcaciones en el ‘Diccionario de autoridades’

XI Congreso Internacional de Lexicografía Hispánica

«Tres siglos del Diccionario de autoridades»

Universidad de Cádiz – 3, 4 y 5 de junio de 2026

Historia de la lexicografía – 4 de junio 2026 (Corpus Christi) 12:00

Resumen

En el Diccionario de autoridades (1726-1739) se registran cuarenta y seis nombres de tipos, clases o modelos (géneros, espécies) de naves en cuyas entradas se emplea el clasificador o hiperónimo embarcación: albatoza, armadia, balandra, balsa, balsilla, barca, barcaza, barco, baxel, bergantin, bote, bucentoro, buzo, canoa, cañamiz, carabela, caramuzal, caravana, carcoa, carda, cardita, chata, chinchorro, escorchapin, faluca, galeaza, galera, lancha, leño, nave, paquebot, patache, pinaza, pingue, pino, piragua, polacre, saetia, sultana, tafurca, tartana, trirreme, urca, vaso, vela y xabeque. Además, se consignan tres acepciones de embarcación: (1) Navis. (2) Navium conscensio, nis. (3) Navigatio. Cursus maritimus. Se trata de una taxonomía muy variada, con arabismos, cultismos, exotismos, indigenismos, latinismos, orientalismos, sinécdoques y préstamos de las más diversas procedencias. Como el origen de la familia léxica de embarcación (barca), el conjunto muestra una indudable impronta ibérica, con una presencia importante de la lingua franca del Mediterráneo, además de un evidente contacto con la sincronía del propio diccionario, que se muestra especialmente en los casos de voces sin autoridad antigua.

El objetivo de la presente comunicación es mostrar esta riqueza del Diccionario académico mediante la clasificación etimológica de esas entradas, examinando de paso la competencia de embarcación con otros miembros de su familia léxica (barca, barco) y de la encabezada por nave, que han llegado al español contemporáneo como destacados hiperónimos en la taxonomía formada por las designaciones de buques, vasos o velas de los más diversos orígenes y procedencias. Se trata de cubrir así un campo semántico que aún está por completar en el Diccionario histórico de la lengua española, el principal proyecto que se lleva a cabo en la actualidad en el ámbito de la lexicografía histórica del español con la metodología combinada de la diccionarística electrónica y las humanidades digitales.

  1. Historia de embarcación

La historia del derivado embarcación aún está por escribir (DHLE, s. v. Ø). El término aparece en el CDH desde la Crónica de los Reyes Católicos (1491-1516: fol. 29v) de Alonso de Santa Cruz, cuando narra la expulsión de los judíos: «Los quales salieron de Castilla, unos para Portugal, porque se concertaron con el rey don Juan que le darían un ducado por cabeza porque los dexase estar en su reino seis meses, para en este tiempo procurar de hacer su enbarcación a do mexor les pareciese. Y túvose por cierto que salieron por Benavente para entrar por Bragança en Portugal veinte y tres mil; y los que salieron por Çamora para Miranda treinta mil…» [Juan de Mata Carriazo, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano Americanos de Sevilla, 1951]. Posteriormente, se documenta en una de las Dos cartas escritas por Fr. Juan Caro, dominico, desde Cochín en la India, ofreciendo servir al Emperador enseñando la navegación, y el descubrimiento de muchas tierras por aquellas partes: «y los ayudé con lo mio en lo que pude, y les hube con mucho trabajo embarcacion para se iren al reino &c.» (Documentos pertenecientes a Hernando de Magallanes); el tercer ejemplo del corpus, también relacionado con el portugués de ultramar y la circumnavegación de 1522, se registra en la Carta de Antonio Brito al Rey de Portugal sobre algunos sucesos en la India y los del viaje de Magallanes (1523): «y no contento con esto se encaminó á una poblacion grande, donde peleando con los salvages le mataron á él, á un criado suyo y cinco castellanos: los demas viendo muerto al capitan se recogieron á las embarcaciones». Estos dos significados básicos (‘acto de embarcar, embarque’ y ‘barco, nave’) siguen desde entonces su historia en paralelo con otros derivados de barca, -o:

Embarcar [h. 1440, Díaz de Gámez; Nebr.], vid. Cuervo, Dicc. (Bol. C. y C. II, 357-8); embarcación [1493, Woodbr.], de aquí el fr. embarcation [1762]; embarcadero [1615], de donde el fr. embarcadère [1723]; embarco; embarque. Desembarcar [Nebr.], desembarcadero, desembarco, desembarcación, desembarque. (DECH, s. v. barca).

En cuanto a su presencia en los diccionarios, el NTLLE registra embarcación en 1604 PALET, 1607 OUDIN, 1609 VITTORI, 1620 FRANCIOSINI, 1670 MEZ DE BRAIDENBACH, 1679 HENRÍQUEZ, 1705 SOBRINO, 1706 STEVENS y 1721 BLUTEAU antes del tercer tomo de Autoridades (1732). En este, se consignan las acepciones mencionadas antes:

EMBARCACIÓN. s. f. Qualquier género de nave que tenga buque; si bien con esta voz no se expressan las mayores y de guerra, sino las mercantíles y de transporte de géneros, víveres, armas, &c. Latín. Navis. ACOST. Hist. Ind. lib. 1. cap. 21. Lo que se halla son balsas, o piráguas o canóas, que todas ellas son menores que chalupas: y de tales embarcaciones solas usaban los Indios. SOLIS, Hist. de Nuev. Esp. lib. 1. cap. 6. Eran las canóas unas embarcaciones que formaban de los troncos de los árboles.

EMBARCACIÓN. Signfica [sic] tambien el acto de embarcarse, y la salida que hace una flota o un navío desde el Puerto para hacer su viage. Latín. Navium conscensio, nis. COLOM. Guerr. de Fland. lib. 1. Al punto se distribuyeron las órdenes de la embarcación, por los Sargentos mayores de los Tercios. SOLIS, Hist. de Nuev. Esp. lib. 1. cap. 14. Llegado el día de la embarcación, se dixo con solemnidad una Missa del Espíritu Santo.

EMBARCACIÓN. Se toma algunas veces por navegación, esto es por el tiempo que dura el viage de una parte a otra. Latín. Navigatio. Cursus maritimus. OV. Hist. Chil. lib. 1. cap. 14. En el Mar del Sur, donde el viage de Chile a Lima es de quince días, y otros tantos de allí a Panamá, pocos más o menos, al contrário para volver de Panamá a Lima suele durar la embarcación dos meses, y de allí a Chile quarenta días.

Sobre la Historia de Chile escrita por el criollo Alonso de Ovalle (Santiago; 27 de julio de 1601—Lima; mayo de 1651), escribe Beatriz Gómez Pablos (2017: 70): «El estilo de la Histórica Relación del Reino de Chile es llano y ameno, con descripciones expresivas y detallistas —algunas pintorescas—, que reflejan su amor por la patria. Ovalle no sólo es cronista de América sino que además es un cronista americano, conocedor de la realidad que le rodea». El gran viajero desde luego era una autoridad en cuanto a lo que solía durar la navegación o embarcación desde Chile a Lima y de la capital del virreinato a Panamá. El viaje de vuelta duraba más del doble debido a las corrientes del Pacífico relacionadas con El Niño-Oscilación del Sur, entre otros fenómenos oceánicos y atmosféricos.

  1. El término embarcación en el texto de Autoridades

El término embarcación aparece 168 veces en el texto de las definiciones del DA, distribuidas en los seis tomos del siguiente modo:

I (1726) [A-B] 44
II (1729) [C] 24
III (1732) [D-F] 32
IV (1734) [G-N] 20
V (1737) [O-R] 25
VI (1739) [S-Z] 23

Se trata de unos cuantos verbos —abordar, acostarse, aferrar, aferrarse, afletar, alquitranar, amainar, birar, bogar, boyar, caminar, ciar, costear, decaer, derrotar, desaferrar, desancorar, desarbolar, desembarcar, desencallar, deslastrar, despalmar, devalar, echar, echarse, encallar, engolfar, escotar, fletar, fluctuar, garrar, gurrar, izar, marear, naufragar, navegar, proejar, remar, remolcar, roncear, sotaventar, varar, voltegear, zarpar y zozobrar— y derivados deverbales: abordo, ancorado, ancorage, apresamiento, atracado, bogada, bromado, ciaescurre, desencallado, embarcación, embarcadura, fletamiento, flete, naufragio, ronceria, roncero; sustantivos: agua, aguada, arbol, arraez, barra, barreno, bolina, caiman, capitán, cocle, escalamo, eslabon (en la autoridad: “ALFAR. part. 2. lib. 3. cap. 9. Al segundo día de su embarcación le faltaron de la cadena diez y ocho eslabones, que sin duda valian cincuenta escúdos”), fasquia, galibo, gallardete, hydrographia, marinero, matalotage, palamenta, palos, patrón, pesqueria (en la autoridad: “RECOP. DE IND. lib. 4. tit. 25. l. 26. Ordenamos, que ningun Español, Indio, ni Negro pesque con chinchorro, porque de usar de esta embarcación en la pesquería de perlas, resulta mucho daño”), proel, quilla, remo, rumbo, sorna, tabla y vela; frases y locuciones: alarga allá, brazos de la entena, burra de palo, cabos sueltos (s. v. Dar cabo), caxa de lastre, dar caza, correr a árbol seco, correr fortuna, cortar el agua, dar a la costa el navío o otra embarcación, domingo de ramos (en la autoridad: “SOLIS, Hist. de Nuev. Esp. lib. 1. cap. 20. Y por venir cerca el Domingo de Ramos, señaló este día para la embarcación”), Tener el viento favoráble, Irse a fondo (s. v. fondos), golpe de mar, hacer el bastardo, palo seco, Viento en popa (s. v. popa), punto de longitud, ropa a la mar, Mostrar el sebo (s. v. sebo) y A velas llenas, ò tendidas (s. v. vela); los adjetivos favorable; necessario, ria (en la autoridad: “M. AGRED. tom. 3. num. 461. Fue luego San Juan a buscar embarcación para Palestina, y prevenir lo que para ella era necessario”); velero, ra; zelosa y zorrero, ra; y, sobre todo, nombres de tipos, modelos, géneros, espécies o clases de naves:

albatoza, armadia, balandra, balsa, balsilla, barca, barcaza, barco, baxel, bergantin, bote, bucentoro, buzo, canoa, carabela, caramuzal, caravana, carcoa, carda, cardita, cañamiz, chata, chinchorro, escorchapin, faluca, galeaza, galera, lancha, leño, nave, paquebot, patache, pinaza, pingue, pino, piragua, polacre, saetia, sultana, tafurca, tartana, trirreme, urca, vaso, vela, xabeque.

Sobre la historia y etimología de amainar, véanse los trabajos de Germá Colón i Domènech (1994, 2007); sobre el resto de adjetivos, derivados deverbales, sustantivos, verbos, frases y locuciones no añadiremos más aquí, para centrarnos en los cuarentaiséis nombres de embarcaciones a partir de ahora.

  1. Clasificación semántica y etimológica de los 46 nombres de embarcaciones
Lema DECH TDHLE
albatoza «cast. ant. albatoza ‘especie de embarcación pequeña y cubierta’, registrado por Covarr.2, y ya empleado por H. del Pulgar a fines del S. XV (DHist.)» [s. v. patache] albatoza, albatoça, albatosa. (Del ár. * var. de ‘nave de dos mástiles, patache’.) f. Patache. [Diccionario histórico de la lengua española (1960-1996)]

 

armadia «ALMADÍA, ‘balsa’ del ár. […] ‘barca de paso’, ‘almadía’, […]La forma armadía [1587; Aut.] es alteración secundaria, debida a influjo de armar y derivados» [s. v. almadía] Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)

«almadía, armadía; almadia. (Del ár. al-ma`diya ‘la barca en que pasan hombres o animales’.)» [Diccionario histórico de la lengua española (1960-1996)]

balandra «parece resultar de la amalgama de dos voces diferentes: el neerl. bijlander ‘embarcación de transporte, de fondo plano’, venido a través del fr. bélandre, balandre f., y otra palabra palandra, embarcación mediterránea de origen turco, para transporte de tropas, el nombre de la cual procede, al parecer, de este idioma» [s. v. balandra] Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
balsa «BALSA II, ‘almadía’, voz prerromana, común al español y al portugués, quizá idéntica a la anterior» Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
balsilla La palabra balsilla no está en el Diccionario.
barca BARCA, del lat. tardío BARCA íd., quizá de origen hispánico. […] 1 Obsérvese la mayor vitalidad que demuestra en español barca al dar lugar a la creación del derivado barco, ajeno a los demás romances, salvo el portugués. Embarcación, embarcadero son también creaciones españolas, que de aquí pasaron a otros romances. Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
barcaza Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
barco Barco [Alfonso X; y en su gallego: «fezeron balsas et maneyras de barcos et de naves» Ctgs. 61.18]3: en la Edad Media lo común es que designe una embarcación pequeña (así todavía Aut.); con la ac. moderna se dice entonces navío o nao, estado de cosas conservado hasta hoy en portugués4 Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
baxel BAJEL ‘buque’, del cat. vaixell, íd., y éste del lat. VASCĔLLUM ‘vasito’, diminutivo de VAS.

1.ª doc.: Berceo (Mil. 672, Loor. 63).

bajel,, bahssel, basel, bahassel, baxel, vaxel, baxiel, bagel, vaissel, vagel, vajel.. (Del ant. fr. vaissel ‘recipiente para líquidos’, ‘barco’.)

DCECH recoge la presencia de esta voz en Berceo Loor. p1236-a1246, 63, basándose posiblemente en Sánchez, T. A. Voces Berceo 1780 s/v bassel. En dicho pasaje no aparece la voz.

Diccionario histórico de la lengua española (1960-1996)

bergantin BERGANTÍN, del cat. bergantí, derivado del anterior; es posible que el vocablo se formara primero en Italia. No sale la página en el TDHLE.
bote BOTE II, ‘embarcación pequeña’, del ingl. med. bōt íd. (hoy boat), seguramente por conducto del fr. antic. bot y gasc. bot.

1.ª doc.: 1722 (Gili); Aut.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
bucentoro Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
buzo El cast. ant. buzo ‘cierta embarcación’1 [Partidas; 1.ª mitad del S. XV] no tiene nada que ver con buzo ‘buceador’; para su origen, V. mi DECat, s. v. gussi. buzo s. (1284-1640)

buzo, buço

Etimología. Voz de origen incierto, relacionada con los vocablos catalán, francés e italiano bus, escandinavo antiguo büza, bajo alemán medieval bütze, neerlandés medieval büse, inglés antiguo y moderno bütse, bus (DELCat, s. v. gussi).

Diccionario histórico de la lengua española (2013-: s. v buzo)

canoa CANOA, del arauaco de las Lucayas.

1.ª doc.: 1492, Diario de Colón, 26 de octubre; Nebr.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
carabela CARABELA, del port. caravela íd., diminutivo del lat. tardío CARABUS ‘embarcación de mimbres forrada de cuero’, y éste del gr. κάραβος ‘cangrejo de mar’, ‘embarcación’.

1.ª doc.: Partidas.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
caramuzal CARAMUZAL, del turco karamusal íd.

1.ª doc.: caramuzalid, 1555, Viaje a Turquía; caramuzalí, 1612, Fr. M. de Guadalajara; caramuzal, 1613, Cervantes, El Amante Liberal, ed. Hz. Ureña, p. 127.

Asín, Al-And. IX, 27: «quizá del ár. qârib musáƫƫaɅ barco aplanado». Lo cual sólo puede admitirse, si acaso, como etimología árabe de la palabra turca, de la cual procede el castellano de todos modos.

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
caravana CARAVANA, del persa kārawân ‘recua de caballerías’, ‘caravana’, probablemente por conducto del fr. caravane.

1.ª doc.: h. 1350, Pde Alf. XI.

[…] el vocablo entró en las lenguas occidentales durante las Cruzadas, por conducto del francés, quizá también por Génova, donde caravana se registra ya en 1217. El testimonio más antiguo corresponde a la ac. secundaria ‘comboy de navíos que navegan de conserva’ (vid. Jal, s. v.), ac. que parece haber sido trasmitida por el catalán, donde ya aparece en el S. XIII; aplicado a viajes terrestres lo emplea por primera vez Gonz. de Clavijo (1406-12) (variante caravaña, según Eguílaz). La ac. más común en la literatura clásica se refiere a las primeras campañas que hacían los caballeros jóvenes de Malta y de San Juan en persecución de las caravanas navales musulmanas, requisito necesario para profesar en estas órdenes; de ahí la frase común hacer caravanas o correr las caravanas ‘hacer prácticas de novicio para conseguir algo’ [S. XVII]

Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 707-708
carcoa Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 716
carda Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 718
cardita Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 721
cañamiz Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936): 644
chata Chata ‘bacín’, ‘chalana’ [1720, Gili], etc. (RFH VI, 19-20). [s. v. chato] Inéditos Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
chinchorro Chinchorro ‘especie de red a modo de barredera que usan los pescadores para pescar’ [1588, en el dominicano C. de Llerena: RFE VIII, 1252; Aut. lo da como usado en España], ‘barquichuelo de pesca empleado en América’ [1519, Woodbr.; ambas acs., 1616, Oudin; 1680, Recopil. de Indias], ‘especie de esquife, el menor de los botes anejos a un navío’ (Acad. 1884, no 1843)3 [s. v. chinche] Inéditos Diccionario histórico de la lengua española (1933-1936)
escorchapin Escorchapín [1552, Calvete de Estrella; comp. corchapín, desde 1583; corpachín, 1555, Viaje de Turquía II, 87], ‘nave ligera’, del cat. escorxapí [1535, Ag.], compuesto del cat. vulg. escorxa, cat. escorça ‘corteza’, y pi ‘pino’: Calvete y el italiano Bosio atestiguan que se trata de un navío propio de Cataluña, vid. Vidos, Parole Marin., p. 362; Terlingen, 244, y mi reseña en Symposium, 1948. [s. v. corteza I] La palabra escorchapin no está en el Diccionario.
faluca – (v. falúa). La palabra faluca no está en el Diccionario.
galeaza Galeaza [2.° cuarto del S. XV, Crón. de Pero Niño, p. 65; también en P. Tafur, h. 1440; más ejs. Cuervo, Obr. Inéd., 397; galeaça, Nebr.: la ç sorda prueba que se tomó del cat. galiassa]. [s. v. galera] La palabra galeaza no está en el Diccionario.
galera GALERA, del antiguo galea, y éste del gr. biz. Ɣαλέα íd., propiamente ‘mustela, pez selacio’, gr. ƔαλŲ ‘comadreja’; la galera se comparó con una mustela por los movimientos rápidos y ágiles de este pez.

1.ª doc.: galeya, comienzo del S. XIII, Sta. M. Egipc., 268; galea, Berceo, Mi.l, 593, etc.; galera, 2.° cuarto del S. XV (Crón. de Pero Niño, p. 65); 1505, PAlc. (también galea)1.

El cast. ant. galea aparece también en el Poema de Alfonso XI, 397; el Canc. de Baena (W. Schmid); en APal. 146b; Nebr.; y más ejs. en Cej., Voc. y glosarios de Castro; galera, 1433 (Woodbr.). En griego aparece con el significado náutico desde la 1.ª mitad del S. VIII. Indudablemente el vocablo se propagó desde el griego a los varios romances mediterráneos (FEW IV, 28); al castellano llegaría por conducto del catalán.

Diccionario histórico del español de Costa Rica
lancha LANCHA II, ‘bote grande al servicio de un buque, o para navegar en el interior de los puertos o entre puntos cercanos de la costa’, aparece primero en portugués y como nombre de una embarcación pequeña y rápida empleada en los mares de Oriente: viene del malayo lánƇār ‘rápido, ágil’, por conducto del port. lancha ‘embarcación pequeña para pescar o al servicio de un navío’.

1.ª doc.: 1587, en carta de un Almirante de la Invencible (Terlingen, p. 250; Cej. VII, p. 127).

A pesar de que Skeat ya dió la verdadera etimología (Notes on English Etym., p. 158; Etym. Dict., s. v. launch), todos los romanistas siguen proponiendo etimologías romances imposibles, y los más se empeñan en buscar el origen en Italia.

La palabra lancha no está en el Diccionario.
leño Éste, lat. LէGNUM, ha dado el cast. leño ‘trozo de árbol cortado’ [APal. «caupillus es leño cavado, como barqueta o copanete» 67b, 1544; Nebr., etc.], ‘embarcación semejante a la galeota’ [1430, Woodbr.]. La palabra leño no está en el Diccionario.
nave NAVE, del lat. NAVIS ‘barco, nave’.

1.ª doc.: orígenes del idioma (Cid; ‘naveta litúrgica’, doc. de 986, Oelschl.).

Es bastante usual en todas las épocas

La palabra nave no está en el Diccionario.
paquebot paquebot o paquebote [-ot y -ote los emplea Fco. Palau, La Vida de Fray Junípero Serra, Méjico 1787, p. 58 (y paquebotillo en p. 10), y están ya en un diario marítimo de 1775, según me comunica el prof. Sean Page], adaptación oral del ingl. packboat íd., compuesto de pack ‘paquete de cartas, etc.’ + boat ‘barco’ La palabra paquebot no está en el Diccionario.
patache PATACHE, ‘aviso, buque de guerra ligero’, forma afrancesada del cast. antic. pataxe, de origen incierto; probablemente tomado del ár. baƫâš ‘nave de dos mástiles’, que parece ser variante de baƫƫâš ‘rápido’, ‘activo, pronto’, ‘fuerte, valiente’.

1.ª doc.: pataje, 1526, Woodbr.; patax, 1566, en autor italiano, como forma española; pataxe (1 vez) y patage (4 veces), 1582, Jal, pp. 1142, 170, 680; patache, 1591, Percivale; patays y plur. pataysos (varias veces) en la carta impresa (Barcelona, 1565) sobre la expedición de Legazpi a las Filipinas.

La palabra patache no está en el Diccionario.
pinaza Pinaza [Berceo]; en este autor figura rimando con palabras en -z- sonora, pero en Apol., las Partidas y la 1.ª Crón. Gral. va con ç (Cuervo, Obr. Inéd., 395), lo cual es indicio de procedencia forastera; sin embargo no parece tomado del cat., donde no me es conocido el vocablo2 y la fecha tardía del mismo en it. [1588, en Zaccaria, 496], así como la vacilación pinazza: -accia en este idioma, parecen indicar que no es voz antigua en el Mediterráneo; tampoco puede venir del port., dada la forma pinaça [1326] y no *pinhaça; por el contrario, fué siempre muy vivo en cast. (1582, 5 1611, en Jal, 1175), también en ingl. [S. XV], fr. [1461], y la documentación alude repetidamente a Bayona y Vizcaya; quizá, a pesar de la fecha más tardía de la documentación encontrada en francés, sea palabra bordelesa o de la costa occidental del territorio lingüístico francés (comp. dos testimonios medievales relativos a Bayona en Levy; sin embargo no será propiamente gascona, pues entonces deberíamos tener *piasse y no pinasse, como se lee ahí y en Palay); comp. Diz. di Mar., s. v.; Vidos, ZFSL LVII, 4-6. [s. v. pino] La palabra pinaza no está en el Diccionario.
pingue PINGUE, probablemente tomado del fr. pinque, voz internacional de los mares septentrionales, de origen incierto, probablemente germánico.

1.ª doc.: Aut.

Definido «embarcación de carga, cuyas medidas ensanchan más en la bodega, para que quepan más géneros». Una variante pinco figura en Aut., como equivalente de ‘flibote’.

La palabra pingue no está en el Diccionario.
pino PINO, del lat. PINUS íd.

1.ª doc.: como nombre propio en la 2.ª mitad del S. XII (Oelschl.); nombre común, J. Ruiz.

De uso general y común a todos los romances (salvo el port., que emplea pinheiro, y sólo pinho como nombre de la madera de pino o de una nave1

Diccionario histórico del español de Canarias
piragua PIRAGUA, de la lengua caribe.

1.ª doc.: 1535, Fz. de Oviedo.

Donde declara «usan estas canoas tan grandes o mayores, como lo que he dicho, e llámanlas los caribes piraguas».

Diccionario histórico del español de Costa Rica
polacre POLACRA, término náutico mediterráneo de origen incierto; en castellano se tomó del cat. pollacra (también pollaca), quizá derivado del lat. PŬLLUS ‘animal joven’, con la terminación de CARRACA.

1.ª doc.: polacre, 1709, Tosca (Aut.); polacra, Acad. ya 1817.

La palabra polacra no está en el Diccionario.
saetia SAETÍA, ‘cierto tipo de embarcación latina’, probablemente se tomó del ár. šaȳƫîya íd., sufriendo en romance el influjo de saeta.

1.ª doc.: Partidas.

Donde se dice que entre las naves «otras hay menores a que dicen galeotas, et taridas, et saetías et zabras…» (II, xxiv, ed. Acad. II, 264).

La palabra saetia no está en el Diccionario.
sultana Sultana [Aut.]. [s. v. sultán] La palabra sultana no está en el Diccionario.
tafurca Tafurea [2.° cuarto S. XV, Díaz de Gámez, Pero Tafur; «tafurea para passar cavallos: hippagium» Nebr.], del ár. taȳfūrîya ‘plato hondo’, seguramente tomado por conducto del cat. tafurea [-eya, 1415] ‘especie de nave’, desde donde el vocablo se propagó hasta el francés [1365], hasta el griego cipriota [1340], en la época de la dominación catalana en Grecia, y a otras lenguas europeas; V. el trabajo de H. y R. Kahane, Estudios M. P., 1950, I, 75-89. [s. v. ataifor] La palabra tafurea no está en el Diccionario.
tartana TARTANA, ‘embarcación menor, de vela latina’ (y de ahí ‘cierto carruaje de dos ruedas’), tomado del oc. tartano íd., oc. ant. tartana ‘cernícalo’, que es el sentido propio del vocablo, probablemente de origen onomatopéyico, por la voz de esta ave.

1.ª doc.: 1607.

Oudin en su ed. de esta fecha: «tartano: nasselle a pescher, un bachot»; en la ed. 1616 admite las dos formas «tartana o tartano», y da ya la traducción francesa tartane, que es la más antigua documentación del vocablo en francés.

La palabra tartana no está en el Diccionario.
trirreme
urca URCA, del fr. hourque, de origen germánico, probablemente del neerl. med. hulke.

1.ª doc.: 2.° cuarto S. XV.

Ya aparece repetidamente en el Victorial (ed. Carriazo, pp. 253, 256, 258, 271), escrito en esta época.

La palabra urca no está en el Diccionario.
vaso VASO, del lat. vg. VASUM, lat. VAS, -IS, ‘vasija’.

1.ª doc.: Berceo.

Es frecuente ya en docs. de los SS. X y XI (Oelschl.), pero quedamos en duda acerca de si el escriba quería escribir latín o cast.

La palabra vaso no está en el Diccionario.
vela VELO, del lat. VୱLUM ‘velo’, ‘tela, cortina’, ‘vela de navío’.

1.ª doc.: orígenes: Glosas Emilianenses, 115 (escrito malamente vello); Berceo.

De uso corriente en todas las épocas […] En latín VୱLUM, además de ‘velo’, ‘tela’, significaba ‘vela de embarcación’; en esta última ac. solía emplearse en plural, VୱLA, según es natural por el significado, y de ahí ha venido el cast. vela [Apol., 261a; J. Ruiz].

Diccionario histórico del español de Canarias
xabeque Jabeque [Aut., xabeque, como embarcación muy usada en el Mediterráneo, especialmente por mallorquines e ibicencos], del mismo origen que el cat. xabec, port. enxabeque [S. XV], fr. chébeck, a saber del ár. vg. šabbâk [S. XIII], derivado de šábaka ‘red’: fué antiguamente una barca de pescar y posteriormente una embarcación costanera o un pequeño navío de guerra; vid. Dozy, Suppl. I, 723a (que rectifica el Gloss. del mismo autor), Jal (s. v. chabek y enxabeque); la Acad. desde 1899 cita jábega como nombre de una embarcación de pesca semejante al jabeque, pero más pequeña3. La palabra xabeque no está en el Diccionario.

Javeques en un documento del Arsenal de Cartagena (1783):

XABEQUE en el DRAE (1.ª ed.: 1780):

JABEQUE en la 5ª ed. del DRAE (1817):

Sobre el vocabulario de la navegación (náutica, ingeniería naval y áreas afines), puede consultarse Carriazo Ruiz (2018).

  1. Resultados y discusión

En cuanto al significado de las unidades léxicas definidas mediante el clasificador semántico embarcación, se deben distinguir primeros los seis sinónimos, o casos de hiperonimia-hiponimia simétricas, que son: barco, bajel, nave, pino, vaso y vela; estas tres últimas, además, ejemplos de sinécdoque. Todos son latinismos, a excepción del catalanismo (según DECH) o galicismo (según DHLE1960-1996) bajel.

Los restantes cuarenta sustantivos corresponden a hipónimos, ya que designan clases, géneros o tipos de barcos, embarcaciones o naves. El grupo etimológico más numeroso está formado por una docena de orientalismos: albatoza, armadia, balandra (en realidad un galicismo producto del cruce del neerlandes/francés y el turco palandra), caramuzal, caravana (‘navíos que navegan en conserva’, un colectivo más que un tipo de embarcación, de origen persa), faluca (falúa), lancha (del malayo a través del portugués), patache, saetia, sultana, tafurca (errata por tafurea) y xabeque; a los que se podrían sumar los helenismos chata y galera (14 orientalismos en total). El resto son los cinco galicismos bote (del inglés a través de fr. antiguo o gasc.), pinaza («quizá, a pesar de la fecha más tardía de la documentación encontrada en francés, sea palabra bordelesa o de la costa occidental del territorio lingüístico francés», según el DECH), pingue, tartana («del oc. tartano íd., oc. ant. tartana ‘cernícalo’», DECH: s. v. tartana) y urca (5); los tres catalanismos bergantin, escorchapin y galeaza (3); los indigenismos canoa y piragua (2); el anglicismo paquebot (1); el latinismo patrimonial leño («‘embarcación semejante a la galeota’»); el lusismo carabela (1); balsa, de origen prerromano (1); los derivados barca, barcaza chinchorro, del mozarabismo chinche (3), y los dos nombres de embarcaciones con origen incierto: buzo (DHLE, 2013-: s. v.) y polacre (2). En total 33 voces con etimología conocida, probable o incierta.

Aparte quedan algunos presuntos fantasmas lexicográficos: balsilla, bucentoro, cañamiz, carcoa, carda, cardita y trirreme (siete), cuya condición de tales dilucidaremos en la discusión, antes de presentar las conclusiones sobre los nombres de embarcaciones en el Diccionario de autoridades, ya que «ocurre que en los diccionarios, incluso en los más comunes, se incluyen voces o acepciones sobre las que existen fundadas sospechas de que nunca han sido empleadas» (Álvarez de Miranda, 1984: 136). En resumen, tenemos seis sinónimos de ’embarcación’ más 33 voces con etimología conocida, probable o incierta y siete sospechosos fantasmas.

Dejemos de momento a un lado la cuestión etimológica. Lo esencial, ante cualquier entrada o cualquier acepción del diccionario común, es preguntarse desde cuándo está ahí, y, a ser posible, por qué está (Álvarez de Miranda, 2023: 15).

Antes de presentar las conclusiones sobre el tratamiento de los nombres de embarcaciones en el Diccionario de autoridades, repasaremos los siete presuntos fantasmas lexicográficos: balsilla, bucentoro, cañamiz, carcoa, carda, cardita y trirreme, cuya condición de tales se trata de aclarar mediante la consulta del CDH y del NTLLE, pues «el material acumulado ha permitido en ocasiones detectar la presencia de textos espurios tanto en los diccionarios académicos “de autoridades” (el de 1726-39 y los inconclusos de 1770 y 1933-36) como en otros repertorios no académicos» (Álvarez de Miranda, 1984: 136).

4.1. balsilla

Según el corpus académico, la historia de balsilla comprende el periodo 1548-1701, y se recoge en los diccionarios académicos (desde las dos ediciones de Autoridades, 1726 y 1770, hasta la undécima edición del DRAE, 1869) y no académicos de los siglos XVIII y XIX (incluidos Terreros, 1786; Núñez de Taboada, 1825; Salvá, 1846; Castro y Rossi, 1852; Domínguez, 1853, y Zerolo, 1895), de acuerdo con el NTLLE. El caso de balsilla resulta particular, pues el CDH muestra que su uso llega hasta 1701, aunque su permanencia en el DRAE hasta 1869 señala la decisión de la Academia de eliminar los diminutivos de sus diccionarios a partir de la duodécima edición (1884) como la causa de su desaparición en el DRAE. Se trata de un diminutivo más que de un hipónimo o designación de un tipo o género de embarcación, como muestran tanto su presencia en el CDH como su historia lexicográfica, obviamente.

4.2. bucentoro

La historia de bucentoro va de 1534 a 1786 en el CDH y de 1721 (Bluteau) a 1936 (DHLE) en el Tesoro académico. Mientras la forma bucentauro aparece una sola vez en el corpus académico, en 1589, la variante Bucentauro presenta concordancias entre 1861 y 1995. La historia lexicográfica de bucentauro va del Diccionario de autoridades (1726) al DHLE (1936), según el NTLLE.

El DME de 1831 incluye bucentoro (como equivalencia en italiano del español bucentauro, en la página 114 y, como parte de un lema doble —«BUCENTAURO ó BUCENTORO»—, en las «Adiciones y rectificaciones a los artículos del diccionario», página 171 de la numeración que se inicia después del suplemento, pp. 569-584) y trirreme («TRIRREME. s . m . TRIRREMIA . s . f. ant . A. N. Galera de tres órdenes de remos. = Fr . Trireme. = Ing . Trireme. = lt . Trireme », p. 538), pero no trae balsilla, cañamiz, carcoa, carda ni cardita. En estos cinco casos, a diferencia de lo que sucedió con amarrazón, la Academia no «hizo caer en la trampa incluso a[…]l excelente Diccionario marítimo español» (Álvarez de Miranda 1984: 140). Tampoco las incluye el Diccionario español de la lengua franca mediterránea, de Pedro Fondevila Silva, quien solo trae bucentauro: «(*)[1] Embarcación de remo, grande y ostentosa, ricamente adornada, en la cual celebraba el Dux de Venecia su desposorio anual con el mar Adriático. [Lorenzo, 1864]» (2011: 118), junto a dos citas de Duque de Estrada, 1956; además, justo antes, se remite a esta entrada en la variante «Bucentauro(*). V. Bucentoro. [Lorenzo, 1864]». Las dos citas corresponden a las siguientes documentaciones del CDH:

  1. «Éste es día en que sale todo el Senado de Venecia en una galeaza llamada Bucentoro, en la cual van los forzados, a diez por remo, vestidos de damasco, debajo de cubierta»
  2. «cubierta de brocado finísimo, guarnecido de oro, y todo de dentro y fuera hecho un ascua de oro, de adonde toma el nombre de Bucentoro y testunzato (o revocado de oro o cubierto)»

Correspondientes a «1607-1645 DUQUE DE ESTRADA, DIEGO, Comentarios del desengañado de sí mismo. Vida del mismo autor [España] [Henry Ettinghausen, Madrid, Castalia, 1982] Novela», que el diccionario murciano identifica como «Duque de Estrada, Diego. Memorias de Don Diego Duque de Estrada. Edición de José María de Cossío y Martínez Fortún. Madrid: Ediciones Atlas, 1956» (2011: 490). El manuscrito puede consultarse en la Biblioteca Digital Hispánica.

En resumen, podemos descartar que Bucentauro y Bucentoro sean fantasmas lexicográficos puestos en circulación por Autoridades en 1726, ya que se trata de un nombre propio de una embarcación, por su uso ceremonial, singular y particular, por lo que se escribe con mayúscula inicial en los Comentarios del desengañado de sí mismo de Diego Duque de Estrada, tanto editados por Cossío y Martínez Fortún (1956) como en la edición de Henry Ettinghausen para Castalia (1982).

4.3. cañamiz

Ningún ejemplo aporta el CDH para cañamiz, recogido solamente, según el NTLLE, en Autoridades (1729), Terreros (1786: «cierto jenero de embarcacion, a modo de fusta, que usan en Indias. Fr. Espece de chaloupe. Lat. Lembus»), Castro y Rossi (1852: «s. m. Especie de chalupa en Indias»), Zerolo (1895: «Mar. Embarcación usada en las Indias») y DHLE (1936). Tanto el histórico («A. Herrera, Hist. Gen. de Indias, décad. 3, lib. 1, cap. 9») como Autoridades («HERR. Hist. Ind. Decad. 3. lib. 1. cap. 9. Otro día llegaron tres navíos del Rey, que llaman Cañamíces, a manera de fustas, con las próas doradas») traen la misma cita de la tercera década (libro 1, capítulo 9) de la Historia general de Indias de Herrera. En definitiva, tanto el histórico de 1936 («A. Herrera, Hist. Gen. de Indias, décad. 3, lib. 1, cap. 9») como Autoridades («HERR. Hist. Ind. Decad. 3. lib. 1. cap. 9. Otro día llegaron tres navíos del Rey, que llaman Cañamíces, a manera de fustas, con las próas doradas») traen la misma cita de la tercera década (libro 1, capítulo 9) de la Historia general de Indias de Herrera, correspondiente a la Historia general de los hechos de los castellanos en las islas i tierra firme del mar oceano / escrita por Antonio de Herrera coronista mayor de su Md. de las Indias…; en quatro Decadas de Antonio de Herrera y Tordesillas (1559-1625), impresa en 1601 y ¿digitalizada en la Biblioteca Digital Hispánica?

El texto de la primera década se incluye en el CDH: «1601 HERRERA Y TORDESILLAS, ANTONIO DE, Historia general de los hechos de los castellanos en las islas y tierra firme. Década primera [España] [Ángel de Altolaguirre y Duvale, Madrid, Real Academia de la Historia, 1934-1935] Historia», pero la cita, al localizarse en la tercera, libro 1, capítulo 9 (Herrera & Cuesta Domingo, 1991: tomo II, 247-249): De lo que sucedió a los que buscaban la especiería y que desampararon a Juan Serrano y que llegaron a Borney (1521), no se recupera, por tanto, del corpus académico: «Otro día llegaron tres navíos del Rey, que llaman cañamices, a manera de fustas, con las próas doradas como cabezas de sierpes, para saber qué navíos eran aquéllos, y qué querían» (Herrera & Cuesta Domingo, 1991: II, 248). No obstante, esa misma forma del plural se documenta dos veces en el CDH:

  1. «El dia 9 fueron á las naos tres navios del Rey de Borneo, que les llaman Cañamices, y eran como fustas con proas doradas de figura de cabezas de sierpes»
  2. « y creyeron que eran de mercancías que querían entrar en la ciudad; pero en breve descubrieron mas de ciento y cincuenta cañamices que de dentro iban á las naos, por lo cual se levaron estas con mucha priesa y dieron la vela»

Ambas citas en “1837 FERNÁNDEZ DE NAVARRETE, MARTÍN, Viajes al Maluco de Hernando de Magallanes [España] [Madrid, Imprenta Nacional, 1837] Turismo”, muy posiblemente tomadas de la Historia de Antonio de Herrera y Tordesillas. El encuentro con las naves del rey de Borneo se narra asimismo en la Relación de Pigafetta. La primera cita de Fernández de Navarrete y la de Antonio de Herrera que recogen los diccionarios corresponde a la página 112 en la edición italiana (1800) de la relación de Pigafetta preparada por Amoretti: «Nel giorno seguente il Re di quell’isola mandò alle navi un prao molto bello con prora e poppa fregiate d’oro», a su vez trasladada al francés en la página 138 de la traducción publicada en 1801: «Le jour suivant, le roi envoya aux vaisseaux une assez belle pirogue dont la proue et la poupe étoient ornées d’or». El prao del italiano corresponde con el parao del DME: «s . m . A. N. Segun los diccionarios tenidos a la vista , barco pequeño de las mares de la China é Indias orientales, bastante parecido al junco en su aparejo, con alguna corta diferencia . = Fr. Parao. = Ing . Parao. = It . Parao», mientras que pirogue equivaldría al castellano piragua (DHLE: s. v. piragua).

4.4. carcoa

Tampoco hay ejemplos en el CDH de la forma carcoa, con entradas en Autoridades 1726, las dos primeras ediciones del DRAE (1780, 1783), Terreros (1786), Salvá (1846), Gaspar y Roig (1853), Domínguez (1853 y 1869, suplemento) y Zerolo (1895), hasta el DHLE (1936). En esta entrada, la cita de Autoridades («ARGENS. Maluc. lib. 1. fol. 6. Havían mirado el naufragio y remando en una carcóa llegaron con la presa cierta sobre los que apenas estaban libres de él») corresponde a la Conquista de las Islas Malucas (Madrid: Alonso Martin, 1609) de Bartolomé Leonardo de Argensola (1562-1631), que se encuentra digitalizada en la Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico, con la cita en la página 6 del libro primero:

Al tratarse de un hápax y a la vista del contexto, ¿sería una errata del impreso por canoa?

4.5. carda

En el CDH, tras revisar los 211 casos en 111 documentos del sustantivo lematizado carda, no se ha hallado ningún ejemplo que designe una embarcación, sino diversos instrumentos para cardar o desbastar, así como varios usos en germanía. De acuerdo con los datos del NTLLE, el nombre de embarcación pasa de Autoridades (1729) al DRAE (1780, 1783, 1791, 1803, 1817, 1822, 1832, 1837, 1843, 1852, 1869, 1884, 1899, 1914, 1925 —no en el manual de 1927—, 1936 -usual e histórico-, 1939, 1947 —no en el manual de 1950—, 1956, 1970, 1984, 1992, 2001), Terreros (1786), Núñez de Taboada (1825: «ant. Especie de galeota»), Salvá (1846: «ant. Especie de embarcación semejante a la galeota»), Castro y Rossi (1852: «(Ant.) Segun la Academia, barco semejante a la galeota»), Domínguez (1853: «Mar. ant. Especie de embarcación parecida a la galeota»; Suplemento: «Se llamó en la marina antigua una especie de galeota»; Suplemento, 1869: idem), Gaspar y Roig (1853: «Mar. ant.: especie de embarcación parecida a la galeota»), Zerolo (1895), Pagés (1904), Alemany y Bolufer (1917) y Rodríguez Navas (1918). La acepción «5. f. ant. Especie de embarcación semejante a la galeota» ya no se recoge en el DLE (2014, versión electrónica 23.8.1) y todos los repertorios con autoridades desde 1729 hasta 1936, incluidos Zerolo y Pagés, traen la misma cita: «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 33. E dicenles nombres, porque sean conoscidos: assí como caracóes, y bucos, y cardas y tacas, y leños, y halóques, y barcas», como señaló Pedro Álvarez de Miranda que ocurría en el caso de amarrazón: «al prestigio de la Academia —reconocido o no— se añadía en este caso el del aval cervantino, cuya veracidad nadie se molestó en comprobar, y por supuesto el prurito de los lexicógrafos de no ser menos que los demás por lo que a caudal léxico inventariado se refiere» (Álvarez de Miranda, 1984: 140).

4.6. cardita

Algo muy similar ocurre con el diminutivo cardita. El CDH no contiene ningún ejemplo; mientras que el NTLLE registra entradas desde Autoridades (1729) en DRAE (1780: «s. f. d. ant. de carda, especie de embarcación. Navicula», 1783: idem, 1791, 1803, 1817), Terreros (1786: «antic. era una embarcación pequeña, V.»), Salvá (1846: «f. dim. de carda, especie de embarcación»), Domínguez (1853: «s. f. Mol. Género de moluscos de las conchíferas dimiarias, familia de las cardiáceas»; suplemento: s. v. cárdita «Ant. Era una embarcación pequeña»; 1869, suplemento: idem), Gaspar y Roig (1853: «s. f. Zool.: género de moluscos conchíferos…»; 1879, sumplemento: «f. Mol. Género de moluscos de las conchíferas…») y Zerolo, 1895: «—2. Mar. Especie de embarcación antigua. “…a que dicen galeotas é carditas.” (Doctr. de Cab.)». El DHLE1936 trae esa misma autoridad: «Cartegena. Doctr. de Caballeros, lib. 1, tít. 8, ed. 1487, f. 34», como Autoridades: «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 34. A estas llaman galéas grandes y menores, a que dicen galeotas y cardítas».

De hecho, carda y cardita se documentan respectivamente en «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 33. E dicenles nombres, porque sean conoscidos: assí como caracóes, y bucos, y cardas y tacas, y leños, y halóques, y barcas» / «Cartagena, Doctr. de Caballeros, ed. 1487, p. 86» y «DOCTR. DE CAB. lib. 1. tit. 8. fol. 34. A estas llaman galéas grandes y menores, a que dicen galeotas y cardítas» / «Cartagena, Doctr. de Caballeros, lib. 1, tít. 8, ed. 1487, f. 34». Las citas corresponden al folio XXXIIIv del ejemplar digitalizado en la BDH:

y al XXXIVr:

4.7. trirreme

Por último, en el CDH se encuentran 28 casos de trirreme (lat. trĭ-rēmis «a vessel with three banks of oarsa trireme», Lewis & Short, Perseus Digital Library) en 23 documentos, todos ellos contemporáneos: uno del siglo XIX, 1827, y el resto del XX, entre 1909 y 1995. El NTLLE registra entradas desde Autoridades (1739) en el DRAE (1884, 1899, 1914, 1925, 1927 —manual—, 1936, 1939, 1947, 1950 —manual—, 1956, 1970, 1985 —manual—, 1984, 1989 —manual—, 1992, 2001, 2014), Zerolo (1895, con ejemplo de Pinc.), Toro y Gómez (1901: «m. ant. Mar. Embarcación de tres órdenes de remos»), Alemany y Bolufer (1917), Rodríguez Navas (1918) y Pagés (1931), con el mismo ejemplo que Zerolo de Alonso López Pinciano: «O cuantos embarcó la vana muerte / Este mísero día en su trirreme». Ambos lexicógrafos toman la cita de Autoridades:

TRIRREME. s. m. Embarcacion de tres remos por banda. Es del Latino Trirremis, y tiene poco uso. PINC. Pelay. lib. 6. f. 76.
O quantos embarcó la vana muerte
Este misero dia en su
 trirreme.

Tampoco, por tanto, el latinismo trirreme, puesto en circulación por la Academia en su primer diccionario, resulta un fantasma lexicográfico, aunque su uso solo se difunde en español durante el siglo XX, según el CDH, y desaparace de los diccionarios hasta que se recupera en la duodécima edición del DRAE (1884):

Trirreme
(Del lat. trirēmis.)
m. Mar. Embarcación de tres órdenes de remos, que usaron los antiguos.

<https://edrae1884.uab.cat/edicion/>

  1. Conclusiones e hipótesis

No se equivocaban los académicos, pues, al introducir cañamiz, carcoa, carda y cardita como nombres de embarcaciones en el Diccionario de autoridades. No hay, por tanto, fantasmas léxicos o lexicográficos en nuestro pequeño corpus. Evidentemente, ni Bucentoro ni, quizás, balsilla deberían tampoco aparecer como nombres de embarcaciones genéricos o comunes en el diccionario usual; la única excepción posiblemente sería trirreme, por su condición de historicismo.

Esperemos que algún día la[s] recoja el tercer intento —electrónico— de diccionario histórico académico. Pero nada más» (Álvarez de Miranda, 2023: 23). Quizás, eso sí, nos encontremos ante algunas “palabras de diccionario”, como gañil, que no es «una palabra fantasma en español, pues no podría demostrarlo de modo categórico. Pero sí, ante la penuria documental, que estamos ante un caso típico de “palabra de diccionario”, de voz a la que difícilmente alcanza a insuflar vida su reiterada inclusión en ellos (Álvarez de Miranda, 2007: 108).

Las conclusiones en su conjunto se alinean con uno de los objetivos secundarios del DHLE: la elaboración de taxonomías, «que se van construyendo a medida que se elaboran los diferentes artículos» (Campos Souto, 2020: 296) para ir formando una ontología general, denominada DHistOntology (Molina Sangüesa, 2023: 229; Molina Sangüesa, 2022: passim), que dará lugar al tesauro histórico de la lengua española. Esta comunicación pretende contribuir a esa tarea mediante la cuantificación ede hiperónimos e hipónimos a partir del análisis de un clasificador semántico y las voces con él relacionadas en el Diccionario de autoridades (1726-1739). Además, aún quedaría analizar los otros hiperónimos en profundidad para completar este tramo de la ontología del vocabulario histórico del español, lo cual podría arrojar luz sobre las fuentes especializadas empleadas por los académicos para la elaboración del diccionario académico (véase Freixas Alás, 2010: 374; Arribas González, 2024).

Bibliografía

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DLE = Real Academia Española (2014): Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., Madrid, Espasa. Fecha de consulta: 30/5/2026.

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TDHLE = Real Academia Española (2021): Tesoro de los diccionarios históricos de la lengua española. Fecha de consulta: 30/5/2026.


[1] «Cuando la palabra, acepción o forma ortográfica no aparece en el DRAE, lo indicamos mediante el símbolo (*) colocado a continuación de aquella» (2011: 36).

¿Quién fue José Vargas Ponce?

José Vargas Ponce (Cádiz, 1760-Madrid, 1821) «tuvo en vida la idea obsesiva de escribir la historia de la Marina» y sus trabajos en este campo «se cruzaron permanentemente con los de sus amigos Juan Bautista Muñoz, Martín Fernández de Navarrete o Juan Ignacio Gamón (Abascal y Cebrián, 2010: 35)[1]. Por iniciativa de Campomanes, fue elegido académico correspondiente de la Academia de la Historia y el 24 de febrero de 1786 leyó su discurso Origen, progreso y expediciones de la Marina en general y especialmente de la de España (Abascal y Cebrián, 2010: 59); en esta institución se concentró en ocho tareas literarias y profesionales, según su propio relato autobiográfico de 1816, entre las que conviene destacar aquí dos: «Elaboración “de un tomito de reglas directivas para llenar los artículos del […] Diccionario geográfico de España”» y «Preparación de un Diccionario de todas las voces geográficas»[2].

José Ramón Carriazo Ruiz – Profesor de lengua española de la UNED

[1] El legado de Vargas Ponce se custodia en la Real Academia de la Historia, en el Archivo del Museo Naval (colección de Fernández de Navarrete, Sanz de Barutell y Vargas Ponce, cfr. San Pío y Zamarrón, 1979, 1996) y en el conjunto documental conservado en el archivo del marquesado de Legarda en Ábalos (La Rioja), que fue de Martín Fernández de Navarrete (Guillén, 1944, 1946).

[2] «Respecto al Diccionario, sabemos por las Actas académicas que Vargas Ponce entregó el 27 de junio de 1788 un total de 215 cédulas ya redactadas y que en aquella sesión leyó y se aprobaron las que comenzaban por la letra A: «1788 a 20 de junio. Leí la lista de 214 cédulas de vientos y nombres geográficos marinos para el Diccionario de la Academia y de que la mayor parte no se hallan en el de la Española. 1788 a 27 de junio. Entrego 215 cédulas según lo acordado en la junta anterior y las leí en esta y las dos academias sucesivas» (Abascal y Cebrián, 2010: 66).

Imagen del encabezamiento: fragmento del retrato de Vargas Ponce por Goya conservado en la RAH.

Ideología y diccionarios

Con esta entrada llega a su fin el año 2017 en este blog. El tema elegido para finalizar la serie de entradas de este año natural es el de la relación entre la ideología, la pragmática lingüística y los diccionarios, una de las materias del máster interuniversitario en Elaboración de diccionarios y control de calidad del léxico español, de la Universidad Autónoma de Barcelona y la UNED (Ideología, pragmática y diccionarios). En el programa de radio cuya grabación hoy os facilito, el presentador Miguel Minaya nos entrevistó a la profesora Ariana Suárez, de la Universidad Carlos III de Madrid y docente en el máster de la UNED-UAB, y a mí, como secretario del mismo máster. El asunto tratado, de gran actualidad, abarca asuntos tan importantes como el reflejo de la evolución ideológica de la sociedad en asuntos relacionados con la discriminación por cuestión de raza, religión, ideas políticas o género. Espero que os resulte interesante. Aprovecho para desear a todos los lectores de la bitácora unas felices fiestas navideñas y un muy próspero año nuevo.

El tecnolecto marinero en el Persiles: naufragio y tormenta (libro I, caps. 19-23-libro II, caps. 1-2)

«…que el ver mucho y el leer mucho aviva los ingenios de los hombres» (capítulo 6.º del libro II).

La pasada semana se celebró en la Universidad Nova de Lisboa el congreso internacional “Cervantes y los mares en los cuatrocientos años del Persiles, del que ya os hablé en esta mi bitácora en una entrada anterior, en el cual Adrián J. Sáez y yo presentamos la comunicación titulada «“Porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento”: el tecnolecto náutico de Cervantes», con gran éxito de público y crítica. Os dejo aquí algunas de las conclusiones a las que llegamos.

El vocabulario náutico de Cervantes tiene dos orígenes muy precisos: la experiencia vital que trasluce su biografía en las galeras del Mediterráneo y la cultura libresca de un ingenio nada lego como era el esclarecido narrador, poeta y dramaturgo alcalaíno. Para establecer qué voces o términos, expresiones y conocimientos, náuticos y navales tienen su origen en la peripecia vital cervantina y cuáles provienen de sus seguro abundantes lecturas, habría que emprender una clasificación cronológica (neologismos frente a arcaísmos), etimológica (préstamos), pragmática (usos mediterráneos frente a usos atlánticos) y designativa (clases o campos semánticos) del conjunto del vocabulario de las obras cervantinas, con una intención holística. Como esta aproximación supera los límites de la presente ponencia, me voy a limitar a comentar un par de capítulos (el primero y segundo del libro II), en el contexto del final del libro primero (capítulos 19-23) y el inicio del libro segundo, para mostrar el tipo de análisis que proponemos.

La principal característica narrativa del Persiles es su marco atlántico, como historia septentrional que se desarrolla, al menos en los dos primeros libros, entre el Báltico, el mar del Norte, el golfo de Vizcaya y las costas portuguesas. Las técnicas de navegación oceánica difieren de las del Mediterráneo: galeones frente a galeras, preponderancia de las velas redondas frente a velas latinas, propulsión anemónica de grandes naves frente a uso de los galeotes, forzados y buenavollas; todo ello tiene consecuencias en el reflejo y uso del tecnolecto. El vocabulario náutico español de la navegacion mediterránea pertenece al mundo de las galeras y está plagado de catalanismos e italianismos, mientras que el léxico de los galeones atlánticos está conformado por germanismos (sobre todo anglicismos y flamenquismos, aunque también términos de las lenguas nórdicas), lusismos y galicismos de remoto origen germánico. Si bien hay una buena porción de términos compartidos por ambos tecnolectos, en algunos campos semánticos pueden establecerse usos léxicos opuestos atendiendo al uso mediterráneo o atlántico; así, por ejemplo, en las designaciones de las naves (galeón o fragata tienen diversos sentidos en uno u otro ambiente), en la anemonimia (contrastes léxicos en la denominación de los vientos o rumbos de la aguja náutica) y en los nombres de los cargos de la tripulación (buen ejemplo de ello son los enumerados por Guevara en su Arte de marear frente a los que trae Diego García de Palacio en su Instrucción náutica, México, Pedro Ocharte, 1587). En conclusión, el vocabulario esperable en los dos primeros libros del Persiles sería de tipo oceánico, compartido con las crónicas de Indias (de ahí la teoría según la cual las acciones septentrionales narradas en el Persiles se compadecen más con una localización americana que con un ámbito europeo) o con los tratados náuticos del siglo XVI (destinados a la formación de los pilotos y oficiales de la carrera de Indias, desde Martín Fernández de Enciso: Suma de geografía, 1530 [1.ª 1519], Alonso de Chaves: Quitripartitu in cosmographía, ms., Francisco Faleiro: Tratado del esfera y del arte de navegar; Pedro de Medina: Arte de navegar, 1545, y Regimiento de navegación, 1552 y 1563; Martín Cortés de Albacar: Breve compendio de la sphera y de la arte de navegar, Sevilla, Antón Álvarez, 1556 (1.a ed., Sevilla, Antón Álvarez, 1551); Juan Escalante de Mendoza: Itinerario de navegación de los mares y tierras ccidentales, c. 1575, ms.; Diego García de Palacio o Tomé Cano: Arte para fabricar, fortificar, y apareiar naos de gverra, y merchante; con las reglas de archearlas, reduzido a toda cuenta y medida, y en grande vtilidad de la navegación, Luis Estupiñán, Sevilla, 1611; entre otros).

Ahora bien, del mismo modo que parece aventurado pensar que Cervantes aprendió las técnicas de navegación oceánica en las crónicas de Indias y que estas fuesen fuente del Persiles al menos en ese aspecto, también sería azaroso demostrar que el genio se informase con los tratados redactados y publicados para la formación de pilotos y oficiales de la carrera de Indias. Más plausible sería proponer que quizás Cervantes conociese la famosa carta escrita por Eugenio de Salazar al licenciado Miranda de Ron en 1573 (que seguro circuló en los años finales del siglo XVI, pues se conserva una copia de la misma en el manuscrito que contiene la Silva de poesías del madrileño, preparado para entrar en la imprenta antes de 1602, cuando falleció su autor), del mismo modo que podría conjeturarse que Cervantes conociese el vocabulario de las galeras, además de por su propia experiencia vital en los años de Italia y los posteriores del cautiverio, por la lectura del Arte de marear de Guevara. En cualquier caso, para tratar de aclarar estas hipótesis, deberíamos realizar un análisis de conjunto en profundidad, como el que voy a tratar de mostrar aquí en detalle a modo de ejemplo.

Como ha señalado Fernández Mosquera recientemente, la tormenta y el naufragio son motivos obligados en la narración bizantina: «La tormenta se convierte en una suerte de piedra de toque de todo un género y, sobre todo para lo que ahora interesa, de la actitud que muestra Cervantes ante él». Este crítico apunta la escasez de tormentas en el Persiles, frente a otros autores como Stelio Cro quien señalaba la abundancia de tormentas en la obra como un elemento que la acercan a las crónicas de Indias. En el primer libro se encuentra el primero de los dos naufragios narrados en el Persiles: provocado por la traición de dos marineros, no por una tormenta, es la causa de las separación de los protagonistas, Periandro-Persiles en el esquife y Auristela-Sigismunda en la barca (capítulo 19). Como indica Fernández Mosquera, «la tormenta mejor narrada, con más detalle y con un posible valor funcional y estructural, se sitúa en el comienzo del libro II, en su capítulo 1». No obstante señalar su importancia estructural en la narración, Arellano (apud Fernández Mosquera, en prensa) destaca la sobriedad en la descripción de la tormenta del Persiles, simplemente desarrollada para que pueda cumplir su función narrativa: justificar el reencuentro de los personajes: «en cuanto la borrasca ha cumplido su cometido de desviar el camino de los aventureros, puede hacer su inmediata aparición el mar bonancible sin necesidad de insistir más en las descripciones tormentosas». La función de la tormenta es conseguir la verosimilitud y procurar el deleite del avance en la narración; igual que el naufragio al final del libro primero sirve para separar a los protagonistas, la tormenta al principio del segundo libro va a procurar su reeencuentro. En este contexto, la narración de la tormenta presenta un uso característico del tecnolecto marinero que refleja el vocabulario y los conocimientos de Cervantes, vivenciales y librescos.

La tormenta se narra así:

cambiándose el viento y enmarañándose las nubes, cerró la noche escura y tenebrosa, y los truenos, dando por mensajeros a los relámpagos, tras quien se siguen, comenzaron a turbar los marineros y a deslumbrar la vista de todos los de la nave; y comenzó la borrasca con tanta furia que no pudo ser prevenida de la diligencia y arte de los marineros; y así, a un mismo tiempo les cogió la turbación y la tormenta; pero no por esto dejó cada uno de acudir a su ocio y a hacer la faena que vieron ser necesaria, si no para escusar la muerte, para dilatar la vida: que los atrevidos que de unas tablas la fían8 la sustentan cuanto pueden, hasta poner su esperanza en un madero que acaso la tormenta desclavó de la nave, con el cual se abrazan, y tienen a gran ventura tan duros abrazos. (Libro II, cap. 1)

En los párrafos siguientes hacen su aparición la ciencia de los marineros y el capitán («La tormenta creció de manera que agotó la ciencia de los marineros, la solicitud del capitán y, finalmente, la esperanza de remedio en todos»), el reloj de arena, la aguja y el buen tino («No había allí reloj de arena que distinguiese las horas, ni aguja que señalase el viento, ni buen tino que atinase el lugar donde estaban»), la cubierta y las gavias del navío («Atreviose el mar insolente a pasearse por cima de la cubierta del navío y aun a visitar las más altas gavias», id est «Vela que se coloca en uno de los masteleros de una nave, especialmente en el mastelero mayor» [acepción 2 del DLE], vide infra), el huracán que vuelca la nave y saca a la superficie la quilla («finalmente, combatida de un huracán furioso, como si la volvieran con algún artificio, puso la gavia mayor en la hondura de las aguas y la quilla descubrió a los cielos»). Vemos en este primer capítulo del libro segundo una buena muestra del vocabulario propio de la navegación océanica (gavia ‘vela de los masteleros’, huracán y navío), junto a otros términos compartidos por las galeras y las naos, propios de la ciencia de los marineros sin distinción (aguja, capitán, cubierta, quilla, reloj de arena, tino o gavia, aunque vide infra el doble significado ‘vela de los masteleros’/’cofa de las galeras’).

El capítulo siguiente, el segundo del libro II, cuenta el reencuentro de los personajes separados en la barca y el esquife tras el naufragio del capítulo 19 de la primera parte (cliffhanger). La nave, con la quilla y la gavia mayor invertidas, acaba varada en las proximidades de un seguro puerto de aguas claras y tranquilas en las que se refleja una gran ciudad. Sus habitantes se acercan al casco de la nave pensando que se trata de un cetáceo y algunos osados saltan encima del buco, dentro del cual «sonaban golpes, y aun casi se oían voces de vivos». Se inicia así un juego con la polisemia de buco ‘casco de nave/agujero’, el cual se pone en palabras de un anciano caballero que se encontraba junto al rey Policarpo:

–Yo me acuerdo, señor, haber visto en el mar Mediterráneo, en la ribera de Génova, una galera de España que, por hacer el car con la vela, se volcó como está agora este bajel, quedando la gavia en la arena y la quilla al cielo; y, antes que la volviesen o enderezasen, habiendo primero oído rumor, como en este se oye, aserraron el bajel por la quilla, haciendo un buco capaz de ver lo que dentro estaba; y el entrar la luz dentro y el salir por él el capitán de la misma galera y otros cuatro compañeros suyos fue todo uno. Yo vi esto, y está escrito este caso en muchas historias españolas, y aun podría ser viviesen agora las personas que segunda vez nacieron al mundo del vientre de esta galera; y, si aquí sucediese lo mismo, no se ha de tener a milagro, sino a misterio: que los milagros suceden fuera del orden de la naturaleza, y los misterios son aquellos que parecen milagros y no lo son, sino casos que acontecen raras veces.

No resulta difícil identificar a este anciano caballero con el propio Cervantes, que aprovecha un recuerdo de su juventud italiana y de sus años de soldado embarcado en galeras por el mediterráneo, para dotar de verosimilitud a una peripecia que parece confundir hasta al narrador de la historia («Parece que el volcar de la nave volcó o, por mejor decir, turbó el juicio del autor de esta historia, porque a este segundo capítulo le dio cuatro o cinco principios, casi como dudando qué fin en él tomaría»). El parlamento del anciano caballero va seguido de la respuesta del rey Policarpo, donde se incluye el uso anfibológico de buco: «–Pues ¿a qué aguardamos? –dijo el Rey–. Siérrese luego el buco y veamos este misterio, que si este vientre vomita vivos, yo lo tendré por milagro».

Del conjunto léxico señalado en estos pasajes, tres son los términos más interesantes por sus connotaciones netamente oceánicas: buco, huracán y navío (frente a otras designaciones de naves como bajel o galera).

  • Buco es especialmente significativo por su pertenencia al tecnolecto naval y su polisemia. El sentido ‘agujero’ lo señala como un italianismo, frente al sentido de ‘vaso o casco’, que DICTER identifica como variante de buque en el Arte de Tomé Cano: «Y porque en el siglo de aquella primera edad les era cosa tan tratable a los hombres el uso de los navíos, como el de las demás artes aprendidas de Adán, no les era cosa nueva ni de admiración el buco o vaso de aquel navío, o sea arca, como llama la Escriptura Sagrada, que fabricava el sancto patriarcha Noé» (Cano, Arte para fabricar naos, 1611, fol. 8v); «Advirtiendo que estas medidas son para buco de nao de guerra, y también lo son para de merchante, excepto algunas en que a de llebar diferentes tamaños, como adelante se dirá, porque por aver de yr cargada en sus largas navegaciones, es necessario que lleve probecho y que se ponga más descansada en el mar y de mar en través» (Cano, Arte para fabricar naos, 1611, fol. 21v). Curiosamente, ambos pasajes del Persiles sirven a los primeros académicos para introducir ambas acepciones en Autoridades: « s. m. El espácio interiór del baxel, ò su concavidád, que à veces se toma por toda la nave. Lo mismo que Buque, aunque menos usado. Lat. Navigii alveus. CERV. Persil. lib. 2. cap. 2. Saltaron algunos encima del buco, y dixeron al Rey que dentro dél sonaban golpes, y aun casi se oían voces de vivos» y «BUCO. Se suele tomar tambien por Abertúra. Lat. Hiatus. CERV. Persil. lib. 2. cap. 2. Asserraron el baxél por la quilla, haciendo un buco capáz de vér lo que dentro estaba» (s. v.); se trata del primer registro lexicográfico en español de esta polisemia. Más allá de la imprecisión de DICTER, que lo identifica con buque y no con casco o vaso [«Cuerpo de la nave, con abstracción del aparejo y de las máquinas. (Diccionario Histórico, s.v. casco)», s. v.], su presencia en un autor canario y experimentado maestro de pilotos de la carrera de Indias como Tomé Cano muestra su evidente uso atlántico, confirmado por Eugenio de Salazar, quien no solo inserta el término en el capítulo X, verso 2202, de su Navegación del Alma, sino que además le dedica una glosa explicativa: «Buco es el cuerpo del navío», donde deja claro tanto su uso oceánico, como su sentido de ‘cuerpo: casco o vaso del navio’; es decir, no ‘buque’ en su primera acepción [«1. m. Barco de gran tonelaje con cubierta o cubiertas. Buque de guerra, cisterna», DLE, s. v.], sino con el sentido de la segunda [«Mar. Casco de la nave», DLE, s. v.].
  • La presencia del término huracán dota al episodio que analizamos de unas indiscutibles connotaciones atlánticas. Se trata de un término destacable por su condición de indigenismo, glosado por Salazar con palabras muy parecidas a las empleadas por García de Palacio quince años antes (Cf. «Huracán: es un concurso de vientos contrarios que en un momento combaten el navío de todas partes, y muchas vezes lo pierden y çoçobran». (García de Palacio, Instrución náuthica, 1587, fol. 146r) y «Huracán es concurso de vientos contrarios, que se encuentran y luchan uno con otro en remolino alderredor, y ponen en gran peligro los navíos»), prueba en mi opinión de que Salazar «comunicó con» García de Palacio a quien seguro tenía por persona «avisada y docta» en el arte de navegar y la construcción naval. Su uso por Cervantes en el Persiles y otras obras no es ajeno a la historia y naturaleza de la voz.
  • Por último, el vocablo navío designa desde la Edad Media la nave (así Nebrija, Vocabulario: «lo mesmo que nave») y más específicamente, en el Siglo de Oro, el barco («a ship», Richard Percival: Bibliothecae Hispanicae pars altera.Containing a Dictionarie in Spanish, English and Latine, Londres, John Jackson y Richard Watkins, 1591). Para Covarrubias es «lo mesmo que nao» y del Rosal remite a «nave», donde explica: «navío como navigio». El Tesoro nos da el origen de nao como «del nombre latino nauis, baxel de alto borde». El alto borde o bordo, del germánico bord como en babord y estribord, es característico de las embarcaciones principales de la navegación atlántica, lo que las permitía, a diferencia de las galeras, estar artilladas en ambos bordos, y no solo en la crujía. Es, además, vocablo propio de los tratadistas de arte de navegar oceánica: Fernández de Enciso, Martín Cortés de Albacar y Pedro de Medina son los autores que trae DICTER (s.  v.). Es voz común en Salazar, tanto en la carta al licenciado Miranda de Ron como en la Navegación, y tiene una indudable connotación atlántica.

Estas connotaciones oceánicas evidentes sirven para acentuar la verosimilitud del episodio del naufragio y de la tormenta al principio del segundo libro, en claro contraste con los acontecimientos sacados de la memoria del anciano caballero que se encontraba junto al rey Policarpo, y del que nada más sabemos sino que estuvo en Génova y presenció una maniobra cuyo resultado fue el vuelco de una galera, no un navío, cuyo bajel ‘casco’ aserraron por la quilla, la gavia ‘cofa’ en la arena, para rescatar a los supervivientes a través del buco ‘agujero’ abierto. Donde el casco o buco se denomina bajel, gavia tiene el sentido de «Cofa de las galeras» [acepción 3 en DLE] y no el de «Vela que se coloca en uno de los masteleros de una nave, especialmente en el mastelero mayor» [acepción 2 del DLE; cfr. «finalmente, combatida de un huracán furioso, como si la volvieran con algún artificio, puso la gavia mayor en la hondura de las aguas y la quilla descubrió a los cielos» y «Atreviose el mar insolente a pasearse por cima de la cubierta del navío y aun a visitar las más altas gavias» en el capítulo 1, libro II del Persiles] y buco significa ‘agujero’, como en italiano. En ese parlamento se encierra, además, uno de los pasajes de dudosa lectura e interpretación incierta del Persiles, referido a la maniobra que provoca el vuelco: «una galera de España que, por hacer el car con la vela, se volcó como está agora este bajel, quedando la gavia en la arena y la quilla al cielo». ¿Qué es hacer el car con la vela? Un estudio exhaustivo del vocabulario náutico cervantino y, más específicamente, de la terminología marinera del Persiles, quizás pudiera ayudar a resolver esta cuestión.

«En el centro de Europa están conspirando». Homenaje a Jorge Luis Borges

Ayer se presentó en la Casa de América (Madrid), el volumen Borges esencial, novena entrega de la colección de ediciones conmemorativas de la Real Academia Española inaugurada en 2004 por el Quijote. El director de la docta casa, Darío Villanueva (segundo por la izquierda en la foto del encabezamiento), cerraba ayer su discurso con estas palabras: “Citando a Ortega, a quien sin duda Borges conocía y admiraba, el escritor…” Se conmemora con esta antología el trigésimo aniversario de la desaparición del escritor argentino, fallecido en Ginebra en 1986. Con ese mismo motivo, se celebrará la próxima semana el congreso cuyo título se lo presta a esta entrada de mi bitácora, primera del nuevo curso 2017/2018: «En el centro de Europa están conspirando». Homenaje a Jorge Luis Borges.

El año académico se inaugura, precisamente, con mi intervención en ese evento, junto al profesor de literatura de la Université de Neuchâtel, doctor Antonio Sánchez Jiménez, para disertar sobre la relación, problemática, entre Borges y el filósofo español José Ortega y Gasset. Los años del exilio argentino del madrileño coinciden con la redacción de Ficciones y la publicación de algunos cuentos del bonaerense, así como con el inicio de la fructífera colaboración entre este y el también porteño Adolfo Bioy Casares. La huella de Ortega en las obras de ambos escritores argentinos resulta difícil de rastrear, aunque algunas referencias veladas y ciertas afirmaciones recogidas por Bioy en sus diálogos publicados con Borges, permiten calificar la relación de los rioplatenses con el pensamiento orteguiano como, al menos, problemática. En nuestra conferencia, titulada Oknos el memorioso: Borges responde a Ortega y Gasset, trataremos de describir y caracterizar el diálogo entre ambos autores más allá del tópico sobre la recepción entusiasta de la obra de Ortega en la Argentina y la obsesiva afirmación de su influencia en aquel lado del océano.

Ortega y la Argentina

            La relación de Ortega con la Argentina puede seguirse en sus publicaciones (principalmente sus colaboraciones en los diarios La Prensa y La Nación) y en sus vaijes a la república austral (en 1916 acompañando a su padre, invitados ambos por la Institución Cultural Española, en 1928-1929 y en la etapa central de su exilio en torno al año 1940). El primer artículo aparecido en las páginas de La Prensa data del nueve de julio de 1911 («El problema de Marruecos», Oc. I, 424-433) y lleva la siguiente indicación cronológica: «Marburgo, junio de 1911». Los textos publicados en La Nación se inician en la primavera de 1923 («Con Einstein en Toledo», 15-IV-1923; «Reflexiones sobre nuestra sordera», 6-V-1923) y llegan hasta su ruptura con este periódico bonaerense durante la Guerra Civil («Miseria y esplendor de la traducción. El esplendor», 11-VII-1937),aunque volvería a colaborar con esta rotativa argentina a finales de su vida («En torno al “Coloquio de Darmstadt”. Sobre el estilo en arquitectura», 15-VI-1952 ). En esas actividades, el filósofo madrileño opina sobre la Argentina de manera directa en varias ocasiones, protagonizando una polémica muy significativa a finales de los años veinte a raíz de sus «ensayos argentinos»: «La pampa… promesas» y «El hombre a la defensiva», recogidos en El Espectador VII, 1929 (cf. Pedro Luis Barcia, 2004: «Ortega y su lectura de la Pampa», en Ortega y Gasset en la Cátedra Americana. Buenos Aires: Fundación Ortega y Gasset Argentina y Grupo Editor Latinoamericano, pp. 13-62).

Borges polemiza con Ortega

            Las afirmaciones orteguianas sobre la Argentina hallan su cenit durante el exilio del filósofo en Buenos Aires entre 1939 y 1940; sus ideas sobre el país austral y sobre los argentinos se condensan en una conferencia dictada en «la Municipalidad de La Plata, Argentina, el 27 de noviembre de 1939, según figura en la invitación que se conserva en el Archivo de la Fundación José Ortega y Gasset (PB-373/17)» (Oc. IX, 1446) con el título: «Meditación del pueblo joven» (Oc. IX, 262-277). La tesis fundamental y principal conclusión del texto orteguiano es que el argentino es un Adán que se dispone a iniciar su historia:

La prehistoria es el paraíso, es la vida de la campaña y del hombre el común detalle. La prehistoria es más que historia, paisaje. La vida colonial tiene, por eso, un delicioso carácter bucólico —es el campo, el campo abundante en derredor de unos pocos hombres. Pero ahora va a empezar la historia de América en todo el rigor de la palabra: esa primera juventud que es la ado- lescencia termina, la cuesta se inicia. Adán sale del paraíso y comienza su peregrinación. ¡Buena suerte, argentinos, en esa historia que para ustedes comienza! (Oc. IX, 277)

Borges incluye en su recopilación de ensayos Discusión (1932) el texto de una conferencia («Versión taquigráfica de una clase dictada en el Colegio Libre de Estudios Superiores», Borges esencial, 302) titulado «El escritor argentino y la tradición», donde se puede recoger la siguiente alusión:

Llego a una tercera opinión que he leído hace poco sobre los escritores argentinos y la tradición, y que me ha asombrado mucho. Viene a decir que nosotros, los argentinos, estamos desvinculados del pasado; que ha habido como una solución de continuidad entre nosotros y Europa. Según este singular parecer, los argentinos estamos como en los primeros días de la creación; el hecho de buscar temas y procedimientos europeos es una ilusión, un error; debemos comprender que estamos esencialmente solos, y no podemos jugar a ser europeos.

Esta opinión me parece infundada. Comprendo que muchos la acepten, porque esta declaración de nuestra soledad, de nuestra perdición, de nuestro caracter primitivo tiene, como el existencialismo, los encantos de lo patético. Muchas personas pueden aceptar esta opinión porque una vez aceptada se sentirán solas, desconsoladas y, de algún modo, interesantes. Sin embargo, he observado que en nuestro país, precisamente por ser un país nuevo, hay un gran sentido del tiempo. (Borges esencial, 308)

Los argumentos aquí y así expuestos («Según este singular parecer, los argentinos estamos como en los primeros días de la creación […] nuestra soledad, de nuestra perdición, de nuestro caracter primitivo […] nuestro país, […] un país nuevo»), parecerían apuntar a algún escrito orteguiano («…opinión que he leído…») de la serie presentada más arriba. La fecha de aparición de Discusión (1932) apuntaría a la polémica en torno a «El hombre a la defensiva», aunque el ensayo «El escritor argentino y la tradición» debe de ser posterior a la Guerra Civil español y a la Segunda Guerra Mundial, ya que en él podemos leer: «El hecho de que una persona fuera partidaria de los franquistas o de los republicanos durante la Guerra Civil española, o fuera partidaria de los nazis o de los aliados, ha determinado en muchos casos peleas y distanciamientos muy grandes» (Borges esencial, 308), además de la referencia al existencialismo (ibid.). La referencia al adanismo argentino, al inicio de la historia y la desvinculación del pasado europeo (colonial) como prehistoria, indicarían más bien que se trata de una respuesta a la Meditación del pueblo joven, que sin embargo Borges no pudo leer hasta la edición póstuma del texto de la conferencia incluido en la monografía a la que le dio título: «El texto se incluyó y dio título a la monografía configurada póstumamente Meditación del pueblo joven, Emecé, Buenos Aires, 1958, y ahí se mantuvo en su inclusión en el tomo VIII de las Obras completas (Madrid, Revista de Occidente, 1962)» (Oc. IX, 1446), junto a la «Meditación de la criolla» y la «Balada de los barrios distantes», también de tema argentino.

Ortega y Borges

            La presencia de Ortega en la prensa y el mundo intelectual argentinos entre 1911 y 1952, el conocimiento directo de la realidad intelectual española por Borges y la comunidad temática de ambos escritores serviría, junto a supertenencia a generaciones diferentes y consecutivas, para poder hablar vagamente de una utilización de las ideas de Ortega en la trama del pensamiento borgeano. En la biografía de Borges la figura del filósofo madrileño es una constante al menos desde que el argentino conoce a Cansinos-Asséns (en el Madrid de finales de 1919):

[E]n una entrevista a Jean de Milleret […] [Borges opina] que su maestro [Cansinos] tenía «una perversidad que no le permitía llevarse bien con sus contemporáneos más importantes». Algo que nos empuja a pensar en un curioso autorretrato del propio Borges. Y agregaba: «Escribía libros en los que elogiaba excesivamente a escritores de segunda y tercera categoría. En la época, Ortega y Gasset estaba en la cumbre de su fama, pero Cansinos creía que era un mal filósofo y un mal escritor». La antipatía de Cansinos por Ortega es también un virus sutil que Borges heredó de su maestro andaluz, una antipatía notoria que no pudo apagar el sentimiento contrario que le manifestaba ese ciclón llamado Victoria Ocampo. (Marcos Ricardo Barnatán: Borges biografía total. Madrid: Temas de Hoy, 1995, pp.128-129)

            La etapa de mayor influjo orteguiano en la cultura porteña coincide con la colaboración de Borges en Crítica, revista en la que publicó hasta veintinueve textos:

En uno de sus viajes «misioneros» a Buenos Aires, el filósofo español José Ortega y Gasset, al que muchos argentinos veían ya como un verdadero predicador laico que después emuló su discípulo Julián Marías, declaró solemnemente que América todavía no se había incorporado a la historia universal, Esta afirmación tan categórica causó cierto estupor y no pocas bromas entre los intelectuales rioplatenses, y es muy posible que Borges las recordara cuando tituló su nuevo libro así. La primera edición de Historia universal de la infamia se publica el 27 de mayo de 1935 como el número tres de la colección Megáfono de la Editorial Tor, y está integrado por trece textos y un índice de fuentes. Borges ya había abandonado su aventura en Crítica y había vuelto a sus tradicionales colaboraciones con La Prensa y la revista Sur. (Marcos Ricardo Barnatán: Borges biografía total. Madrid: Temas de Hoy, 1995, p. 271)

            En el mamotreto publicado por Bioy Casares que recoge sus conversaciones con Borges, aparecen varios pasajes en el que se destila la negativa opinión borgeseana sobre el escritor madrileño, su estilo y su obra. El propio Borges explica por qué no cita a Ortega, aunque aluda a su pensamiento y a sus palabras:

Me refiere: «En el discurso en honor de Clemente afirmé: “No creo que el hombre sea sus circunstancias, como alguien dijo” y no lo cité a Ortega porque en un discurso en honor de alguien me parece mal atacar a otro, y porque Clemente lo admira a Ortega. La frase declara algo obvio, que somos el resultado de toda la Historia, o bien lo contrario a lo que siempre se sostuvo; […] que no somos más que lo que nos imponen las circunstancias: una conformidad bastante innoble. Sospecho que Ortega era rico en frases tan indefendibles como la del hombre y sus circunstancias. Odio las circunstancias: creo que, en lo posible, hay que vivir sub specie aeternitatis» (Adolfo Bioy Casares: Borges. Edición minor. Edición al cuidado de Daniel Martino. Barcelona: Planeta, 2011, p. 435)

Ortega, el memorioso

            Los años dedicados por Borges a la escritura de los relatos de Ficciones coinciden con la época de mayor actividad editorial de Ortega en la Argentina y con su exilio en aquel pais, cuando su figura intelectual y las polémicas por el suscitadas tienen mayor recorrido, enredadas además en los debates referidos a la República primero y a la Guerra Civil después. Las respuestas al pensamiento orteguiano preceden su segundo viaje al país (p. ej. José Ingenieros: «Un ocaso de Ortega y Gasset», Revista de Filosofía, año IX, núm. 3, mayo de 1923, págs. 326-333; apud Marta Campomar: Ortega y Gasset. Luces y sombras del exilio argentino. Madrid: Biblioteca Nueva, 2016, p. 111) y coinciden con el «populismo irigoyenista, con un pueblo “haciéndose nación” poco preocupado por el papel de los intelectuales en relación a lo social […]. Era el comienzo de lo que se se denominaría el emergente populismo político argentino, el mismo que Ortega palparía más de cerca en su segundo viaje de 1928 con la reelección del mismo presidente radical» (Campomar 2016: 111).

            Dos temas van a ocupar, entre otros aunque principalmente, la participación de Ortega en la vida intelectual argentina: la reflexión historiográfica en la Aurora de la razón histórica («Ortega ahondaba desde La Nación en la razón histórica que ocupará gran parte de los años 33, 34 y 35», Campomar 2016: 152) y el pacifismo, sobre todo a partir del estallido de la guerra en el 36, cuando aparecen en la prensa bonaerense el «Prólogo para franceses» y el  «Epílogo para ingleses» de La rebelión de las masas, cuya primera edición completa apareció en Buenos Aires en 1941. En enero de 1938 apareció una entrevista en la revista Hoy de París, realizada por Carlos Deambrois Martins, donde «[a]nte las revoluciones radicales que quieren cortar abruptamente con el pasado, Ortega defiende […] la memoria humana, la capacidad de poder recordar el pasado acumulado para poseerlo y aprovecharlo. Era importante en aquel entonces mantener cierta altitud de pretérito amontonado; “este es el tesoro único del hombre, su privilegio y su señal. Y la riqueza menor de ese tesoro consiste en lo que de él parezca acertado y digno de conservarse”, importando también la memoria de los errores, la larga experiencia de milenios. Romper la continuidad sería como querer comenzar de nuevo; y para Ortega esto sería sinónimo de descender […] Con la mente anclada en el Prólogo para franceses, Ortega, en su condición de exiliado, se aferraba a la razón histórica, el concepto de que el avance de una civilización con sus arduos problemas cada vez más complicados, de generación en generación estuviera unido a la larga experiencia de la historia» (Campomar 2016: 102).

Conclusión

En resumen, una referencia explícita y crucial a Ortega se encuentra en los escritos de Borges que sitúa la figura del español tanto en su cosmos creativo y literario como en el de Bioy: es la introducción redactada por el primero para la novela del segundo titulada La invención de Morel y publicada en 1940 (Buenos Aires, Losada), precisamente durante la última estancia del filósofo madrileño en el Río de la Plata.

José Ortega y Gasset —La deshumanización del arte, 1925— […] estatuye en la página 96, que es «muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar a nuestra sensibilidad superior», y en la 97, que esa invención «es prácticamente imposible». En otras páginas, en casi todas las otras páginas, aboga por la novela «psicológica» y opina que el placer de las aventuras es inexistente o pueril. […]

Anota con justicia Ortega y Gasset que la «psicología» de Balzac no nos satisface; lo mismo cabe anotar de sus argumentos.

La comunicación tratará de emplazar y aclarar la opinión borgeseana sobre Ortega y Gasset en el contexto argentino de los años cuarenta y en el conjunto de la obra del argentino, con referencias asimismo a la de Bioy. Una nota curiosa para terminar: si para Borges solo un autor (Quevedo, él mismo toda una literatura), puede salvarse de la escrita en lengua española, algo más condescendiente parece Bioy, entre cuyas influencias se señalan, junto al Ulysses de Joyce, los novelistas españoles Gabriel Miró y Azorín, además de Peñas arriba de José María de Pereda (Introducción, en La invención…, ed. e introd. de Trinidad Barrera, Cátedra, 1982, p. 29). Hay aquí, sin duda, un venero en el que investigar: la influencia de la novela ideológica montañesa al otro lado de la mar grande.